La sana costumbre de ventilar las cosas
Julio Cesar Castro
Confieso que no me he tomado el trabajo de averiguar cuál es el origen del abanico. Debí hacerlo, porque no es bueno hablar de algo que no se conoce en profundidad. Me dio pereza buscar en los libros, más aun teniendo en cuenta que no sé cuál es el libro que descubre, o informa, sobre los orígenes del antiguo y siempre vigente adminículo destinado a darse aires.
La razón me obliga a ubicar el nacimiento del abanico en algún país tórrido. Lo mismo que el helado de frutilla, su nacimiento no es concebible en zonas frías donde nieva y las ventiscas son congelantes. El abanico no es compatible con la bufanda. Es muy posible que nuestro antecesor, el mono, en medio de algún verano selvático haya descubierto que al agitar una rama de hojas amplias, anchas, se producía un aire inexistente si la hoja se estaba quieta.
Nunca sabremos cuánto tiempo pasó hasta que tomó conciencia de ese hecho, como para producirlo por propia voluntad con el fin de satisfacer una necesidad como es el placer.
Nuestro machismo, que sin duda del mono hemos heredado, nos lleva a imaginar el abanico inventado por el macho, y puesto luego en manos de la hembra. El abanico es de uso femenino. Si tuviéramos la audacia de desechar la teoría de Darwin respecto a nuestros orígenes, sería igualmente fácil atribuirle al flaco Adán el descubrimiento del abanico. Algo me dice que en el Edén hubo días calurosos. Esa serpiente no hubiese tenido la mente tan lúcida y la maldad tan a flor de piel, de no mediar un clima cálido que diera lugar al ejercicio de ese espíritu travieso. Permítaseme atribuirle espíritu al reptil, ya que con la misma ligereza se le atribuye maldad. En el Edén hubo muchas irregularidades. Por incitar a la inocente Eva a comer la manzana, el Señor, que fue quien plantó el manzano y ni siquiera alambró alrededor, castigó a la serpiente, y el castigo fue que se arrastrara por siempre jamás, pero la serpiente, antes de esa jugarreta frutal, ya se arrastraba. «Por siempre jamás», vaya viendo usted la contradicción y con la naturalidad que la empleamos, que así somos y así nos entendemos y no está mal. Pero no es este el momento ni la intención de buscarle desajustes organizativos y desprolijidades en los reglamentos al Edén, sino concebir la posibilidad de que al tener que cubrirse las partes púdicas con una hoja vegetal, antes de aplicarla en la zona vergonzante, la hayan agitado y sentido el goce del aire fresco. Goce que el Señor seguro ignoró, pues de lo contrario les hubiese duplicado el castigo, ya que esas no eran partes en las que se permitiera experimentar placer alguno. El hecho es que alguien, mono u hombre, descubrieron el abanico. No dejemos pasar la bella posibilidad, de que el fenómeno de la ventilación se haya producido con el batir de las alas de pájaros de vuelo rasante. No olvidemos la cola del pavo real, abierta en abanico antes que el abanico se inventara. Imaginemos también, ya que no cuesta nada y es lindo, la maravilla de una rueda de colibríes suspendidos y agitando las alas a una velocidad que ningún otro logra, y con ello produciendo un aire que, sin duda, habrá de ser tornasolado. Nos detenemos en esa imagen casi mágica. Pero volveremos con el tema, pues, como todos sabemos, queda mucho por ventilar.
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