EL FANTASMA DE LA DERROTA
Un fantasma recorre el Frente: el fantasma de la derrota. Por estos días politólogos, sociólogos, analistas de diversa condición, dirigentes políticos de variado rango y orientación política, militantes de toda la vida y jóvenes recién metidos en el baile, opinan acerca de las posibilidades electorales de la izquierda para octubre de 2009. Todos expresan más o menos lo mismo y agitan con distintos firuletes retóricos un idéntico espantajo: el Frente Amplio puede perder las próximas elecciones nacionales.
¡Chocolate por la noticia! Parece mentira que algo tan obvio genere semejantes conmociones. Es claro que el Frente Amplio puede perder las próximas elecciones presidenciales. Tan claro como que puede ganarlas. De lo que se trata, justamente, es de entender la poderosa dinámica que se establece en una sociedad cuando un partido en el gobierno se somete al veredicto de la ciudadanía. Lo novedoso, en este caso, resultará del comportamiento del gobierno (y de la fuerza política que lo respalda) de cara a semejante instancia.
En América Latina, históricamente, la lucha por conservar el gobierno tuvo ribetes dramáticos y, no pocas veces, criminales. Uruguay no fue la excepción, aunque ese pasado resulte a la vista de todos demasiado lejano como para inquietar. Las fuerzas que controlaron los resortes del poder económico e ideológico pusieron y sacaron gobernantes a voluntad, durante décadas.
La Argentina pre y posperonista enseña aún las cicatrices de esa forma de hacer política. Los generales de la última dictadura, en su agonía, no dudaron en huir hacia adelante con el expediente de una guerra antiimperialista. Malvinas fue, al fin y al cabo, un intento del gorilaje argentino por quedarse en el gobierno cuando ya todo estaba perdido. Lo mismo, aunque con sus peculiaridades, ocurrió en Chile y en otros países. Pero el tiempo ha pasado y ahora todos nos enfrentamos a una nueva realidad. Lejos están los dueños del poder de los cuarteles donde se velaban las armas del statu quo.
Basta pensar cuánto ha cambiado el Uruguay desde que comenzó a restablecerse la democracia en 1985. El país se ha modernizado rápido, aunque de forma por demás acrítica. Los agujeros negros en materia institucional, legal y social no han sido lo bastante poderosos como para frenar esos cambios. Ha habido modificaciones culturales, nuevos hábitos y nuevas estructuras económicas. La sociedad uruguaya se transformó más en las últimas dos décadas que en la entera segunda mitad del siglo XX. Después de todo, la restauración democrática probó que muchas cosas seguían en su lugar, pese a los trece años de dictadura, desde el clientelismo hasta los ideales varelianos, pasando por el lugar de la cultura canónica en el imaginario nacional y, claro, por el intocado poder de los grandes grupos y familias económicas.
Los cambios vinieron después. Así que, la vuelta de los años, el panorama es diferente. Los paradigmas neoliberales del consumo y el descarte provocaron la extinción del Uruguay «verde y con tranvía» que recordara en algún poema Mario Benedetti. La izquierda tan temida llegó al gobierno de Montevideo en 1990, y convirtió la Intendencia de la capital en un estandarte político de primer rango. Y lo hizo de modo tal que su apoyo se incrementó de forma sostenida a partir de entonces. A veces uno nota que muchos frenteamplistas creen que el gran mérito del FA ha sido «conquistar votos» para las elecciones. En mi opinión esa postura es reduccionista y se niega a aceptar los cambios en la sociedad, que fueron los que posibilitaron la victoria en las presidenciales de 2004.
Ha sido la sociedad, con sus nuevas aspiraciones y demandas, la que ha colocado a la izquierda al alcance de sus votos, no al revés. Resultaba impensable emprender la enorme tarea de reconstruir (que no restaurar) un país tras las catástrofes del 2002, sin encomendarle la tarea a los más capacitados para ello. Y reconstruir significaba, también, refundar una nación sobre bases modernas: solidaridad, equidad, democracia real, libertad, transparencia, participación. La gente, con buen tino, comprendió que para ello debía apoyar a quienes, con seriedad, proponían cambios radicales y posibles. La gente votó para que temblaran hasta las raíces de los árboles. Y las raíces temblaron.
