NO TODO ESTA PERDIDO

Escrito por: Por Fernando Butazzoni |*|

Viernes 20 de junio de 2008 | 5:43
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Todavía no es demasiado tarde, aunque ya hay que poner las barbas en remojo: por múltiples causas faltan alimentos en el mundo, el petróleo se torna inaccesible, hay cada vez menos agua disponible, los recursos marinos son diezmados por la contaminación y por el cambio climático y las faenas indiscriminadas, el aire se empobrece de oxígeno, las selvas desaparecen de forma irremediable y muchas especies se extinguen.

Son malas noticias, y hay más: las ciudades crecen. Aumenta de forma dramática la pavimentación del planeta, se abren carreteras y caminos y con ello se tumban árboles y se arrasa con buenas tierras para colocar, allí mismo, la bandera de la civilización y el peaje correspondiente. La población aumenta y con ella aumentan las demandas de espacios en los centros urbanos, y de servicios que implican gigantescos consumos de todo tipo: comida procesada, electricidad, minerales, automóviles, agua, plásticos, medicamentos.

El planeta, tal como fue conocido durante siglos, ya no existe. Volvieron los muros a muchas fronteras y cada metro cuadrado del globo terrestre ha sido relevado, fotografiado y explorado por aviones, satélites, aventureros y cámaras de televisión. Los intentos por frenar el creciente deterioro del hábitat humano sufren estruendosos fracasos. Las políticas internacionales referidas a los asuntos más espinosos ni siquiera son avaladas por los propios gobiernos que las proponen o impulsan. Nada hay en el horizonte que permita avizorar una salida. El continuo incremento en la producción de bienes y servicios es igual a más consumo, que es igual a más demanda y a más desechos, a más tóxicos, a más monocultivos y a más miseria.

Es esa miseria, con el hambre y la enfermedad como bandera, la que empuja cada vez a más gente a salvar la vida emigrando como sea. Cada día cruzan el Mediterráneo, desde la costa africana, cientos de embarcaciones precarias repletas de desesperados. Y desde el Este de Europa son miles los que intentan reinstalarse en sitios donde haya comida y agua potable. También llegan oleadas de latinoamericanos. Roma, Madrid, París, Amsterdam y Berlín son los destinos preferidos por quienes no tienen otra elección. Calificados como ilegales, perseguidos y reprimidos, ahora el Parlamento de Europa acaba de oficializar el carácter de “despreciables” de esos viajeros de la pauperización.

Una ola de estremecimiento recorre el mundo. La semana pasada la señora Josette Sheeran, del Programa Mundial de Alimentos de la ONU, calificó el hambre como un “tsunami silencioso”. Pero no es sólo el hambre y no es silencioso. El agua potable, envasada para consumo, hoy cuesta en cualquier ciudad europea más que el petróleo. Ya empieza a oírse el estruendo.

No se salva ni el más pintado. China ha empleado el formidable empuje de sus economías excedentarias para explotar tierras con fines agrícolas en el extranjero. Avispados, los laboriosos chinos ya tienen importantes inversiones y haciendas en Laos, Kazajtán, Brasil y otros países. Hace pocos días, el fundador del Earth Policy Institute, el señor Lester Brown, revelaba un dato que, cuando menos, por estas latitudes debería resultar inquietante: “China ha sacrificado su autosuficiencia en soja a fin de preservar la tierra y el agua para otros cultivos”, dijo en el Foro de Roma. Parece evidente que si China preserva su tierra y su agua, no estará en el futuro dispuesta a compartirlos con nadie.

De todas formas eso no alcanzaría. Nada parece alcanzar a estas alturas. Con estas malas noticias, recién comenzamos a comprender que la globalización también está presente en los desastres. En Montevideo, por estos días, hay decenas de barcos españoles atracados en los muelles o fondeados en las cercanías de la costa. Son parte de la flota pesquera de aquel país, que como todos sabemos está en conflicto con el gobierno de Zapatero y con la Unión Europea y con el estatus del comercio mundial de pescado. Ellos reclaman lo mismo que los pescadores uruguayos, o los de las otrora riquísimas costas del Perú, o los del Báltico. Quieren combustible más barato y precios estables para sus capturas, algo que nadie les puede garantizar.

