Nadie entiende nada
Todos recuerdan literalmente y en su sentido figurado aquella impagable pregunta de autor ignoto: ¿De qué se ríe la gente que se ríe en las fotos? No hay una respuesta; sólo deja abiertas sugerencias, sobre todo humorísticas.
Apelando a esa pregunta, quizás retorciéndola un poco para que encaje, uno podría decir en este momento: ¿De qué hablan los legisladores y los ministros cuando hablan durante una interpelación? La gran mayoría de los ciudadanos no lo entiende.
Creo que los principales obstáculos son la extensión y la intrincación de los discursos, capaces de agujerear la paciencia más dura e incitar al suicidio en masa. Acaba de pasar otra vez, la noche del martes, con la cuestión de Pluna.
No siempre fue así. Hubo interpelaciones gozosas y útiles, tanto por el ingenio y nivel intelectual de unos y otros como por la claridad de las exposiciones. Pero habría que remitirse, cuanto menos, a tiempos de Ferreira Aldunate.
Lo peor es que muchos legisladores, igual que muchos ministros convocados, están ahora mismo persuadidos de que han logrado el que debería ser su objetivo primordial; es decir, que los contribuyentes tengan de una vez por todas claro lo que ocurre en los ámbitos del Estado esenciales a una democracia sana.
En el prólogo de su «Breve diccionario del argentino exquisito», que, como se sabe, es en realidad un libro de humor, Adolfo Bioy Casares dice: «Hallé la mayor parte de las palabras que reúne mi diccionario en declaraciones de políticos y gobernantes. Alguien me dijo que sin duda las inventaron en un acto de premeditación, a manera de baratijas para someter a los indios, ‘porque el embaucador desprecia al embaucado’. Yo no quiero disentir, pero sigo pensando que detrás de cada una de esas manifestaciones de afectación, ligeramente sorpresivas y ridículas, ha de haber un señor vanidoso, que se desvive porque lo admiren».
Señores, hagan lo posible por demostrar que estaba equivocado.
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