LA HISTORIA VISTA COMO COMPETENCIA DE OPERACIONES INTELECTUALES
No se puede analizar el devenir del país recortando campos ideológicos exactos y diferentes. No. Ellos, por un lado, se inter-influyen unos con otros en su debate y disputa. Esos campos ideológicos, por otra parte, están sujetos a debates internos que los hacen en sí mismos contradictorios.
El tratamiento futuro del pasado
No se puede decir simplemente y sin más, luego, que ha habido en la construcción nacional una vertiente republicana (Partido Colorado), una vertiente nacionalista (Partido Nacional) y una vertiente socialista (cristalizada finalmente en el Frente Amplio), aunque todo ello sea básicamente verdad. Para empezar, porque ha habido diferentes tipos de coloradismo, de blanquismo y de socialismo. No es lo mismo el nacionalismo inicial, por ejemplo, donde la palabra «nacional» nada tenía que ver con el nacionalismo según se le entendió en el siglo XX sino que se refería a los gobiernos «nacionales» en contraposición a los gobiernos de facciones o de partidos. Ni el socialismo anti URSS de Frugoni con los socialismos alineados posteriores. Ni el coloradismo socialdemócrata con el coloradismo conservador.
Tampoco se puede decir que sólo hubiese socialismo en el espacio socialista porque lo hubo en el batllismo central, o que sólo hubiese republicanismo en el batllismo porque no se puede ignorar el componente republicano de los llamados blancos independientes. Ni se puede decir que -en el sentido de defensa de la nación- el valor nacionalista no exista entre frentistas o colorados.
Es decir, incursionamos en un área compleja y, sin embargo, fundamental a la hora de desentrañar sus itinerarios históricos. Porque de la usina donde se debaten y se contraponen las ideas y los modelos sale un resultado y ese resultado es el propio país. Sus éxitos y sus fracasos.
Entonces no está de más pensar en cómo se carburaron los éxitos y los fracasos nacionales.
El impulso
La construcción del éxito tuvo sus contradicciones internas. En la construcción del progresismo republicano, Batlle y Ordóñez tuvo que desprenderse de su mano derecha Manini cuando planteó una nueva concepción del poder (el colegiado), tuvo que desprenderse del presidente Viera cuando luego de una derrota electoral se quiso detener el avancismo social, tuvo que desprenderse de la tentación populista que significaba Julio María Sosa y, finalmente, Batlle muere cuando había resuelto, candidatura de Fleurquin mediante, frenar a Terra, a quien veía con concepciones demasiado cercanas a las corporaciones empresariales. Dicho todo esto con el error probable que supone todo esquema.
Pero la construcción del primero -y tal vez el único- Estado del Bienestar de América Latina al que se llegó por vías democráticas, décadas antes, además, que los demás países, supuso una operación intelectual de vanguardia que jamás se desdijo de su condición transgresora. Es decir, el punto de fragua del modelo del éxito era transgresor: eliminación de la pena de muerte y de la cadena perpetua (hizo, este año, 100 años), la legislación obrera, el divorcio, el colegiado, los liceos de mujeres y los derechos femeninos, un nuevo papel del Estado (no tan omnipresente, sin embargo, como el Estado del segundo batllismo, puesto que cuando Batlle muere el Estado tenía 8 veces menos funcionarios que 30 años después y muchos menos monopolios). Se construyó una verdadera república donde se contemplaban las ciudadanías políticas, sociales y civiles de una nueva forma y con la peculiaridad que fue la república-de-partidos (en cuanto a la institucionalización de los mismos) más poderosa que ha conocido el continente y un anticipado ejemplo mundial.
Pero ello se hizo mediante una operación intelectual de primer orden que puso en valor lo liberal y republicano del relato histórico del siglo XIX y utilizó ese historicismo para dotar de rápida identidad a una multitud de inmigrantes que constituían por décadas la mayoría nacional.
Naturalmente el competidor, el herrerismo fundamentalmente, tuvo que construir también un relato histórico similar, lo que obligó al Partido Nacional a incorporar a Oribe, contra el cual el Partido se había fundado en su primera organización en 1856 y contra el cual militaban todos los fundadores de 1872. Fue el diputado Carnelli el que realzó a Oribe en 1920 y Herrera en la construcción de un conservadurismo lúcido lo aceptó como icono de orden.
