Una tontería
Hay, para los periodistas que creen haber llegado tarde al uso de ciertas sentencias que se universalizan y repiten como dogmas, una teoría seductora. Se resume en una frase de Abelardo Castillo, el escritor argentino: «Escribiendo aprendí al menos dos cosas. La elemental decencia de no negar mis fuentes, y otra, que pareciera ser su revés exacto: el no creer demasiado en la paternidad de ciertas ideas».
En realidad, el reclamo de esa paternidad ha sido puesto en duda desde que, hoy se sabe, Sócrates, cuando proclamó aquello de «conócete a ti mismo», estaba repitiendo a Quilón de Esparta, quien siglos antes había escrito su «gnothi se autón», que viene a ser lo mismo.
En fin. Todo esto se me ha ocurrido a raíz de la acumulación de críticas a la disposición municipal de que los vehículos circulen en Montevideo con las luces encendidas aun en pleno día. He decidido sumarme. Y aunque vengo de atrás lo admito-, como prendido al camión de rezagados, no me siento un copista sino, en todo caso, alguien que demoró en sumarse a una corriente sin padre.
Ahora bien, ¿por qué esperé tanto, siendo que en este asunto se viene martillando desde hace tiempo? ¿Por la tranquilidad que deja en mi espíritu la fundada duda de Castillo sobre la paternidad de las ideas?
No.
Durante este tiempo de silencio me acosó un sentimiento de vergüenza ajena. ¡Es tan absurda esa norma! Créame, lector, no me resulta estimulante asimilar a un practicante del absurdo, ni a un tonto, a ningún director municipal. Me he devanado los sesos o he tratado de hacerlo- buscando ya una razón que sostenga la medida, tal vez inadvertida por mi ignorancia, ya algún adjetivo piadoso que no me obligue a apelar a los conceptos de tontería o absurdidad.
He fracasado.
Ignoro cuánto más aguardará la autoridad competente para derogar qué digo, para achicharrar- la norma cuestionada.
Por los rajados talones del pastor, y por su propia vergüenza, que no sea demasiado.
Compartí tu opinión con toda la comunidad