LA COLUMNA AMARILLA

O melhor…

No entiendo de economía, como de tanto otro asunto. Hay quien ha dicho, y puede que tenga razón, que sólo soy un contador de historias. Eso sí, suelo abrevar en los aportes de los que sí saben de temas muy especializados; luego, con mi libertad de pensamiento crítico a cuestas, reflexiono y postulo; nada de dogmas, ¡por favor!

El jueves pasado, Jorge Jauri destacó en LA REPUBLICA la importancia de ciertos giros que está dando la economía de Brasil y que, a su juicio, nos favorecen claramente, aunque se les haya dado aquí escasa difusión.

No entraré en detalles, está claro, porque quizás armaría un nudo que nadie sería capaz de desatar; sin embargo, haré otras dos cosas: primero, recomendar que se lea ese aporte de Jauri; segundo, ponerme un poquito soberbio ­toda carne es débil- y recordar que, en medio de tanta apelación a Venezuela y Argentina como las economías principales sobre las que recostarnos, por decirlo de alguna manera, he dicho hasta el cansancio que nuestro mejor socio para el futuro a mediano y largo plazo, incluso admitiéndole sus innegables e históricas aspiraciones de talante imperial, es Brasil.

No he logrado comprender todavía ­y puede que eso tenga que ver con mis limitaciones irredimibles- en qué hechos tan objetivos y tan relevantes se asienta el enamoramiento que de Argentina y Venezuela padecen muchos, demasiados hombres significativos del gobierno nacional. Tampoco comprendo, porque es consecuencia de lo anterior, que se siga creyendo que el gobierno argentino no es una suerte de autocracia desorientada con sueños feudales, y que sólo de ese hombre que sonríe en las fotos, Chávez, depende nuestro porvenir energético.

Ya sé. Sigue vigente el Mercosur y todo eso. Y sigue vigente la dialéctica del interés regional y de las aspiraciones socialistas.

No obstante, y sobre todo cuando a uno se la explican de modo inteligible, la realidad es la realidad y los discursos son sólo eso, discursos.

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