La última puerta
De hecho, Claudia estuvo a punto de asistir a la fiesta de Arquitectura este invierno. Era sólo cambiarse de ropa y salir. Pasó la noche maniobrando la llave del cuarto alquilado en Montevideo, y nada. Recién a la mañana apareció el casero, que había cambiado la cerradura por alquileres impagos. Gabriel y Omar sí fueron a esa fiesta, pero sólo la presencia de Claudia les hubiera deparado conocerse entre sí.
Claudia es afrodisíaca por donde se la mire. «Manteca, canela y miel», calcada a la receta de mujer ideal que Gabriel ya desistió encontrar porque «no existe», dice.
Omar, según sus íntimos, delira por conocer a «una médica, con un cuerpo excitante, y que se llame Claudia (sic). Es lo único que pido».
En los cuatro años que Claudia cursó Medicina, salvo una decena de veces –presionada por entregas o exámenes–, nunca dejó de viajar los fines de semana a Maldonado, cuna y nido de sus raíces afectivas. El costo de estudiar y vivir en Montevideo, junto al resto del presupuesto familiar, se cubría con la venta de pescado en el puesto de sus padres, el mejor provisto y atendido de la feria departamental de los domingos. Corvinas, brótolas, lisas, lenguados, pulpos, camarones: de todo.
Los viejos clientes conocen al carro por su primer nombre, «El trabajo», al que después se le agregaría «Milagro», pintado en la chapa trasera. «¿No es un milagro que esta lata con ruedas nos permita mandar a Claudia a la Universidad?», argumentó la madre al proponer el cambio. La resistencia de su esposo –«el único milagro es el trabajo»– empezaba a hacer aguas, cuando extrajo de sus años marineros que «cambiarle el nombre a un barco da mala suerte». Y ahí se atrincheró. Tras seis horas de velorio frente al carro, reconoció que «está bien, no es un barco», aceptando que luciera los dos nombres, «uno en proa y el otro en popa».
Nada aportó tanto al éxito del puesto como la presencia dominical de Claudia, fileteando lomos de pescado en el mostrador. Había un contraste perturbador entre la morbidez de su mano izquierda sobre la carne tiesa, y la resuelta precisión del cuchillo en su derecha, entre el blanco lácteo de la túnica y el rojo oscuro de las salpicaduras, entre la procacidad de la liturgia y el candor de la vestal. Los jóvenes feriantes, hechizados por la sensualidad flagrante de la «colega», desatendían sus verduras para merodear frente al puesto donde «parece que estuviera dando misa, la señorita», según la impresión de una anciana.
Todo se precipitó en seis meses. El primer indicio del alud fue la falta de hielo, un insumo imprescindible de la pescadería. La fábrica proveedora quebró en febrero, atenazada entre el bajón de ventas y la hinchazón de costos, arrastrando al cierre a la heladería «La Gioconda», con tres sucursales, cuyos productos también se elaboraban allí.
A fines de marzo, la insolvencia del cheque del restaurante «El Edén» pegó fuerte en el carro de la feria. «El Edén» pagaba sus compras de pescado al final del verano, pero esta temporada los turistas no alcanzaron para sobrevivir, sin que el atractivo de almorzar al aire libre en el paradisíaco jardín sobre la rambla pudiera remediarlo. Hoy las mesas parecen enanas sobre el pasto alto sin cortar.
Como el invierno sobre el otoño, en tiempo y en modo, la peste de los bolsillos vacíos se abatió calle por calle, casa por casa sobre Maldonado. La anfibia pescadería familiar fue perdiendo surtido y clientes, hasta encallar, de anemia, en el asfalto. La única caja –de cazón descongelado– que llevó a la feria el tercer domingo de esta primavera, quedó intacta sin vender.
Omar se cruzó con su Claudia una vez en 18 de Julio, o eso creyó. Pero no pudo confirmarlo. Tampoco los días siguientes, en que hizo coincidir a la misma hora sus diarias caminatas entre el Cordón y Arquitectura, hasta que partió a ocupar su puesto de trabajo habitual en vacaciones de Facultad. El espejismo de aquel roce fugaz se le evaporó en el paréntesis estival, dejándole sólo el recuerdo de un inexplicable olor a pescado.
Gabriel fue a la fiesta por casualidad, inducido por un compañero suyo del curso de paisajismo en el Botánico. ¿Claudia lo hubiera reconocido a primera vista? No tanto, habida cuenta de la extraordinaria habilidad de Gabriel para esconderse. Como a los árboles de sus esmeros, hay que ir hasta él y escarbar la corteza para encontrarlo.
Pero Gabriel, Omar y Claudia no se conocieron antes. Antes de todo lo que pasó en estos últimos meses en Uruguay. Antes de este tajo brutal que empalideció las previas referencias características de los uruguayos, cuando decir antes, sin más, era de la democracia, de la dictadura o de la guerra en Europa. Este nuevo antes que hoy se pronuncia a cada paso sin que la perplejidad permita precisar aún el contenido y el alcance, pero sí su enormidad.
Cuyas consecuencias en degradación espiritual colectiva podrían superar a la calamidad económica, al contrario de las celebraciones en boga por supuestos avances de la solidaridad y el humanismo en «la sociedad», tan similares a las que pronunciarían Don Francisco o Julita ponderando las donaciones para los damnificados de una inundación. De este socavón, sin embargo, podemos salir más caníbales, más corruptos, más rapaces, más aviesos, más ladinos, más egoístas. Peores personas en un país peor. El tablero y la disposición de las piezas propician este fruto amargo por sobre aquella somera ilusión. Está en uso comparar la penuria actual con la que caracteriza a una posguerra, «sólo que sin guerra», se agrega. El caso es que sí la hubo y, como toda guerra, genera un nuevo reparto. De eso se tratan las guerras. Y víctimas y ganadores, hay. ¿O alguien duda que hay ganadores? Es fantastic cómo quedan desapercibidos, tendidos fartos en el mismo prado que los exangües corderos, tras la panzada final de su guerra financiera por el botín del tesoro público y los bolsillos privados. Los pastores no avisaron. Unos, los regentes, porque viven de mendrugos en la mesa de los lobos; los otros porque estaban, y siguen, durmiendo la siesta preelectoral, hurgándose el propio ombligo. Están en «los grandes temas» (Ancap, Antel, etcétera), pero no pusieron pie a tierra contra la plaga letal que extenuaba al rebaño: el vampirismo financiero, desde los bancos hasta los prestamistas de garaje y por teléfono que infestaron la pradera. Tampoco lo hacen hoy contra la carestía y por las deudas en dólares que desangran a los sobrevivientes. ¿Ellos creerán que sí? Pamplinas. Claudia emigra a Barcelona. Omar lleva a Islas Canarias las recetas de helados que preparaba en «La Gioconda». Gabriel, ex jardinero de «El Edén», se marcha a Nápoles. Caminan sin mirarse hacia la puerta de embarque. *
(*) Periodista
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