Las nuevas reglas tributarias (que por cierto son mucho más que el IRPF, pues comportan una nueva cultura impositiva), una batería de leyes que han tocado casi todos los aspectos de la vida social, las reestructuras implementadas en ámbitos como la educación, la salud, la banca y las relaciones laborales, entre otras, han significado verdaderos estremecimientos culturales. Pequeños grandes pasos, como la legislación antitabaco o las normativas del tránsito o la inclusión del servicio doméstico en los consejos de salarios, implicaron imponer nuevos criterios de comportamiento social, los que por otra parte fueron ampliamente aceptados. Todo esto se ha comenzado a ejecutar también en medio de fuertes resistencias. Ha habido, es cierto, oposición política férrea en casi todos estos ámbitos, pero la principal batalla se ha librado y se libra en la cabeza y el corazón de mucha gente. No se trata de una dicotomía entre conservadores y reformistas, sino de una pugna entre la inercia del pasado y las promesas del futuro. Tanto una como otras tienen referentes claros en el sistema de partidos, pero también fuera de ellos.
Ahora viene el fantasma. Este es el marco en el que el Frente Amplio «puede perder las próximas elecciones». Se comprende la ansiedad de muchos, pero la misma denuncia un cierto infantilismo político. Las elecciones se ganan o se pierden de acuerdo a la oferta electoral, es verdad, pero también de acuerdo a las tareas a encomendar a los futuros mandatarios. En ese sentido, lo que expresa esa ansiedad es la falta de comprensión de las demandas reales de la sociedad uruguaya para los próximos años.
Se trata de una sociedad que se ha embarcado con energía en un cambio estructural de gran envergadura. El ejemplo de Montevideo es significativo: el departamento enseña un perfil nuevo, distinto en absoluto al que enseñaba en 1990. Y ese perfil asoma incluso en los problemas. La llamada «ciudad sucia» es un buen punto. El área central se ensucia mucho más y hay más basura en las calles. Eso ocurre porque el consumo ha aumentado de forma extraordinaria, porque se generan muchas más toneladas de residuos y también porque esos residuos valen mucha plata. Hace unos años esto era diferente. Hoy en un contenedor se encuentran desde envases hasta electrodomésticos fuera de uso y muebles desechados por los vecinos. Otro punto interesante es el tránsito: más caótico, más inseguro, más problemático. Claro que esto sucede porque el parque automotor se ha incrementado notablemente y con gran rapidez, en un país sin cultura ni tradición ni infraestructura automovilística, como sí son los casos de Brasil o Argentina, para citar vecinos. Hay ya más de 500 semáforos en la ciudad, y la gente quiere más.
También se exige más seguridad y control en las rutas nacionales, mejores carreteras, más servicios. Esto pasa porque el tránsito de autos, camiones y buses es hoy cien veces mayor que hace veinte años. Ya casi nadie recuerda la vieja ruta Interbalnearia de una senda para cada lado, sin luces ni señales. Hoy hay allí una autopista que recorre casi todo el este del país, transitada por cientos de miles de vehículos.
Estos son algunos ejemplos de una sociedad que, casi todos los días, da muestras de una pujanza notable, que suele superar a las estructuras políticas que supuestamente la representan. Así las cosas, el fantasma de la derrota de la izquierda en 2009 aparece como una duda de fuerte raíz conservadora, vinculada con la visión que se tiene de la sociedad que día a día se autoconstruye. Lo que debería preocupar a la izquierda no es el voto de los ciudadanos, sino su propia aptitud para ser digna ejecutora de esa voluntad ma
yoritaria.
|*| Periodista y escritor
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