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MORRO DA PROVIDENCIA

Nadie duda de que Brasil, en el concierto de los países del continente, es uno de los que exhiben un mejor desempeño económico y uno de los mayores beneficiarios de la expansión de la economía mundial. Después de haber pasado, al igual que Argentina y Uruguay, un período de retracción económica en la última mitad de la década del noventa y primeros años del 2000, donde la tasa de crecimiento promedio anual apenas llegó al 1%, experimentó un «salto» económico muy importante a partir de 2003. Este período coincide con el período de inicio del gobierno Lula y aunque las políticas implementadas por este gobierno son importantes para entender el desempeño de la economía, el contexto ayudó. Entre 2002 y 2007 las exportaciones crecieron 22% al año y la deuda externa cayó, y la tasa de crecimiento pasó a 2,4%.

Sin embargo, este éxito económico todavía sigue siendo incomparable con el éxito económico que primó entre 1950 y 1984, que fue el período de mayor crecimiento de la economía brasileña, con una tasa anual de 3,7%, y al cual algunos economistas se refieren con nostalgia. Claro que aquel Brasil era un Brasil muy joven, en pleno proceso de expansión demográfica. Hoy Brasil envejece, inevitablemente, y el crecimiento de la población de 2,7% al año, cayó para 1,2%. Algunos economistas, como Delfim Netto, se preocupan por el riesgo de que Brasil «se vuelva viejo antes de volverse rico». Y la participación de Brasil en el comercio mundial preocupa a quienes creen en el Brasil potencia: desde 1980 la participación de Brasil en el comercio mundial es de 1,2%, mientras que la de China es de 9% y la de Corea es de 2,8%.

El gobierno de Lula goza de buena salud y los indicadores sociales son una evidencia de esto. La pobreza y la indigencia, entre el 2001 y el 2006, muestran una caída de más de cuatro puntos porcentuales. De hecho, la reducción de la pobreza en Brasil ha ayudado a la caída de toda la pobreza y la indigencia en América Latina, dada la participación poblacional de Brasil en la misma. Como un factor crucial detrás de este desempeño figuran los programas públicos de transferencias implementados en el país, especialmente el Bolsa Familia.

Asimismo, y luego de décadas de concentración del ingreso, recién en el cambio de siglo se comienza a producir en Brasil un proceso de desconcentración. Hay un proceso de transferencia del ingreso de los más ricos a los más pobres, que explica básicamente la caída de casi tres puntos porcentuales en el ingreso del diez por ciento más rico.

En el medio de todo este proceso, vale considerar que la sociedad brasileña ha cambiado considerablemente y que al mismo tiempo que aceleró su proceso de modernización, éste se realizó en el marco de una sociedad periférica y desigual. Estos procesos, unidos al legado de la desigualdad social y el autoritarismo político, tendieron a profundizar la fragmentación social, los desequilibrios y la vulnerabilidad. Así, la modernización no «integró» sino que dejó a los individuos más solos: de ahí la guiñada nostálgica que suelen mostrar las telenovelas centrales de la Red Globo, cuando recrean un mundo rural romántico, poseedor de viejas lealtades o valores, o las tradiciones de comunidades específicas, como la italiana, la española o la judía, en el poblamiento del país. El aumento de la violencia y la generación de nuevas formas de violencia, fue de la mano con la ruptura de viejas identidades y con el aumento de la fragmentación social. La propia película «Ciudad de Dios», que pasaron hace algunos años en los cines uruguayos, muestra el cambio en el patrón de violencia de los barrios más carenciados (ahora «favelas») entre los años setenta y el presente.

Lo que sucedió en el Morro da Providencia la semana pasada sacudió a Brasil entero y mostró los límites de un modo de convivencia social, aun en medio del éxito económico y social de estos años. Tres jóvenes, de 17, 19 y 24 años fueron secuestrados por un grupo de soldados, tenientes y sargentos del Ejército, en la noche del sábado. Si ya el «secuestro» muestra la intervención en los límites de la legalidad (o en la ilegalidad) de una política de seguridad basada en la intimidación y la violencia, lo que sucedió después no hizo sino empeorar la cosa. Los jóvenes, que estaban en la favela bajo el control del Comando Vermelho, fueron llevados para otro morro, el Morro da Mineira, y entregados a la banda armada del mismo, enemiga del primero, y conocida como «Amigos de los amigos». Estos últimos tomaron a los tres jóvenes, los torturaron, los mataron y los tiraron a la basura. Fueron encontrados el domingo. El lunes, el ministro de Defensa, Nelson Jobim, tuvo que subir al morro da Providencia a pedir perdón, sobre todo a las madres. Se solicitó la retirada del Ejército de la favela. Sin embargo, un par de días después la Justicia resolvió que era legal que el Ejército continuara controlando la favela.

El uso y abuso de las Fuerzas Armadas con ocasión de «intervención social» en contextos de riesgo es frecuente aquí en Brasil y no está exento, claro está, de manejo político. Es famoso el cuento de la intervención del Ejército en el desalojo de miembros del Movimiento Sin Tierra en una estancia de Fernando Henrique Cardoso, durante su mandato. Igualmente, se condena hoy la intervención del Ejército en esta circunstancia, vinculado a un proyecto del obispo y senador Marcelo Crivella, candidato a la prefectura de Río de Janeiro. El proyecto se llama «Cimiento Social» y supone la reforma de las fachadas de la favela del Morro de la Providencia y el arreglo de algunas de sus construcciones. Marcelo Crivella pertenece al mismo partido que el vicepresidente de la República, y gracias a la famosa «enmenta» parlamentaria, que permite a los parlamentarios disponer de recursos para impulsar obras sociales, éste fue viabilizado vía la prefectura y la Presidencia. En el marco de este proyecto, y para que éste pudiera ser viabilizado, se reclamó el «respaldo» del Ejército para intervenir en la favela. Los fondos para el proyecto fueron aprobados por el Ministerio de las Ciudades. Con la aprobación del proyecto, los militares pasaron a detentar, en el Morro de la Providencia, el control policial del mismo. Sus vínculos con el narcotráfico se hicieron evidentes a partir de los sucesos antes relatados. Esto se suma a un fenómeno que existe ya desde hace varios años, pero que se «manifestó» en 2006, y es la existencia de «milicias» armadas en los morros y algunas favelas: una suerte de destacamentos «paramilitares», que cobran dinero de los pobladores y realizan una suerte de defensa «militar» encubierta, que no se diferencia del tráfico, ni por el método (violento) ni las actividades ilícitas.

El uso ilegítimo de las Fuerzas Armadas ha sido, sin embargo, una constante en la historia política de Brasil y la larga dictadura brasileña está en el origen de todas las explicaciones. Una de las principales acusaciones que se le hacen al Ejército brasileño es que nunca existió una Comisión de la Verdad, como si existió en otros países (Argentina y Chile, por ejemplo) que permitiera identificar a los torturadores y apartarlos del ejercicio de las funciones públicas. El Ejército oculta, al igual que en Uruguay, información importante sobre la sociedad brasileña. Buena parte de esta formación en la «impunidad», durante los largos años de la dictadura brasileña, todavía está vigente, y sin una solución más abarcadora del tema de las violaciones de los derechos humanos, y sin una «depuración» de los cuadros del Ejército, tragedias como las del Morro de la Providencia seguirán sucediendo.

|*| Politóloga. Universidad de la República.

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