A PROPOSITO DE LOS CAMBIOS EN EL DIRECTORIO DEL BANCO CENTRAL DEL URUGUAY

Escrito por: Por Alberto Couriel |*|

Miércoles 27 de agosto de 2008 | 3:38
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A través de los medios de comunicación nos enteramos de los próximos cambios en el Directorio del Banco Central del Uruguay por los cuales serían removidos los actuales directores Walter Cancela y César Failache. Se trata de dos compañeros frentistas quienes, junto a Carlos Viera, trabajaron denodadamente en la primera línea de la Comisión de Programa del Frente Amplio. No conocemos el porqué de estos cambios; no sabemos si se desea cambiar la línea de las políticas monetaria y cambiaria o si se las quiere mantener. Si los cambios caminan hacia posiciones más ortodoxas o más heterodoxas. Cualquier otra designación pasa necesariamente por la aprobación del Senado de la República y allí estaremos atentos sobre los motivos y fundamentos de las mismas. En general la bancada frentista del Senado ha dicho amén a las propuestas provenientes del Ejecutivo sobre designaciones de los entes autónomos y servicios descentralizados, pero entendemos conveniente un análisis más minucioso de este tema.

En lo personal tuve discrepancias con la política monetaria y cambiaria que han llevado adelante los directores frentistas, pero esto no nos lleva, de ninguna manera, a pensar en la necesidad de removerlos o sustituirlos. En esencia, las diferencias centrales las he explicitado en diversas contratapas, pero fundamentalmente se vinculan a los mecanismos de enfrentar el proceso inflacionario. La ortodoxia bancocentralista supone que la inflación deriva de factores de demanda que deben controlarse por la vía de la restricción de los medios de pago y lo han efectivizado a través de distintos instrumentos como el control de los agregados monetarios o la suba de la tasa interés o el aumento de los encajes. Pero como la inflación no deriva de factores de demanda ni de factores monetarios sino del aumento de los precios internacionales de los alimentos y del petróleo, la eficacia de dichas medidas es muy limitada. Pero la crítica más profunda pasa por el uso de la política cambiaria para enfrentar una inflación que sólo se ubica a niveles de un dígito. La pronunciada baja del tipo de cambio nominal generó una inflación en dólares de más de 70% con respecto a diciembre de 2004. La apreciación del peso uruguayo es de las más elevadas del mundo y en la región solamente es superada por la apreciación del real brasileño. La política macroeconómica de estos últimos tres años se ha centrado en el fuerte aumento de los precios internacionales de los principales rubros de exportación y en la política cambiaria. Si el dólar se aprecia o si cambia la evolución de los precios internacionales de las commodities, habrá que buscar mecanismos para salir gradualmente de la apreciación del peso y no tener que llegar a las bruscas devaluaciones de 1982 y de 2002, que tanto daño le originaron al país.

Detrás de estas diferencias está la relación entre lo financiero y lo productivo y social. Para la ortodoxia económica, como las recetas del FMI por ejemplo, la prioridad debe estar siempre en lo financiero, que pasa por la estabilización de precios, el equilibrio fiscal, un nivel de reservas internacionales adecuado, cierto equilibrio de la balanza de pagos en cuenta corriente y un nivel de deuda externa que no sobrepase ciertas metas sobre el PBI. Los equilibrios macroeconómicos son exclusivamente de carácter financiero cuando deberían contemplar también el crecimiento y el empleo. A la luz de la experiencia de América Latina hemos visto, en innumerables oportunidades, equilibrios macroeconómicos que han afectado profundamente las actividades productivas y los problemas sociales. La ley de convertibilidad de Argentina de la década de 1990 es un buen ejemplo, ya que consiguió abatir la inflación pero el atraso cambiario originó, en 2001, una de las más grandes crisis financiera, productiva y social de su historia. En el caso del Uruguay actual, los precios internacionales de los productos de exportación facilitan nítidamente el crecimiento económico, pero se mantienen vulnerabilidades. La deuda bruta sigue siendo muy elevada y creciente. El equilibrio fiscal es necesario por la elevada deuda, pero no es un problema de principios. La fuerte entrada de capitales de los últimos años hace olvidar los déficits de balance de pagos y de balanza comercial. Y por supuesto la política cambiaria es muy vulnerable.

El tema del predominio de lo financiero sobre lo productivo y lo social es también el reflejo de las relaciones de poder. La globalización financiera ­que le da enorme poder a las instituciones financieras­ ha sido facilitada por la informática y la liberalización de los mercados financieros. En la actualidad un uruguayo puede colocar su dinero de mañana en el mercado europeo, de tarde en la plaza local y de noche en el sudeste asiático. Los movimientos financieros diarios están muy por encima de los requerimientos del comercio exterior y de la inversión extranjera directa. Tienen su autonomía con efectos dispares sobre las necesidades productivas y sociales. En la actualidad el sistema financiero norteamericano le ha originado una profunda crisis económica al conjunto de los países desarrollados por la inexistencia de controles derivados de una ideología dominante que supone que el mercado siempre está en condiciones de regular las actividades en función del interés general. Los medios de comunicación nacionales e internacionales, normalmente consultan a economistas de instituciones financieras que dan sus opiniones en función de esta ortodoxia económica que privilegia los factores financieros y que tienen una gran influencia sobre la opinión pública.

La propuesta del Ejecutivo sobre modificaciones a la Carta Orgánica del Banco Central también expresaba una visión de predominio de lo financiero cuando planteaba que el fin primordial del BCU debía ser la estabilización de precios porque supone que, controlada la inflación, el mercado y el sector privado van a resolver todos los problemas económicos y sociales. En los hechos, el mercado debe nítidamente definir cantidad y calidad de los bienes y servicios, pero no puede resolver ni los problemas del empleo ni la competitividad ni el propio crecimiento ni la estructura productiva más adecuada ni la fragmentación social ni los problemas de la pobreza ni de la educación ni de la salud ni de la vivienda sin una adecuada regulación e intervención de las instituciones estatales. En la misma ortodoxia que privilegia lo financiero se ubicaba el planteo de otorgarle ocho años a los directores del Banco Central para tener una mayor autonomía técnica y no depender de factores políticos, como si los partidos políticos que ganan elecciones democráticamente no tuvieran el deber y el derecho de fijar, en función de sus convicciones, cuáles deben ser las políticas monetaria y cambiaria más apropiadas. La distancia entre lo financiero y lo productivo se mostró en la Concertación Programática de 1984 donde, entre las diversas organizaciones sociales, participaron todas las gremiales empresariales provenientes de las actividades productivas pero no estaba la Asociación de Bancos como reflejo de la crisis de 1982-1983 que sufrió la economía uruguaya.

|*| Senador por la 609-FA,  economista

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