Allí teníamos el escenario intelectual del país del éxito donde todos eran lúcidos: un republicanismo radical batllista (que solía aliarse con los blancos independientes) enfrentado a un conservadurismo herrerista que solía aliarse con los colorados conservadores (vieristas, riveristas). En el marco de una gran participación popular (en la 2ª República había 7 elecciones cada 10 años) el batllismo, pero no sólo él, reunía muy frecuentemente a su Convención de 1.000 miembros (40 veces por año). Con un sistema de rendición de cuentas feroz y de contralor implacable a través de la presencia de la oposición en todo órgano del Estado, incluyendo el Ejecutivo.
El freno
Algo pasó en los años 50 que detuvo la marcha liberal-republicana. Probablemente en su interior pudieron más los frenos conservadores que la clave que exigía el estar al día y en la vanguardia, parálisis en la que suelen caer los modelos exitosos enamorados de sí mismos. Al margen de que desnaturalizaciones clientelares sustituyeron la verdadera participación y control republicanos. Sin aludir a errores posteriores.
Lo cierto es que sobre comienzos de los 60 aparecieron 4 o 5 best seller críticos del sistema instalado »El país de la cola de paja» de Benedetti, el principal aunque no el mejor que denotaban la ruptura de la intelligentzia con el orden establecido. El signo marxista de la revolución cubana, la Ley Orgánica de la Universidad de la República y otros sucesos ampararon la bifurcación aludida. Fue Vivian Trías, sin embargo, a través de unos textos que probablemente no resistan hoy el paso del tiempo, quien armó la nueva fórmula triunfante y sacrosanta, a costa de echar a Frugoni del Partido. Unió el revisionismo histórico (una reflexión originada en la derecha paraguaya y trasladada a la derecha argentina pero travestida luego por la izquierda argentina) y el marxismo en una síntesis que pervive hasta ahora.
Según el nuevo paradigma, todo lo republicano y liberal era fantasía burguesa y debía condenarse. Se reescribió la historia con los antiliberales y antirrepublicanos en el altar y los liberales y los republicanos en las mazmorras. Esta es la escala de valores que rige desde entonces, por ejemplo, la enseñanza uruguaya: la idea que, luego, se les trasmite a los uruguayos de sí mismos. De donde sobreviene la incapacidad de los uruguayos de entender el camino que los llevó, en su hora, al éxito. Luego, claro (en un país donde, en los años 60, el jornal obrero tenía entre 2 y 3 veces el poder de compra que el actual, donde el desempleo era menor, donde las libertades dejaban admirado al Che) la lucha armada contra la democracia que nunca contra la dictadura y de ahí, luego, el disloque histórico nacional. Ahora mismo hay una lucha despiadada por controlar el pasado que está en el centro del debate nacional.
No estoy atacando a nadie. Entre mis muy jóvenes amigos más entrañables e inteligentes de aquellos años 60, la mayoría simplemente no era partidaria de la democracia. Esa era la tragedia. Unos murieron, otros desaparecieron, la mayoría fueron torturados o exiliados y todos los que sobrevivieron, todos, hoy apoyan la democracia. Alguien nos jodió. Hay una historia nacional de construcción, des construcción y re construcción de una identidad republicana.
Así la historia vista como competencia de operaciones intelectuales aclara las cosas. El punto decisivo para el futuro es a nuestro juicio claro. ¿La próxima operación intelectual progresista triunfante será liberal-republ
icana o intolerante? Veámoslo, por ejemplo, en el espejo argentino. El gobierno no concibe allí otro modo de pensar que el suyo. Para Néstor Kirchner, todo lo que no es afinidad es golpismo. Tenemos obligadamente que ver a los chacareros de 50 hectáreas como la oligarquía que quiere la vuelta de Videla. En su propia concepción de práctica de la odiosidad se ven sus límites. El exclusionismo mental no conduce a otra cosa que al fracaso. No practiquemos acá kirchnerismo embrionario. La modernidad nacional nos pide a todas las corrientes de ideas otras reglas de juego ideológico de mayor tolerancia, respeto y diálogo. Y toda una nueva institucionalidad republicana muy rica que se ha desarrollado en el mundo está esperando a esta república institucionalmente ya rezagada.
|*| Ex senador, director de Jaque y de Posdata
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