La política y la corrupción

 

La brecha que la desconfianza ha abierto entre los ciudadanos y sus representantes políticos, ya advertida a poco del regreso del país a la democracia, se ha ido ensanchando incontenible. Hoy alcanza unas proporciones iguales al crecimiento desordenado de las organizaciones sociales y a la búsqueda de referencias  morales, sobre todo- entre los movimientos evangelizadores, místicos o supersticiosos.

Giovanni Sartori conjetura que hay tres razones para explicar este sentimiento, mezcla de frustración y desencanto, con que la gente está castigando a la política: la pérdida ética y, en particular, de la ética del servicio público; la constatación de que hay demasiado dinero en el medio; y, finalmente, el hecho de que el costo de la política se ha vuelto excesivo y está fuera de control: «La conclusión principal es que a medida que se debilita la ética las tentaciones aumentan, porque llegan ante nosotros continuamente y en cantidades asombrosas. Un ejemplo, entre muchos, es el dinero del narcotráfico (…) Muchos precios deben ser y son controlados (…) y casi una infinidad de artículos requieren permisos, regulaciones, inspecciones. Las oportunidades de soborno y extorsión son igualmente, por lo mismo, casi infinitas. En parte, este dinero sucio es ‘dinero necesario’ para cubrir el costo de poder ser elegido; pero en parte también llena los bolsillos de quienes otorgan los permisos».

Agreguemos, lector, como triste experiencia autóctona, el famoso «amiguismo»; o sea, la gestión y la decisión administrativa irregulares que, disfrazadas de buena disposición, han devenido cultura nacional.

El lunes, el presidente Batlle sorprendió a todos exhibiendo un pedazo de cuero sucio; era parte de la carga de un contenedor que debió estar lleno de mercadería en trámite de exportación. Los mentirosos se embolsaron dos millones de dólares por reintegro de ventas al exterior.

Bueno, aclaremos ciertas cosas.

Primero, lo que sorprende, en realidad, es que la actual administración  si bien otras en el pasado ni siquiera lo intentaron- haya tardado tanto en tomar este toro por las astas; recién ahora ha resuelto enfrentar al menos parte del fenómeno de la corrupción, atacando a dos problemas que desangran al país: evasión fiscal y contrabando.

Segundo, sorprende también que, conociendo con tanta certeza lo que ocurre, al punto de exhibir con gesto dramático el ya famoso cuerito e informar en detalle cómo se perpetran estos delitos, Batlle deje la impresión de no haber entendido aún que el primer problema está entre algunos de sus funcionarios; es decir, entre aquellos que no cumplen con su tarea de servicio, aceptan sobornos, extorsionan, arreglan todo tipo de maniobras y hacen culto del «hoy por mí y mañana por vos». Alguien exclamó (un industrial, creo), luego de oirlo, «más vale tarde que nunca», pero ha sonado cual una ingenuidad.

Es curioso cómo en los corrillos  elija, lector, si desea escapar de tamaña generalización, entre mesas de café, pasillos del parlamento, redacciones de medios y hasta oficinas públicas- todos parecen conocer acerca de actos de corrupción, de sus supuestos protagonistas y de adónde va la plata. Aunque es cierto que esta sociedad se caracteriza por la frecuencia con que hace discurrir alegremente los rumores más delirantes, no lo es menos que sobrevuela enorme cantidad de información a la que los políticos gobernantes debieran atender. Es que la desconfianza de los ciudadanos nace precisamente ahí, en la omisión o la inercia, en la sensación que deja la política de que todo se sabe pero nada se hace. ¿Qué está separando a la gente de una sentencia propinada al grito de «todos son corruptos»? Un breve paso.

Yo digo, y tal vez esté simplificando, lector, que por delante hay dos grandes tareas si aquellos que están en el poder quieren evitar la desaparición del sistema político: tomar en serio las responsabilidades legales y morales para desenmascarar a la corrupción institucionalizada, y admitir que la política no puede costar el disparate de dinero que cuesta ni financiarse como se financia.

Para lo primero, siendo la actual legislación suficientemente amplia y severa, basta con no hacer la vista gorda; para lo segundo, y a fin de dar un primer paso, se puede echar mano de alguno de esos proyectos que duermen sublimemente en cajones parlamentarios y que postulan que los partidos y sus candidatos paguen las campañas de modo equitativo, juicioso y transparente, alejando cualquier sospecha de corrupción o implicancias incómodas.

Hay que limitar con severidad los gastos electorales, hay que retirar al Estado de las áreas donde su presencia no es indispensable y lo pone a merced de fuertes tentaciones, y hay que sanear la administración sacrificando lo que sea necesario y a quien sea necesario.

Con una presentación mediática y teatral, al estilo de Albert Finney en «Rey Lear» de Shakespeare, no arreglamos nada. Los sufridos contribuyentes están muy, pero muy desconfiados y no es la primera función a la que asisten.

Creo que la política nunca ha sido inmaculada y estoy persuadido de que la corrupción es inherente a la condición humana. Pero el asunto crucial es si se permite o no que la corrupción de algunos políticos y funcionarios llegue al punto en que corrompa del todo a la política.

Si todo sigue como está, las consecuencias pueden ser trágicas. Apelo una vez más a Sartori: «…la escoba de la antipolítica es una escoba necesaria. Al final, sus ventajas superan a sus desventajas. No obstante, no debemos acabar con la política al acabar con la corrupción».

Está claro por qué. ¿Quién quiere sufrir otra vez la anarquía o la reaparición de los «Mesías de la salvación», ya se vistan de militares, ya de ultras o de pastores? *

 

*Periodista

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