¡Entendámonos!
Juro, por mis antepasados tehuelches y tres futuras vidas reencarnado en un buitre, en una bailarina flamenca y en el Canario Luna, que me angustia no entender a ciertas personas.
Por ejemplo, al rector de la Udelar, Rodrigo Arocena.
Ya he dicho que me extraña sobremanera el ritmo que impone a sus propuestas sobre la educación, todas hasta ahora muy inteligentes, para que lleguen a los sitios donde deben ser consideradas. Acaba de pasar en el Parlamento, donde reclamó recién me permito decir que con más tardanza que el Chengue Morales cuando se da vuelta en el área- dinero adicional al presupuesto universitario, fundado en realidades y proyectos que se conocen desde hace muchísimo tiempo.
El jueves pasado por la noche, durante su exposición en la apertura del II Congreso del Pueblo, tuve la misma sensación. Si lo que recogió la prensa es fiel reflejo de sus dichos, mi incomprensión puede crecer como la nariz de Pinocho en la cara de Jorge Batlle: «Si no democratizamos el conocimiento, el conocimiento se vuelve una fuente de desigualdad. Queremos impulsar un cambio profundo en la enseñanza y por eso queremos enseñar en las aulas y fuera de ellas, en las chacras y en las fábricas y para ello habrá que estudiar la posibilidad de hacer cosas juntos».
Maravilloso. ¿Qué cristiano bien nacido, inspirado en la búsqueda de una sociedad mejor, no habría de coincidir?
Pero, ¿esto no es más viejo que el puente del ferrocarril de Colón?
¿Acaso debo inferir que el rector no había hablado del asunto ni propuesto idea alguna al respecto hasta la otra noche?
¿Cuál es la idea? ¿Enunciar a la enésima potencia? ¿Despertarse cada mañana con una buena idea distinta y largarla al mundo como quien descubre un error en la teoría de la relatividad y pone cara de prócer destinado a la escultura? ¿Para cuándo una no quiero pedir varias por las dudas- idea concreta, sostenible, a fin de empezar a convertirla en una realidad mañana mismo?
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