No es no
-¡Dale, Ruedita, tomate otra, la penúltima! gritó el Facha Ruiz, cuya ingesta de caña con jazmín del país lo había transportado a una embriaguez galáctica.
-No, ‘jate de jodé, ya chupé com’una sopapa, chupé… -contestó el invitado, haciendo gala, una vez más, de su exquisito decir inexplicable.
-¡Otra, nomás! insistió el Facha, quien, en realidad, no lo veía a Ruedita. Apenas si divisaba un halo pequeño que se movía aquí y allá, llenándolo de alegría y una suerte de beatitud.
-¡Te dije que no, no me rompá má’ lo’ huevo’! exclamó Ruedita, ahora excitado. -¿Vo’ so’ tarao o n’entendé’n serio?
Ruedita se levantó y se fue precipitadamente.
Al Facha lo dejaron eructar, lo levantaron entre cuatro y lo dejaron afuera del boliche, recostado a la pared. Al reingresar, escucharon: -¡Era una más! ¡Lo que pasa es que yo lo quiero a Ruedita! ¡Sin Ruedita estoy perdido! ¡Servile!
Esto pasó muchas veces en el boliche del Chiquito Otegui. No estoy inventando nada. Lo recordé inducido por una circunstancia de la vida política nacional que me incomoda: personas muy allegadas al presidente Vázquez le han obligado, a esta altura abusando de su tolerancia e ignorando la solidez de sus compromisos, a decir que no por tercera vez a la reelección.
Supongo que ahora se habrán persuadido del error de seguir invitándole a «tomar la otra».
El problema es que, fuera de ese círculo de allegados, ha surgido un movimiento de militantes con la misma intención de hacerle cambiar la pisada a un hombre que, es seguro, ya reflexionó suficiente sobre el asunto y su decisión tiene fundamentos de sobra.
A ver, ¿esto es meramente anecdótico o el síntoma de una patología que la izquierda debería enfrentar, con madurez y coraje, para curarla cuanto antes?
¿Acaso puede hacerle bien a quienes finalmente sean candidatos en 2009 esta tozudez que, si uno la mira con un poquito de humor, parece realmente de borracho, en seguir asfixiándole la paciencia al Presidente?
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