EXPULSIONES E INCLUSIONES
El comienzo del siglo, si bien en sus primeros años produjo grandes conmociones en algunas economías latinoamericanas, particularmente las del sur, trajo procesos de relativo crecimiento de sus economías. Dos grandes tendencias confluyeron en esta dirección. Por un lado, el mejoramiento de los términos de intercambio de los antiguamente devaluados productos primarios junto a la conquista de nuevos mercados y, por otro, la paulatina emergencia de gobiernos progresistas. Esta doble circunstancia favorable, la primera azarosa e ingobernable desde estas latitudes y la segunda, producto de trabajosos procesos de construcción, o bien de oportunas intervenciones inesperadas en procesos de crisis, no deberían eludir la magnitud de los desafíos futuros.
En este mejoramiento, el Mercosur cumplió un rol secundario y poco influyó en el avance latinoamericano, aunque el reciente acuerdo bilateral argentino-brasileño de utilizar sus propias monedas locales, prescindiendo del dólar, tal vez posibilite, ampliándose, generar las bases para una futura moneda común, sobre todo si el resto de sus miembros acompaña luego esta práctica incipiente. La debacle financiera mundial que trae a escena este último acto de la tragicomedia bushista, pondrá en cuestión a mediano plazo la vigencia de los vientos económicos favorables aludidos líneas arriba, complicando la posible realimentación de ambos aspectos.
La aún más ambiciosa iniciativa del ALBA, lanzada por Chávez, parece tan interesante en su carácter extensivo como condenada, por el momento, al arcón de los dulces recuerdos. Sin embargo, jugó un papel muy importante como propuesta contraofensiva contra el ALCA, particularmente durante la cumbre continental de Mar del Plata, en la que el titular del imperio recibió una derrota diplomática tan contundente como inesperada, además del repudio popular bastante disuadido e inclusive reprimido en sus formas más radicales y movilizadas por las fuerzas de seguridad (no exclusivamente en la sede de la cumbre, sino también, como se recordará, en Montevideo). En ambos casos, ya se trate de un Mercosur o ALBA realizables y reales, una vuelta de tuerca sobre su carácter y motivación resultaría no sólo atractiva sino muy necesaria en estas circunstancias actuales de amenazas y crisis política en la región.
Me refiero a una superación institucional que trascienda el mero mercado, que pueda plantearse la identificación común de los aliados y enemigos, no sólo en el plano económico y de recursos naturales, sino fundamentalmente en el político y militar, ante lo cual darse una estrategia común. De todas formas, esto resultaría impensable si previamente no se logra consensuar a largo plazo un programa mínimo para la región, del mismo modo que las fuerzas políticas en ejercicio del poder lo hacen a escala nacional, como lo hará el Frente Amplio en diciembre. Sugiero algo más enjundioso y ejecutivo que el Parlasur que parece que solo parla en susurros en sus confortables oficinas del Parque Hotel montevideano.
El hecho de que el énfasis de las transformaciones de los diversos países sea desigual, no debería soslayar la tendencia generalizada hacia la paulatina ruptura con el modelo neoliberal y la alineación automática con los Estados Unidos, que el canciller menemista Di Tella describió elogiosamente sin eufemismos como de «relaciones carnales», a las que le suponemos la ausencia de preservativo dado el entusiasta apoyo de la Iglesia al modelo neoliberal. Un síntoma puede reconocerse con facilidad en la resistencia de las derechas y oligarquías que están operando en todos los países cuyo mayor exponente actual es el carácter particularmente fascista y criminal de la llamada medialuna boliviana, ardida en estos días en la hoguera racista.
Las relaciones de fuerzas entre las clases sociales y sus representaciones políticas y gremiales, desiguales en cada país, explican parcialmente los avances o retrocesos en la diferenciación con la década pasada, bien llamada «perdida». El reciente gesto del presidente Evo Morales, acompañado luego por el presidente Hugo Chávez respecto al rol de la diplomacia norteamericana en los conflictos locales, contribuye indudablemente a una radicalización de las rupturas con los dictatums del pensamiento único. Al menos, en el mientras tanto de la antesala electoral estadounidense, que podría marcar nuevos rumbos (aunque siempre de matices moderados, cualquiera fuera el resultado) de su política exterior.
