Palabras
Esta anécdota ya la he contado, pero hoy viene al caso tan apropiadamente que incurriré en la repetición.
Conversaban el pintor Degas y el poeta Mallarmé en un elegante salón parisino. Degas, hombre culto e intelectualmente inquieto, dice: «Qué terrible, Mallarmé, quiero escribir poesía y no puedo. Tengo excelentes ideas pero cuando las llevo al papel es algo tan horrible que debo destruirlo». Y Mallarmé contesta: «Mi querido Degas, ocurre que la poesía no se hace con ideas sino con palabras».
Y es así, siempre que hablemos de poemas y no de asuntos más vulgares pero relevantes para la sociedad, como esos que suelen latir en los recovecos de la política.
El senador Larrañaga, mientras seducía a unos militantes socialcristianos, anunció que en caso de acceder a la presidencia del gobierno cambiará el nombre del Mides y lo llamará «Ministerio de la Familia».
Siempre he tenido la impresión de que muchos políticos, como parte de sus campañas preelectorales, apelan, al modo de Jackson Pollock en pintura, a derramar: tiran por aquí y por allá, igual que el artista norteamericano, los colores sobre la tela, palabras de todo tipo que se enmarañan, chocan, vuelan por un rato y, a diferencia del acto artístico, se disuelven en la inocuidad.
Si en los intentos poéticos la elección de las palabras tiene importancia impar, en la política lo trascendente es el significado de las cosas, no cómo se llamen. A veces, con estos intentos no se aspira a la originalidad esfuerzo intrínsecamente vano, así planteado- sino a dar la imagen de alguien que piensa constantemente en los problemas sociales y les busca soluciones. Con tal comportamiento, una suerte de metáfora de la pérdida de tiempo, los políticos confunden el camino y se desvían del verdadero objetivo: trabajar para que todo, sin importar su nombre, vaya mejor.
Si Mallarmé viera lo que ocurre aquí, diría: «Mi querido Guapo, la política no se hace con palabras, sino con ideas».
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