Uruguay a gas
El doctor Eduardo Acevedo, quien además de haber sido rector de la Universidad de la República, fue uno de los impulsores de esto que conocemos como Uruguay moderno, basó sus tesis para la política de desarrollo nacional, en la independencia energética. Corría la década de 1920. La Universidad creó el Instituto de Química Industrial, destinado fundamentalmente a la fabricación de un combustible uruguayo.
La maquinaria industrial, en franco desarrollo en el país, justificaba el emprendimiento, nada utópico. La materia prima sería alcohol, producido a partir de las plantaciones de caña de azúcar en El Espinillar y Bella Unión.
Pero al llegar el año 1930, la búsqueda de la independencia energética fue detenida: el modelo «desarrollista» impulsado desde los centros dominantes en el mundo, priorizaba la división del trabajo mundial. A nosotros nos corresponderían otras metas, con lo que el objetivo de independizarnos energéticamente del extranjero acabó archivado.
Así comenzó la dependencia conceptual uruguaya en el tema energía: aceptada hasta en las escuelas, la idea de que estamos casi inermes energéticamente, exhibe en realidad la falta de una política energética adecuada, explícita y de defensa nacional. Los problemas de la matriz energética nacional, han sido resueltos por nuestros políticos en cada coyuntura, algo aceptado por todos los protagonistas, aunque no estén unánimemente de acuerdo en que las decisiones coinciden en toda ocasión con las de las empresas petroleras y derivadas.
Así llegamos al actual escenario uruguayo, donde los derivados del petróleo alimentan el 59,6% del consumo total energético, la leña el 20,3% y la electricidad el 19,4%. Así, el arribo del gas natural constituye un hito de nuestra historia energética, abriendo interrogantes de transformación.
Desde 1995, con la privatización de la Compañía del Gas y, en 1997, con el Marco Regulatorio del Sector Eléctrico, se cambió también la matriz regulatoria del sistema: se creó la Unidad Reguladora del Gas, integrada por tres miembros de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto. Acto seguido, el gobierno dispuso de U$S 313 millones por concepto de exoneraciones tributarias, más el contrato de reserva de energía con UTE y Ancap. Este contrato fue la «piedra de toque» para el arribo del gas argentino.
Un país «de paso»
A la fecha el discurso oficial obvia algo que cualquier mapa muestra y es que aunque no hubiéramos invertido, el gasoducto igual hubiera pasado por Uruguay. Es que los mismos técnicos de las compañías reconocen que el verdadero negocio del gasoducto está en extenderlo hasta Río Grande del Sur, cuyos ocho millones de potenciales consumidores constituyen una ganancia de fondo comparándola con nuestro país.
De cualquier modo el gobierno acordó una línea contractual que nadie sabía cómo cumplir… ya antes de la actual crisis. Uruguay debe comprar por día 2 millones de metros cúbicos de gas, «condición» impuesta para que el gasoducto cruzara por Uruguay… lo que como se dijo hubiera hecho de todos modos.
Lo complejo es que la demanda potencial del país apenas llega a los 600.000 metros cúbicos diarios. Estudios de British Gas avalan el cálculo situándolo en unos 684.000 metros cúbicos diarios.
El acuerdo para comprar dos millones diarios era explicable en un marco de re-industrialización nacional de mediados de la década de 1990, que implicaba el funcionamiento de empresas ahora desaparecidas. Por ejemplo se consideraba que serían grandes consumidores «Fábrica Uruguaya de Alpargatas, Compañía Bao, Textil Uruguaya y La Mundial, entre otras».
Aún así, la tabla de consumo prevista por British Gas es inapelable: el consumo aumentaría en 10 años, a unos 405 millones de metros cúbicos anuales y en 15 años, a 425 millones. Aún cuando los cálculos -de diciembre de 1990- mostraban un escenario mucho mejor al actual, nada justificaba que acordáramos comprar 730 millones de metros cúbicos anuales. A su retiro, el anterior ministro de Industria Energía y Minería, doctor Julio Herrera, dijo estar conforme «por haber posibilitado el gas por cañería a 777.000 usuarios».
El gas adquirido dispondría así de otra alternativa: los llamados reservorios bajo el río Santa Lucía almacenarían unos 5.000 millones de metros cúbicos de gas natural. Las reservas podrían abastecer Buenos Aires, cuando el troncal del gasoducto se ocupara en forma constante del sur brasileño. En este aspecto, geólogos de la Universidad de la República afirman que aún faltan estudios para establecer la seguridad de los reservorios naturales, funcionando como depósitos de gas. Eventuales filtraciones derivarían directamente a la principal fuente de agua potable de centenares de miles de uruguayos, así como en la cuenca hortifrutícola regional.
Finalmente, y en cuanto al futuro flujo de este recurso natural, existen dos versiones: la empresarial, que el gas es suficiente para décadas de explotación. Es contrapuesta a la del viceministro de Energía del gobierno de Alfonsín, Gustavo Callejas, quien afirmaba que cada multinacional hace por su cuenta el estudio de reservas en su zona de explotación y lo comunica al gobierno argentino. Afirmaba que las compañías aumentaban la dimensión de las reservas para concretar negocios de venta de gas en el Mercosur, y que habría gas solamente para diez años. *
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