La agonía de los tejidos
La industria de la vestimenta consta de dos grandes ramas, cuando se habla de lo que Uruguay exportaba: la de tejido plano y la de punto, ésta última, popularmente conocida como tejidos de lana. Sin embargo es en confecciones de género en sus mil facetas, aunque básicamente también de lana, donde la industria uruguaya exportadora alcanzó su punto más alto: hasta el 80% de las colocaciones en el extranjero fueron de vestimenta. El resto lo componía el denominado «tejido circular», los tejidos.
Uruguay conoció años dorados de su industria textil, pero incluso en dictadura, cuando otros rubros languidecían, compitieron con destaque en el mercado mundial. Se llegaron a colocar en Estados Unidos, Canadá y países europeos, hasta U$S 80 millones, por país y por año.
Aunque el negocio comenzó a declinar, tiempos más recientes (1997-1998) fueron buenos, con exportaciones de hasta U$S 150 millones anuales.
Con la consolidación del Mercosur, la Cámara Industrial de la Vestimenta, anticipaba tiempos aún mejores. No en vano se les había prometido, durante el gobierno del presidente Luis Alberto Lacalle, que el mercado de 3 millones de uruguayos, se abriría a 300 millones de vecinos en el macromercado común. Nuestros vecinos llegaron a recibir el 92% de la producción uruguaya, y Chile hasta un 4%.
Además el mercado interno no era poca cosa, visto al menos con la óptica actual: se facturaban entre U$S 110 y U$S 120 millones anuales en ropa uruguaya, para uruguayos.
El derrumbe de las importaciones argentinas y brasileñas, la imposibilidad de colocación por falta de competitividad en Norteamérica y Europa, la incertidumbre continental, la crisis económica nacional y el contrabando, se encargaron de acabar con el sueño.
Ahora, el colapso financiero del crédito en Uruguay, angosta cualquier esperanza. Demasiado.
Volver al futuro
«Hoy la única posibilidad que vemos está en volver a los mercados tradicionales», afirma el contador Jack Conijeski. El presidente de la Cámara Industrial de la Vestimenta apunta al recientemente firmado acuerdo con México, así como a la posibilidad de ingreso cierta a Estados Unidos, como las últimas esperanzas. Aunque no descarta el estertor de esa industria, antes que la supervivencia.
«Aun sin despreciar el mercado interno, que hoy es prácticamente inexistente, lo único que puede salvarnos es exportar. El sector está posicionado, para asumir como una ventaja el tratado de comercio libre de aranceles con México, sin temor a que la reciprocidad de sus productos en nuestro mercado pueda ser una competencia que haga desaparecer esa ventaja», afirma Conijeski. «Con Estados Unidos es distinto, lo que queremos aprovechar es el conocimiento de ese mercado. Todavía tenemos credibilidad, aun cuando el relacionamiento comercial casi desapareció. Pero ellos recuerdan cuando negociamos: el producto fue satisfactorio, las entregas fueron en tiempo y forma. Eso se recuerda y lo tratamos de aprovechar para recomponer una corriente exportadora. Es el primer mercado del mundo, tuvimos una participación importante y confiamos en la posibilidad. Pero eso no es automático: necesita un cierto tipo de apuntalamiento, algo de oxígeno».
Irónicamente Uruguay podría, con su producción de ropa, acceder casi sin trabas al mercado más poderoso del planeta. La gran traba son los precios a los que pueden vender los exportadores uruguayos.
«Ahora es diferente. Competimos con Oriente; con los ex-países socialistas; con naciones de la ex Unión Soviética y en alguna medida con Centroamérica que tiene tratamiento preferencial», detalla Conijeski, recordando que todos ellos ofrecen, además de buenos precios, una inserción efectiva en Estados Unidos.
Califica la diferencia de precios como «significativa», pero entiende que ello no es lo único. «Para que un cliente cambie de proveedor tiene que ganar alguna ventaja: por ejemplo, conseguir un producto mejor a más bajo precio. Pero también debemos pensar que el cliente no cambia de proveedor porque sí nomás. En tanto estuvo siendo abastecido normalmente, en condiciones adecuadas, nosotros tenemos que ofrecer alguna ventaja. Allí está también la clave».