La especulación financiera con el petróleo es, como dice Stiglitz, el resultado de una sumatoria feroz: especulación y finanzas. Hoy no es posible asegurar que las guerras por la posesión y manipulación de los yacimientos de crudo no se repitan, mañana, con las grandes superficies aptas para cultivar alimentos o con los acuíferos subterráneos. Los grandes movimientos de dinero en los llamados “mercados a futuro” son timbas de inversión en las que apuestan los mismos que antes apostaban al dólar y al mercado hipotecario norteamericano. Para muchos expertos, la escasez de alimentos es ficticia, y contiene una muy alta dosis de estraperlo. Para otros, en cambio, los precios en alza de los granos reflejan de algún modo un panorama incierto hacia el futuro, en el que la comida no está en absoluto garantizada. La palabra hambruna no deja de oírse.

Los principales actores desencadenantes de la actual situación son viejos conocidos: grandes conglomerados económicos con fuertes ramificaciones en todos los ámbitos estratégicos. Un ejemplo es la British Petroleum, la tristemente célebre BP, que ha sido reiteradamente acusada de promover guerras civiles, desestabilizar gobiernos, financiar parte de la actual campaña bélica en Irak y establecer políticas represivas en países en los que cuenta con perforaciones propias. A esta compañía se le han detectado vínculos con empresas del sector de los armamentos, de la industria química y biotecnológica y también con compañías de alimentos. Recientemente se supo que el poderoso grupo brasileño Cosan, uno de los mayores productores y vendedores de azúcar del mundo, metido de lleno en el negocio del etanol, había fortalecido sus vínculos con BP: el mismo día que la empresa brasileña entraba al negocio, la petrolera británica anunciaba inversiones en Brasil, en el área de los biocombustibles, rama en la que es copropietaria de una de las más importantes compañías, la “Tropical BioEnergia”. Fue un negocio espejo: Cosan se quedó con los activos de la Exxon en Brasil pagando 826 millones de dólares. BP se puso a fabricar etanol y para ello dispuso de mil millones. Todo en un mismo día.

Otro actor principalísimo de esta historia es la norteamericana Monsanto, sobre la que ya he informado en notas anteriores. El caso de esta compañía es paradigmático, pues demuestra de forma palmaria cómo el conocimiento científico y las habilidades tecnológicas pueden ser utilizados de forma aviesa con el fin de obtener enormes ganancias a cualquier precio. No son pocos los que han acusado a Monsanto de generar gravísimos problemas alimentarios, a partir de la manipulación genética de semillas y del empleo de agroquímicos de impacto, como el herbicida total “roundup”. Monsanto ha estado relacionada a la industria del armamento, fabricó defoliantes para borrar selvas del mapa, proveyó de diferentes sustancias a Coca Cola, elaboró hormonas transgénicas y pleiteó con agricultores de medio mundo a los que les reclamó la cosecha por ser presunta propietaria, la empresa, de los genes que habían dado esos frutos.

Así las cosas, lo de poner las barbas en remojo va en serio. Deberíamos preocuparnos con celeridad por legislar de forma conveniente y por regular de forma más apropiada y estricta el uso del suelo y del agua. Deberíamos ser más rigurosos con la venta de tierras: ¿a quién y para qué? Deberíamos pensar una ley de garantías alimentarias, para prevenir antes que lamentar. También se puede acotar el consumo de combustibles fósiles, en especial las gasolinas. Eso ya se ha hecho en el pasado y se puede hacer de inmediato. Deberíamos crear una estación de monitoreo global, capaz de cruzar datos sobre combustibles, agua y alimentos, en la región y el mundo. Tenemos los recursos humanos y materiales para ello. No parece conveniente que los gobe
rnantes se enteren por la prensa especializada de algunas “novedades”.

Muchas cosas deberíamos hacer ya. Tal vez a muchos les parezcan tremendistas las apreciaciones aquí volcadas e innecesarias las acciones públicas que se reclaman. Sin embargo, el panorama que se ofrece ante nosotros amerita todo esfuerzo. De ello avisan los mercados, los organismos internacionales, los gobiernos, los sabios, los humildes y los poderosos. Todos están un poquitín asustados por estos días. La realidad es la realidad. El peor error sería no entender sus consecuencias a corto plazo, o creer que ya todo está perdido.

|*| Periodista y escritor

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