La colmena
En «La colmena», de Camilo Cela, hay un personaje llamado don Trinidad, cliente del café de doña Rosa; de él se dice que coqueteó varios años con algunos personajes a ver si lo sacaban diputado: «Se gastó cuartos en convites, dio dinero para propaganda, oyó buenas palabras, pero al final no presentaron su candidatura por ningún lado y ni siquiera lo llevaron a la tertulia del jefe».
Terminó apartado de la cosa pública aunque siguió yendo al café, y se estaba callado, oyendo música o leyendo el diario, sin meterse con nadie.
Pero doña Rosa quien miraba a la política con la perspectiva visual de un búho y metía baza cuando menos se lo esperaba se encargaba de mantenerlo en vigilia, como si le colocase un hierro caliente entre las nalgas siempre con gesto airoso, astuto, solemne: «Ande, ande, cada cual a lo suyo. Ya sabe, no perdamos ninguno la perspectiva, ni el respeto ¿me entiende?, ni el respeto».
Bien, y todo esto ¿a santo de qué?
Pues de la interna del Foro Batllista. ¡Qué novelón! Abro el diario, me zambullo en las novedades que provienen del grupo mayoritario, ¿todavía?, del histórico partido y empiezan a revolotear en mi cabeza las imágenes de «La colmena» y sus personajes.
Los actos de seducción, los anuncios, las promesas, el lanzamiento de candidaturas anticipadas, las movidas casi bailantes en torno al líder escurridizo pero jamás distraído y hasta las conferencias de prensa sentenciando lo que, en la purísima realidad, nadie sabe a ciencia cierta. Hasta que aparece doña Rosa… ¡perdón!, Julio María Sanguinetti, se despereza, hace una señal con un movimiento de cejas y dice: «Bueno, lo que vamos a hacer es esto…».
Y acomoda las piezas a su paladar, ajeno a supuestas rebeliones.
Es que el Foro se asemeja al café de doña Rosa. La mayoría de sus habituales, como don Trinidad, que exhibe pinta de turco, creen que las cosas pasan porque sí y, aunque a veces patalean, dudan si vale la pena poner remedio a nada.
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