CRISIS EN LA GRANJA

Hace poco, el millonario financista internacional George Soros dijo: «¿Tienes un nieto? ¡Enséñale a ser granjero!» Se estaba refiriendo a la previsible crisis alimentaria mundial que ya estalló.

Una de las cuatro peores que asolan el planeta (las otras tres son la energética, la del agua potable y la crisis poblacional). Todas, junto a otras por el estilo, se retroalimentan.

Tal vez Soros pensaba para su nieto en simplemente aprender la deriva de inmensas inversiones financieras al área de los alimentos.

Pero tal vez, bucólico, o pesimista, pensaba en un «¡Sálvese quien pueda!».

Llevar el agua potable a las megaciudades resulta carísimo en energía. Va «contra natura». Llevar alimentos también.

Para colmo el agua, los alimentos y las energías alternativas están en el campo. Las megaciudades, casi todas litoraleñas, fueron el engendro «civilizatorio» del petróleo barato.

Una Era exigua y fatua que se acabó.

No hay cosa más contaminante que esas ciudades. La energía encarece, los alimentos también (incluida el agua pura), la población crece, desola territorios con desesperadas prácticas agrícolas (sumadas a las tan desesperadas pero por ganancias, del capitalismo) huye a las ciudades, migra en cifras nunca vistas en busca peleadora del pan… Podríamos seguir adelante, y mucho, por esta larga y triste reseña.

Detengámonos en la parte «bucólica», que parecería apuntar hacia una propuesta de solución: volver al campo, hacerlo en dimensiones familiares, consumir energías limpias y renovables, producir comida, beber el agua donde ella está, cuidarla, ahorrar energía y contaminaciones evitando traslados en masa a grandes distancias, evacuación de residuos… Parecería que ello, además de muy recomendable, va a suceder inexorablemente.

Pero «recomendable» si decidimos usar la razón y el sentido común.

Porque irracional y monstruoso fue lo otro ( actual). Se trataría entonces de volver a poner las cosas en su sitio; de donde no debieron ser quitadas.

La gran cuestión está en averiguar si no es demasiado tarde. Esto nos atañe gravemente.

Hubo una vez un pequeño país muy fértil y casi vacío, con ríos, lagunas y mares anchos y también fértiles, en el que sin embargo había una Gran Ciudad.

Cuando por causas ajenas llegaron a sus costas cuatro o cinco crisis desoladoras, al principio algunos y luego muchos de los habitantes de esa y otras ciudades, comenzaron un «retorno al campo», para lo que un buen gobierno abrió anchas avenidas: otorgando a cada habitante y a cada familia, la tierra suficiente para cubrir sus necesidades y el apoyo material, técnico y educativo al efecto. Una maravilla.

El problema radicó en eso: la maravilla. Porque cuando al principio algunos, y luego muchos, demostraron (ante las crisis desembarcadas) que se vivía mejor allí que en la Gran Ciudad y en las otras, comenzó a producirse un extraño proceso… Al principio algunos, y luego muchos de los habitantes urbanos del pequeño país comenzaron reflexiones, reuniones y luego resoluciones mediante las que, en pequeños grupos organizados y luego en grupos gigantescos, decidieron, antes de morir de hambre o sed, incursionar desde la Ciudad en las zonas rurales para conseguir por las malas comida para ellos y sus familias.

Ello se agravó cuando oleadas de inmigrantes provenientes de cerca y de lejos, enterados de la maravilla, se incorporaron a tales Hordas armadas hasta los dientes que, entre otras cosas, descubrieron mucho más «barato» conseguir, comprar o robar un arma y organizarse en grupos para su uso, que ir a trabajar la tierra.

Como en muchísimos lugares del mundo, mucha gente «descubrió» que la guerra por la guerra misma era el mejor modo de vida posible. O, simplemente, la posibilidad de sobrevivir.

En realidad no descubrieron nada que no hubiera sido descubierto y practicado desde miles de años antes. Con sofisticación o sin ella.

Obviamente, los «rurales» así confiscados, secuestrados y hasta esclavizados (se les dijo: si me das la mitad del producto te protejo y garantizo la tierra. Tú serás parte inseparable de este pedacito), comenzaron a crear organizaciones militares parecidas y aún mejores, para su defensa, cuyos integrantes pronto descubrieron que ese era el mejor modo de vivir, por lo que también pasaron a esclavizar a los siervos de la gleba bajo su protección.

Hubo genocidios reduciendo de tal modo la población mundial; las agrupaciones humanas más poderosamente armadas (Hordas, Federaciones de Hordas, Naciones, Estados, Imperios) quedaron dueñas de los esclavos, la comida, el agua, los mejores reservorios de energía (hidrocarburos, represas, lugares con buen viento, bosques…), palacios, circos, universidades, burdeles… Como siempre.

Uruguay es un hermoso país vacío, fértil en campos y en aguas, vecino de grandes países parecidos.

En conjunto (pequeño respecto del mundo), constituyen la última «frontera agrícola del planeta»: están llenos de agua y comida. También de envidiables fuentes de energía, tanto renovables y limpias como de las otras. Sudamérica, tan rica, está también vacía.

Hay países y continentes cuya gente, desarmada, muere de hambre, sobrevive horriblemente, migra en masa, pelea por entrar en otros…

Pero los hay de gente «rica» y bien armada que ante necesidades como las actuales no vacilaron jamás ni vacilan hoy, en ir a rapiñar recursos apetecidos. Incluso llegaron a pelear entre ellos, en carnicerías humanas de proporciones terráqueas, por tales despojos.

Ellos también, sus familias, sus hijos y nietos, necesitan comida, agua mineral saludable y pura, energía suficiente, bienestar…

¡Quiera Dios que la razón y el sentido común lleguen a tiempo!

Porque si estas cuatro o cinco crisis planetarias no se resuelven pronto por las buenas, serán drásticamente «resueltas» por las malas. Como siempre.

|*| Senador nacional, escritor

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