Escribe: Julio Cesar Castro
Ayer, como es frecuente, pasé a visitar a mi amigo el Toto Pechuga, y lo encontré emocionado.
Tomando mate, sÃ, con una petaca de caña también, es verdad, pero ni el mate ni la caña eran motivo de aquella emoción. Se lo noté en la mirada, y en la manera de saludar al decirme “¿Qué contás, Flaco querido?”. Ese “querido”, no era común en su saludo. El Toto es de los tiempos en que los amigos se saludaban con un fuerte apretón de manos, o con un estrecho abrazo que se hacÃan sonar el lomo, pero no lo de ahora, no el querido, y menos el besito en la mejilla, no. El Toto, no. Ni hablar de esa boberÃa porteña del piquito entre varones que hace dudosa su calidad de tales. Una vez, al respecto, dijo el Toto cortando grueso como es su estilo: “Piquito y pala les hace falta a estos”. Le recordé que aquà lo repitieron a causa de un buen gol, Recoba y DarÃo Silva, pero el Toto me hizo notar que El Chino se cubrió y que DarÃo estaba teñido de amarillo, cosa que hacÃa menos lamentable el cuadro del piquito prometido como cábala. La cosa fue que lo noté emocionado y le pregunté si le pasaba algo.
Algo bueno, o malo, porque ambas cosas pueden causar emociones. El Toto, como respuesta, me mostró una baldosa. No era fácil deducir, relacionar aquella baldosa con su estado emocional. Era una baldosa de las más comunes, de las grises, de las veredas comunes de nuestro Montevideo. Es verdad que ahora las hay amarillas, anaranjadas, y muchas veredas pintadas de verde, pero la que el Toto esgrimÃa era de aquellas viejas. La miró, me miró, y me dijo: ¿Qué te parece”. La pregunta no me posibilitaba ni dudas ni equÃvocos. La miré, lo miré, y respondÃ: Me parece lo que es: una baldosa. Le estaba pasando un pedazo de bolsa de arpillera, y en la cintura tenÃa una franela de las amarillas. Se ve que le estaba sacando lo grueso, y luego le iba a dar algo asà como una lustrada. Me invitó con un mate, que le acepté, y luego con un trago de la petaca al que no me negué, y me dijo: ¿Una baldosa, verdad? ¿Y no se te ocurre que esta baldosa puede tener algún significado especial, o te crees que me emociono con todas las baldosas que andan por ahÃ, que camino por las veredas repetidamente emocionado por la seguidilla de baldosas a la vista, eh?
Miré la baldosa detenidamente, se la saqué de las manos y me dijo guarda no se te caiga, y la di vuelta y no tenÃa nada de particular, y se lo dije: Toto, si fuera un ladrillo serÃa lo mismo. Entonces me dijo, esta baldosa, Flaco, es la última que levantaron cuando se las sacaron a la Plaza Libertad, ¿te acordás Flaco? No me acordaba bien, pero sà me vino a la memoria un poema de Benedetti, creo, en el que habla de las baldosas de aquella plaza.
- ¿Y?.- le dije.
- ¿Cómo y? Flaco, te das cuenta que estaba carpiendo, y de repente me topo con algo duro, y me viene todo el recuerdo al marote, y me doy cuenta que es la baldosa que yo enterré durante la dictadura.
- ¿Y qué tenÃa que ver la dictadura con esa baldosa, Toto, por favor decime?
- Fijate que le falta un cacho.
- ¿Y?
- Es de las que levantábamos, mucho antes del golpe, cuando a cada rato se armaba bronca en 18 y atacaba la caballerÃa montada.
Me reprimà para no decirle que toda caballerÃa es montada, pero quise saber más y me dijo.
- Los caballos de los coraceros subÃan por las escaleras de la calle Rondeau. Yo no sé cómo hacÃan esos caballos, pero subÃan y meta sable. Y lo único que tenÃamos, eran los cachos de baldosa para repeler el ataque. Y por eso las sacaron, Flaco, por eso las arrancaron todas. Pero yo, Flaco, jugándome la libertad y la vida, sin cámaras de televisión que registraran mi heroico acto, me afané una, la última de aquella gloriosa estirpe, y la traje, y la tuve colgada en el comedor, hasta que vino la dictadura y vi que era un elemento acusatorio. ¿Cómo podÃa yo explicar aquella baldosa de vereda encuadrada en marco dorado? Entonces, la enterré. Y ahora, olvidada ya, la encuentro. ¡Qué me decis, la vida! Yo qué le iba a decir. Fue hasta el boliche a rellenar la petaca, y la terminamos ahÃ, lagrimeando al pie de la baldosa histórica, que volverá, sin duda a engalanar el comedor del Toto, rico en trofeos por el estilo. *
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