LA CHATARRA

En estos días ha vuelto a cobrar notoriedad pública la más que turbia compra de «módulos» metálicos para una cárcel de alta seguridad realizada por el Ministerio del Interior entre los años 2002 y 2003.

El Senador Gustavo Penadés realizó ahora un pedido de informes acerca de ellos y la respuesta recibida confirmó lo que todo el mundo supo desde el principio: no servían para nada y la ciudadanía (que los pagó) fue nuevamente víctima de un cuento del tío.

Esta denuncia comenzó en el año 2003 en CX14 El Espectador cuando dicha emisora le hiciera un reportaje al entonces director Nacional de Cárceles inspector principal don Enrique Navas quien se despachó afirmando que nos habían vendido chatarra inservible.

El escándalo fue grande. Pero en realidad el Tribunal de Cuentas había sostenido lo mismo y, por si todo ello fuera poco, el Triunvirato creado a raíz del motín carcelario del año 2002 había, por unanimidad, denunciado lo mismo.

Estaba compuesto por representantes del Poder Judicial, el Parlamento y el Poder Ejecutivo y tenía a estudio el pavoroso problema de las cárceles superpobladas; trabajó con el asesoramiento de infinidad de Instituciones públicas y privadas y arribó a las mismas conclusiones condenatorias cuando pudo saber, y ver, los famosos «módulos de alta tecnología estadounidense para contener presos peligrosos y crear una cárcel de alta seguridad».

Por nuestra parte, y ante tales acontecimientos, nos asesoramos con trabajadores del metal (Untmra) y con empresarios metalúrgicos; con arquitectos e ingenieros, y también con el imperialismo: mediante compañeros que hablan inglés (de ser ello necesario), llamamos a las más connotadas empresas estadounidenses proveedoras allí de tales «módulos» (averiguadas fácilmente por Internet) para preguntarles por la empresa que nos estaba suministrando tales artefactos. Nos trataron deferentemente informándonos que no tenían conocimiento de la manida «empresa» y algunas (mejor in formadas), haciéndonos entender con giros idiomáticos muy elegantes y eufemísticos pero en inglés, que se trataba de una manga de «chantas» que, además, nunca habían proveído cárcel alguna en los Estados Unidos… Todo eso lo pudiera haber hecho, como el lector ya lo estará concluyendo, cualquier hijo de vecino y hasta el Ministerio del Interior. Para ser equitativos, también llamamos a la empresa proveedora que, olfateando el lío, nos mandó carta de respuesta (con copia al Departamento de Estado y al Ministerio del Interior) indicándonos muy enfáticamente que las modificaciones (horrorosas) practicadas a su diseño original fueron ordenadas específicamente por… ¡De Avila! (ya, de apuro, lo estaban mandando preso).

Nuestro Ministerio del Interior envió a un lejano país, como negociador plenipotenciario para esa compra, cuya urgencia fuera justificada por el motín (en realidad dos motines altamente sospechosos de haberlo sido: uno en 1999 y otro en el 2002) nada menos que al Inspector De Avila, que por ese mismísimo entonces era vigilado (también por orden del Ministerio) por la Dirección Nacional de Información e Inteligencia y el juez actuante por corrupto en grado emérito.

Antes de seguir adelante debemos aclarar que los motines citados fueron sospechosos porque abundaron, en ambos casos pero en especial en el segundo (2002), acusaciones de haber sido auspiciados por elementos corruptos de la Dirección Nacional de Cárceles.

Y también antes de seguir adelante, porque esto es inagotable, debemos informar que el citado inspector De Avila, decisivo en la compra chatarrera, cuando ésta llegó por fin a nuestras playas, ya estaba preso junto con Güida y con Machado por deplorable corruptela en el desempeño (entre los tres) de la cúpula máxima de la citada Dirección Nacional de Cárceles…

Por ende, el inspector principal Enrique Navas recibió de sus mandos dicha Dirección al rojo vivo y, de paso, la recién llegada chatarra, ante cuya vista salió despavorido, pidiendo socorro, por la prensa.

Pero la «idea» de comprar en los Estados Unidos estos mamarrachos no tuvo origen en el Ministerio del Interior sino en ámbitos gubernamentales superiores, luego del «motín» de 1999 (se dijo que el del 2002 fue para apurar el trámite).

Todo esto y mucho más, debidamente pormenorizado, fue denunciado en el debate parlamentario cuando el 18 de junio de 2003 convocamos al Sr. Ministro Guillermo Stirling al Senado en régimen de Comisión General. Los lectores pueden acceder fácilmente a esta novela policial en su versión completa por Internet buscando la versión taquigráfica de aquel día.

Junio de 2003 era tan invernal como el de ahora pero, además, Uruguay todavía estaba en el fondo de la crisis del 2002 que tanto dinero esfumó. En busca de este otro, también hecho humo, derramamos en cascada estas denuncias más las que agregaron otros compañeros del Frente Amplio.

El ministro y sus asesores, hormigonados, y con firme rostro en el ristre, dijeron que no era así. A poco más de un año de las elecciones de 2004, los del Frente en el Senado éramos minoría. Estábamos gobernados por la mayoría blanca y colorada. Blanquicolorada. Coloradiblanca.

Debido a ello y a pesar de las denuncias a puño y provenientes de la propia Policía, Tribunal de Cuentas, Triunvirato, Prensa, empresarios y trabajadores metalúrgicos, empresas estadounidenses y senadores en minoría, no pasó absolutamente nada: Stirling recibió el tierno y cálido respaldo rosado y, rozagante, la candidatura presidencial.

Ahora, cinco años después, otra vez en invierno, el hibernado Partido Nacional pide informes de una Investigación iniciada por este Gobierno y que llegó a la misma conclusión: eran y son chatarra.

Pero el ex ministro y ex candidato (aporreado) a la Presidencia don Guillermo Stirling, hoy en cuarteles de invierno, responde a los medios de prensa que, para esa compra, fue debidamente asesorado por los asesores del Ministerio. Con ese sublime poema burocrático cacofónico cree (estamos seguros de que a pie juntillas), estar en regla y a salvo.

Porque si la oficina correspondiente, si el Departamento Asesor, si los sellos y las firmas ilegibles, en el debido papel a su vez sellado, y todo ello respaldado por los colegas de Stirling (ex presidente de la Asociación de Escribanos) afirman que el sol gira en torno a la tierra, no hay en este país Cristo ni Galileo, capaz de demostrar lo contrario y, si en consecuencia el ministro provoca un desastre, estará como querubín montado en papel, totalmente a salvo rumbo a la Gloria Eterna y a la diestra, correctamente certificado. No será un «indocumentado» perseguido por Berlusconi.

Por último (por ahora): aquellos mismos asesores siguen en sus mismos cargos en el mismo Ministerio («mismismo»). En realidad no debería llamar la atención: es inherente a la «patria» burocrática, burrocrática, chantocrática, chorrocrática y currocrática que, según el caso, nos aplasta.

Los ministros (incluso Stirling) pasan. Ellos quedan. Y seguirán «asesorando». Para que no se diga que improvisamos, eso, exactamente así, le dijimos a don Guillermo aquélla tarde de hace ya cinco años (ver la versión taquigráfica).

La burocracia es una plaga de la estirpe del corcho y las cometas que hoy mismo asolan Ministerios, Entes, y demás reparticiones públicas (y muchas privadas). Vamos a ver si ahora, con esta reverdecida investigación, logramos la proeza de que, por lo menos alguno de esos grandes cometas de corcho, por fin caiga.

|*| Senador nacional, escritor

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