INFORMACION Y CONVIVENCIA
Hace pocos días, el estupor ganó a muchos uruguayos al enterarse, a través de un diario de circulación nacional, que el intendente de Montevideo pagaba la friolera de diecisiete millones de dólares al mes en unos doscientos sueldos de funcionarios «políticos» de su confianza. Si uno divide diecisiete millones entre doscientos, la cuenta le dará la escandalosa cifra de ochenta y cinco mil dólares por mes y por cabeza.
Debo apresurarme a señalar que la cifra era errónea por los cuatro costados. Tan errónea que muchos pudieron preguntarse, de manera legítima y no aviesa, si no había existido mala intención por parte de ese importante diario capitalino.
Algo de razón tenían quienes se indignaron: no solamente la cantidad de dinero era disparatada, sino que la cantidad de funcionarios «políticos» también. Y además, la noticia estaba lo bastante destacada como para que nadie dejara de verla primero y de leerla después. O sea, la noticia era más que errónea, pues en el proceso de su edición terminó constituyendo un cuerpo narrativo que bordeaba peligrosamente la falacia. Dicen que la ocasión la brindó, en bandeja, un dirigente sindical que ofreció esos «datos» al periodista de ese diario. La noticia, por tanto, no era que los jerarcas municipales ganaran o no esa cifra, sino que alguien había afirmado eso.
Las aclaraciones, rectificaciones y otros vaivenes periodísticos posteriores de poco sirvieron, pues el impacto inicial causado por una noticia tan extraordinaria como aquella no pudo ser atemperado por la desmentida de la misma, la que obviamente no tuvo similar destaque. Dicho de otra manera: la enmienda en estos casos siempre es menor que el soneto y, aunque no sea peor, termina siéndolo por una simple lógica aritmética. La noticia primigenia (la errónea) es leída u oída por muchas más personas que la aclaración (veraz) publicada después.
Veraz o, para el caso, más o menos veraz. Vale puntualizar que al visitar el sitio web del mencionado diario, quien lo haga hallará la noticia atemperada, aunque igualmente inexacta: se dice que son 17 millones de dólares al año, lo cual también es un soberano disparate. Y además genera un malentendido, pues se sigue sosteniendo que eso lo dijo el mismo dirigente sindical que, en la edición impresa, había dicho que eran 17 millones de dólares al mes.
Para aclarar: en la página impresa eran 17 millones de dólares al mes. En la página web eran 17 millones de dólares al año. En ambos casos el declarante era el mismo… Lo incomprensible es que se haya «corregido» el dislate para achicarlo, no para eliminarlo.
Otro ejemplo también tiene que ver con el mismo matutino montevideano, aunque es de hace más tiempo. Con referencia a los gastos e inversiones en la Intendencia de Montevideo, un día se informó que se habían gastado ocho millones de dólares «en comunicación».
Parecía demasiado dinero para un período relativamente corto de tiempo. Y lo era. El error consistió en eliminar de la noticia dos palabras: «vías de». En rigor, la Intendencia había invertido ocho millones de dólares «en vías de comunicación», es decir en calles, caminos, etc., y no «en comunicación», es decir en publicidad, remitidos, etc. El matutino informó que habían gastado ocho millones de dólares «en comunicación».
Poco efecto tuvo la posterior aclaración. Muchos lectores, apurados o poco atentos o no lo bastante sagaces, perspicaces o mordaces, deben de haber digerido completa la indigesta noticia de los ocho millones de dólares «gastados» en comunicación.
La última de ese matutino. El pasado miércoles de noche, ya tarde, en la promoción televisiva de su edición del jueves, se anunciaba que el presidente Vázquez había entregado en Villa García «la laptop número mil». Todo el Uruguay sabe que, en realidad, se entregó la computadora número cien mil. Otro error de cifras (que no de Cifra).
