LA COLUMNA AMARILLA

Como somos

«Arrojad la cara, que el espejo no hay por qué», dejó escrito con exquisito sarcasmo un célebre poeta español, posiblemente repugnado de la hipocresía que lo había sitiado en su época.

Si nos miramos al espejo ­en el sentido de advertir nuestra mismidad profunda­ la tendencia es casi siempre, y digo casi porque hay seres excepcionales, romper la plateada luna que nos devuelve una imagen que no queremos aceptar. Salvo, claro, que la soberbia y el egocentrismo nos hayan permitido atravesar la frontera de la razón e ingresar al mundo de la locura. En ese caso, mirándonos, nos amaremos un poco más cada día.

Pues bien, tengo para mí que somos agresivos, intolerantes, poco solidarios, cínicos, exhibicionistas, discriminadores, desesperados por el poder y mediocres. Entre otras lindezas.

Y como somos mayoría ­los excepcionales eso son, excepciones­ no es ésta una sociedad estimulante. Lo demuestran dos actos casi automáticos, cotidianos, comunes como el caminar por las calles de la ciudad o transitarlas en un vehículo. Si al hacerlo nos fuera posible sufrir la bendita patología de Maupassant, que alucinaba al punto de desprender su mente de su yo corporal, viéndose, por tanto, «desde el exterior de sí mismo», estoy persuadido que nos horrorizaríamos y, salvo un infarto masivo y letal, haríamos lo posible por cambiar.

Asumiríamos cómo somos en realidad. O, dicho más claro, cómo nos comportamos en la sociedad.

Hoy por hoy, es descarnadamente visible nuestra tendencia a imitar a la emperatriz china Tsu Hsi, la primera, al decir de Tomás Eloy Martínez, en aferrarse a esa loca superstición de que lo que se oculta no existe. Bueno, que se oculta o que se sabe, diría yo, pues a veces se decide mirar hacia arriba porque es más confortable.

Aceptémoslo de una vez: no basta con maratones televisivas de carácter benéfico, durante las cuales hallar un aporte anónimo supone hacer un curso en Scotland Yard, para calmar la conciencia.

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