La verdad
Hay cuentos orientales, tan antiguos como uno, que sobreviven porque encierran una enseñanza indestructible.
Tal aquel de los cuatro ciegos reunidos en torno a un elefante: uno le rodea una pata con los brazos y dice que es un árbol; otro se le recuesta y dice que es una pared; el tercero lo toma de la trompa y dice que es una cuerda gruesa; y el último, asiéndole un colmillo, dice que es una caña de pescar. Sin embargo parafraseo a Wimpi-, «más allá de la percepción de los cuatro ciegos, se alzaba, imponente y entera, toda la vieja verdad del elefante».
¿En carácter de qué está haciendo Mujica su ajetreado viaje?
Se puede imitar a los ciegos y transmitir distintas percepciones. Sin embargo, como entre nosotros no hay ceguera política, sería un esfuerzo al cohete buscar la quinta pata del gato para, al fin, errarle.
Mujica viajó como candidato, e importa poco si lo hizo sin una previa proclamación o en ancas de su imagen y sus sentencias, que dejan todo, cuando le conviene, a media agua, azuzando expectativas y especulaciones.
Alguien podría decir, entonces, que la pregunta clave es si ya decidió pelearle a Astori el sitio privilegiado de la fórmula. Creo que sí, pero no es lo más importante.
Yo me interrogaría, antes, sobre otros aspectos de la misma cuestión. Mujica anda por ahí largando mucho rollo con su aire carismático: ¿todo eso será sostenido por el programa que el Frente Amplio aún no ha resuelto? ¿La buena acogida ajena, y su propio entusiasmo, suponen que está en condiciones de dar certeza a los compromisos eventualmente asumidos? ¿O hay espacio para creer que es una patriada personal, quizás con apoyo de su movimiento, pero que implica el riesgo de quedar, más adelante, de nalgas al suelo?
Este hombre siempre sorprende. Es muy hábil, encantador y también tiene marcha atrás, como todos. Claro, afuera del país y con líderes regionales, puede ser jodido si el paso termina siendo más largo que la pierna.
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