NUNCA LO OLVIDARE

Fue una mañana soleada de abril, otoño en Montevideo, año 1972; con el entonces senador Jaime Pérez nos correspondía, junto al diputado José Luis Massera, integrar una delegación solidaria con las víctimas de atentados con explosivos por parte de grupos parapoliciales de la época. En esa madrugada, dos domicilios de personalidades de la izquierda fueron objeto de estragos y destrucción.

En la calle Blixen, barrio Tres Esquinas, vivía el senador Enrique Rodríguez; en Larrañaga (hoy Luis Alberto de Herrera) en el barrio La Mondiola, el senador Zelmar Michelini. Luego de visitar a Enrique Rodríguez la delegación, con Jaime y el coronel Pérez Rompani, nos dirigimos hacia la casa de Zelmar; con él estaban su secretario, Coitinho, una vecina del barrio y Elisa. Al costado estaban dos niños que jugaban entre ellos; en la casa, igual que en la de Enrique Rodríguez, estaban las consecuencias de la deflagración, rotura, escombros, vidrios, destrozos y estragos hechos por la expansión de la carga explosiva. En lo de Enrique Rodríguez encontré a Susana Kvedaras, en aquel entonces esposa del chofer de Enrique, Osvaldo Sardiñas, y me comenta: «¡pensar que tras ese ventanal, en el sofá, se quedaba de noche Osvaldo a dormir!». Miré a Juan Carlos Boccone, mecánico de Pluna que vivía frente a la casa del senador y le comenté: «No era su hora».

Zelmar nos recibió con la fraternidad que lo caracterizaba; estaba preocupado y nos agradeció la presencia de la delegación. En la mano tenía un fragmento del artefacto; nos lo muestra y dice que el objetivo es destruir, y con ello intimidar y aterrorizar. El coronel le solicita el fragmento de proyectil, lo observa y comenta que no es un artefacto casero. Zelmar se separa para hablarle a Jaime Pérez y al coronel Pérez Rompani. Entonces me aproximo a Elisa; yo la conocía de haberla visto en la casa de Dante Frangoni (violinista del Sodre de la vieja generación, junto a Lauro Fernández, Vicente Boronat, Canesa, Vinisky, al lado de los cuales se formarían los jóvenes músicos Manolo Guardia, Federico Britos y Federico García Vigil); la esposa de Frangoni, Aída, era fundadora junto a Elisa y al doctor Prunel del Comité de Base que funcionaba en lo de Clarita Cotelo, en la calle Presidente Oribe, posteriormente reabierto en 1984 como Comité La Redota. A ese comité, Elisa iba con los chiquilines de Zelmar, en 1971, cuando se fundó el Frente Amplio.

A Zelmar lo conocía desde 1955, cuando la Huelga de Ferrosmalt, en la cual él y Alba Roballo jugaron un rol decisivo para encontrar solución a un conflicto duro, largo y sangriento.

Entre un escenario de destrucción y vecinos que transitaban por la vereda y miraban con asombro y, por qué no, con temor ante tanta barbarie, entablamos un diálogo con Elisa que me heló la sangre. Con esa serenidad que caracterizaba su personalidad de mujer fuerte y con entereza me dice: «¡se da cuenta que esa barbaridad casi mata a los niños!». Por suerte la bomba estalló de costado y no de frente, pero casi les alcanzan los vidrios.

Pero la muerte en ese hogar se dio por otro lado, cuatro años después, un 20 de mayo Elisa tuvo que soportar el golpe más terrible de su vida: el asesinato de Zelmar ­junto a Héctor Gutiérrez Ruiz y el matrimonio Whitelaw- y además la prisión de sus hijos y la desaparición de su nieto (luego encontrado en Argentina). Sobrevivió con sinigual equilibrio emocional a la vez que con firmeza, con pulso y capacidad de mando timoneó el barco familiar y en el advenimiento de la democracia, liberadas sus hijas Margarita y Elisa, su hijo Rafael ­con 24 años- es electo legislador comunal.

14 de febrero de 1985: me liberaron del Penal de Libertad; es de tarde, me llevan a una casa de la calle Ciudadela, o Juncal, Casa del Liberado; en ella, junto a otras queridas madres y abuelas se encuentra Elisa Dellepiane.

Allí anotan nombre, apellido y nos entregan la ropa que necesitamos; hasta el día de hoy, 23 años más tarde, conservo el par de zapatos que el largo brazo de la solidaridad nacional e internacional nos prodigó.

Habían pasado 13 años desde abril del año 1972, y ahí, en esa casa, estaba con la mano extendida de la fraternidad Elisa Dellepiane para que, a los que salíamos del Penal no nos faltase la ropa que sustituiría al mameluco.

La compañera de Zelmar, la madre ejemplar, la militante frenteamplista, la mujer culta de origen social cultivado, que enraizó su vida con un hombre, una causa, una familia protagonista de la mejor historia de este país, con su trayectoria no hace otra cosa que llevarnos a la imagen de Bertold Brecht: Madre Coraje, como símbolo de todas nuestras madres que se han jugado por ideas, afectos, el amor a sus hijos, y nuestro querido Uruguay.

|*| Edil por Montevideo,

del Nuevo Espacio

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