El 11 de setiembre pasado, la prensa hegemónica internacional, al informar la expulsión del embajador yanqui de Bolivia, omitió trazar el paralelo necesario con el de exactos 35 años atrás, cuando esa diplomacia imperial tuvo un rol preponderante en el derrocamiento del presidente socialista chileno Salvador Allende, quién murió en el Palacio de la Moneda, fusil en mano, defendiendo el derecho democrático del propio pueblo. No servirá como excusa el megaespacio otorgado al otro acontecimiento aberrante y luctuoso del derrumbe de las Torres Gemelas, porque justamente la propia noticia extiende los hilos comparativos intrínsecamente e invita al ejercicio de la memoria.
La especificidad del conflicto boliviano no permite indiferencia posible en América Latina, como tampoco debió permitirla aquel del setenta y tres, que inoculó luego al subcontinente con el virus del golpismo genocida proestadounidense, el llamado modo de vida occidental y cristiano, hoy exportado por idénticos medios «humanistas» al oriente medio, sin descuidar este patio trasero de Ushuaia a la baja California, pasando por la ignominiosa Guantánamo. La doctrina de la guerra preventiva del gobierno de Washington es una amenaza para toda la humanidad, aunque sus cañones físicos apunten provisionalmente sólo en dirección al naciente, sin excluir paralelamente las fuertes intervenciones diplomático-políticas en el resto del globo.
El neonazi presidente, tal como fue caracterizado por este diario en una memorable respuesta al embajador en Uruguay luego de la invasión a Irak, juega sus últimas fichas expansionistas en una suerte de TEG, de un modo tan despreocupado y arbitrario como cualquiera lo haría en ese juego, sólo que su tablero no es otro que el atormentado y decadente mundo de la geopolítica realmente existente. La lista de agresiones no tiene límites.
Por ejemplo, en el resto del mundo, amenaza de guerra a Rusia, mientras ejecuta ataques militares en Paquistán, como denunciara recientemente Juan Gelman, apoya la agresión militar de Georgia contra Ossetia, envía buques de guerra al Mar Negro y se propone actualmente una fuerte intervención sobre Irán. En nuestra América Latina, ratifica y profundiza el permanente bloqueo a Cuba, realiza una visita protocolar con su IV flota en nuestros mares, aclarando amablemente su desinterés por la navegación fluvial, sin que debamos olvidar el fallido golpe militar en Venezuela y la incursión de su aliado en Bogotá contra las FARC en la selva ecuatoriana.
La reciente cumbre de la Unasur reunida de urgencia en Chile a propósito de la crisis boliviana debiera inscribirse como un primer antecedente en la dirección que reclamamos aquí. Si bien su documento final resulta algo chirle ante la magnitud de la amenaza y, al igual que los grandes medios aludidos, evita trazar relaciones entre este presente golpista con el pasado genocida de inspiración norteamericana, constituye un reflejo regional valorable y oportuno. No llega a constituir un cerco sobre las zonas separatistas ni una desactivación de su principal fuente de financiación e inspiración, las embajadas norteamericanas, pero resulta un paso político-diplomático de importancia.
Un interesante newsletter del «Bloque regional de poder» boliviano caracteriza la política de aliento de Washington al secesionismo, como una perversa y paradojal inversión del «foquismo» revolucionario de los años sesenta. Aquella alocada estrategia de creación militar de zonas liberadas y de ejercicio territori
al de la dualidad de poder pareciera ser en este caso el camino elegido por los desestabilizadores históricos de la región, que a diferencia de los primeros, cuentan con los recursos materiales para la organización armada de la reacción y la barbarie y una basta experiencia de intervención desestabilizadora y golpista.
El propósito de avanzar en la constitución de una alianza económica más sólida y homogénea en estas latitudes no contradice la posibilidad de pensar en articulaciones político-diplomáticas y de defensa más orgánicas y trascendentes que el acotado y efímero desarrollo de un mercado, ya que no sólo en los TLC se verifican sus amenazas. América Latina merecería pensarse como algo más que una exitosa feria de artesanías.
|*| Profesor titular de la Universidad de Buenos Aires, escritor, ex decano.
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