Encuestas
Hablaba yo, ayer, de respeto. La cuestión era otra, pero me siento obligado a decir hoy que respeto a esas personas y empresas que se dedican a hacer encuestas acerca de las circunstanciales posiciones políticas, obviamente para responder a legítimos intereses preelectorales.
Pero cada día descreo más de ellas. Descreer no es irrespetar.
Ocurre que, en mi larga trayectoria en el oficio periodístico ya excesiva, pensarán algunos lectores he observado y advertido cómo, con una habilidad que las sustrae de cualquier juicio de manipulación, esas encuestas inducen y confunden a los ciudadanos interesados.
Un primer apunte: son muchas, demasiadas, y saltan por aquí y acullá a cada rato, dando pistas diferentes y, a veces, cambiando sobre la marcha; eso contribuye a la inducción y a la confusión.
Un segundo apunte: suele haber alguna que otra diferencia, a veces pequeña, a veces no tanto, entre lo que se dice y lo que se hace en cuánto al método científico utilizado para tales estudios de la opinión pública. De todos modos, aún en aquellos casos en que ese método es el mejor posible, y se le aplica con probidad, el resultado no es otra cosa que aproximaciones.
Un tercer apunte: hay muchas encuestas a pedido; es decir, se las compra a la persona o empresa elegida para hacerlas. Esta situación, ajustada a derecho y cuya legitimidad no está en duda, igualmente echa un manto de incertidumbre sobre ciertas conclusiones, por más coyunturales que ellas sean.
El problema es que hay, además, un manejo mediático desproporcionado de estos datos que, al presente, se transforman en un elemento más, aunque se jure que no es el objetivo, para sugerir movimientos entre los políticos afectados de una manera u otra y entre los votantes indecisos.
-Oye, ¿a quién vas a votar en la próxima?
-¿En la séptima…?
-No, no… ¡En la próxima!, en la próxima elección…
-¿Erección…?
-¡No! ¡Elección! ¡¡Elección!!
-Ah… Y… según cómo pinte la cosa el sordo…
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