Carta a Daisy
Estimada Daisy:
Me permito dirigirme por ésta a una mujer que vive en mis sueños puros, célibes obviamente, sueños de amistad, respeto y admiración- para advertirle, con la delicada prudencia de un aspirante sin futuro a poeta, que puede haber incurrido en una salida de tono, tal vez en una exasperación impropia de su encantadora personalidad y de su fuerte carácter, que no necesitan de inesperadas explosiones.
Está claro que la oposición política habrá de usar cuanto esté a su alcance para castigar al gobierno ahora, ya tan metidos todos en una casi soterrada campaña preelectoral. Entre lo que tienen a mano los opositores figura, también es sabido, la cuestión de la seguridad.
Igualmente está claro que usted, delicada señora ante cuya dedicación y capacidad de trabajo me inclino, está haciendo mucho para que esa cuestión desaparezca o, al menos, permita disminuir el sufrimiento público.
Pero en modo alguno es una cosa menor.
Basta caminar por Montevideo y digo caminar por donde a uno se le antoje, incluso en pleno Centro a la luz del día- para darse cuenta de una realidad que preocupa, cómo no, y a muchos asusta.
Me permito decirle, pudorosamente, que no es necesario ratificar su oposición a ese método de «tolerancia cero», que algunos quieren importar, para que nadie olvide su actitud humanista e inclusiva frente al problema; asimismo le digo, con idéntico pudor que no me avergüenza, que no debe usted salirse del tono habitual, firme, con algo de suficiencia pero que evita el sarcasmo gratuito o sea ese tono que tanto se le reconoce y celebra- para insistir en sus ideas ni en su filosofía y, menos aún, para descalificar a quienes las critican.
Tiene usted, además, suficiente humor y suficiente ironía, dos muestras de inteligencia, para no exacerbar un discurso, aunque haya sido dicho ante militantes de base.
Confío en que acepte estas líneas como un aporte constructivo.
(Firma el que está arriba, en el título)
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