Otro periódico, también montevideano, bien oriental y de circulación por toda la república, tomando como base un informe verbal del director de Vialidad de la IMM, Walter Guillén, informó a sus lectores que los ladrones se habían robado «quince millones de dólares en cables» del alumbrado público de la ciudad.
El periodista o el editor, o ambos, entusiastas pero algo descuidados, multiplicaron por veinte. El robo había sido por quince millones de pesos. Con el propio Guillén sacamos la cuenta, y con esos quince millones de dólares él y sus funcionarios hubieran podido establecer un tendido eléctrico hasta la ciudad de Curitiba, en Brasil.
Una vez más, toda aclaración posible no alcanzaba (y no alcanzó) para dejar en claro que los quince millones de dólares no eran tales. Muchos lectores de ese matutino todavía deben cuestionar la supuesta ineficacia policial para evitar tan tremendos robos.
Estos ejemplos, vinculados a mi quehacer cotidiano, son apenas botones de una muestra por demás variada y pintoresca que incluye en los últimos meses asuntos tales como violaciones que no existieron, una muerte por violencia doméstica que en realidad fue causada por una septicemia, golpes de puño entre diputados que ni siquiera coincidieron en el mismo lugar, candidaturas nacionales, departamentales y senatoriales que fueron «globos sonda» lanzados desde tiendas políticas interesadas, renuncias de ministros e intendentes que no se concretaron, enfermedad y muerte de un intendente que aún vive, viajes de jerarcas que nunca se realizaron, etc.
Deseo aclarar, por si algún lector de esta contratapa cree que estoy mencionando simples rumores o bolazos, que en todos los casos estas informaciones fueron recogidas y propaladas por medios de comunicación formales, establecidos y autocalificados como «serios», tanto de Montevideo como del interior del país.
Y no se salva nadie. Ni los viejos diarios ni los nuevos portales. No se salvan ni los más conservadores ni los vanguardistas, ni los chicos malos de la radio ni los señores y las señoras formales de la tele, ni los de izquierda ni los del centro ni los de derecha, ni los que están contra el gobierno ni el que está con el gobierno.
Cierto es que debe hacerse una distinción nítida entre la noticia equivocada y la noticia falsa. Claro que se tratará siempre de una distinción puramente ética y subjetiva, pues nada es más difícil de probar que la intencionalidad de ciertas equivocaciones. Y mal haríamos en atribuir intencionalidad a quien comete semejante tipo de pifia.
No obstante ello, parece sencillo distinguir entre aquella conductora de noticias televisivas que informó, tras la invasión de EEUU a Irak, que la tal guerra podría costarle a los norteamericanos «casi treinta millones de dólares» (cuando en realidad la cifra estimada en aquel momento era de treinta mil millones de dólares), con aquel otro periodista televisivo, también uruguayo, que a fines de los años 60 se fue de «corresponsal» a bombardear objetivos en Vietnam del Norte, a bordo de aviones de EEUU, y desde allá transmitía sus informes, previamente deglutidos por los servicios de información del Pentágono.
Lo cierto es que los medios de comunicación, en todo el mundo, propalan cada vez con mayor asiduidad informaciones que después no resultan veraces. No es un problema nuestro solamente. Algunos achacan esta creciente patología al uso indiscriminado que muchos periodistas hacen de Internet, sin preocuparse demasiado por chequear cada uno de los datos que publican. Otros apuntan más arriba y señalan a los dueños de los medios como los responsables últimos de la caída. Y hay quienes sostienen que el creciente acriticismo y autismo de la sociedad contemporánea es el más fértil terreno para la siembra de disparates noticiosos.
Más allá de los análisis especializados, hay un elemento que debe tenerse en cuenta y que cada vez aparece con mayor nitidez en reflexiones y estudios: el tremendo peso que tiene la información en la calidad de la convivencia social. Ese elemento debería bastar para
ser un llamado a la responsabilidad y a la seriedad de los comunicadores, tanto de quienes son empleados de los medios como de aquellos que detentan el poder económico para manejarlos.
|*| Periodista y escritor
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