En ese sentido, Uruguay tiene a su favor una exigencia creciente en el mundo: la pretensión del cliente de que se le haga un servicio «completo». Quien quiere comprar una prenda, exige actualmente una suerte de centralización de quien produce. A los países con los que competimos, el comprador les tiene que desde mandar la tela, a los avíos, atender que confluyan en la planta de producción detalles imprescindibles que provienen de distintos lugares, toda una organización compleja. Uruguay sin embargo satisface esa propensión al negocio integral: estamos en condiciones de ofrecer la tela, la fábrica, los detalles. Y lo que falte está, geográficamente, al alcance de la mano. «La prenda sale completa. Eso, hoy, es una buena ventaja comparativa».
Más ventajas comparativas
A nivel de la Cámara se reconoce que «la situación del país no permite pedir cosas fuera de las posibilidades. Pero se deben mantener la regulación de tributos, la prefinanciación de exportaciones y el acceso al crédito».
La exoneración de aportes patronales es reconocida como una ventaja camino de la competitividad. «En base a ello, pensamos que es posible reactivar la industria: tenemos un componente muy importante de valor agregado, ocupamos muy rápidamente mucha mano de obra, conformamos un entramado social, que es importante por su desarrollo rápido e inmediato. Además, no hay que esperar años para alcanzar metas: hay infraestructura física y capacidad humana para procesar esto muy rápidamente».
En cuanto al régimen de financiación de exportaciones, la Cámara considera imprescindible que se mantenga y sus plazos vuelvan a los históricos del sector. «Actualmente es de 180 días. Debemos volver a 270 e incluso 360 días». Entienden en tal sentido que el proceso para rehacerse con las inversiones es muy largo en la vestimenta, en tanto entre que se sale a colocar la mercadería posible, se vende, se fabrica, se exporta y se cobra, puede llegar a transcurrir, un año.
El drama financiero
Sin embargo hoy, los fabricantes apenas si están cumpliendo con los acuerdos pactados. Y si quieren seguir en carrera deberán tener la cosas muy claras ya en agosto próximo, mes durante el cual se realizan los contactos y visitas buscando negocios. Pero para que se salga a buscar clientes, hay que estar seguros de que habrá financiación para producir. Sin crédito, nadie asumirá el costo base.
«En este momento no hay crédito. Ese es el tema medular: si el sector financiero no funciona, esto, no funciona».
El drama está en la falta casi total de posibilidades para acceder al crédito. Habitualmente quienes tenían un negocio, disponían de la posibilidad de instrumentar un crédito. Hoy, ni siquiera con los documentos «en la mano» es posible obtenerlo. Si usted tenía un negocio tenía posibilidad de instrumentar el crédito. Hoy ni siquiera con un documento en la mano es posible obtener una financiación.
«Aun teniendo pedidos, existe dificultad para concreciones: nuestro plazo es largo y, sin créditos para el proceso de fabricación, comercialización, pagos, no hay forma de financiar la producción». Peor aun, el problema está en que una producción mínima para exportar implica invertir entre U$S 30.000 y U$S 40.000. Y con una exportación sola, no existe industria alguna capaz de consolidarse.
Por tanto las líneas crediticias que reclama cada fabricante, implican riesgos a veces millonarios en dólares.
A la hora de los créditos, el Banco de la República sigue operando, pero con
quienes hasta ahora ya tenían líneas crediticias con esa banca estatal. Otras empresas, que habiendo trabajado en una proporción importante con el resto del sistema financiero, hoy concurren al República, pero el banco afirma no tener capacidad para poder cumplir con todos. Y adquirir crédito en la banca privada, con las tasas de interés escapa a la realidad. Es que los márgenes de ganancia que arroja una exportación, pueden fácilmente ser superados por los intereses para retornar un crédito privado. Si lo ideal es que el margen de ganancia sea del 12 a 15 por ciento, hoy, los industriales uruguayos aseguran que en su caso apenas si llega al 6 o 7 por ciento.
Y aún cuando reconocen que la variación en el tipo de cambio beneficia a las exportaciones como asegura el gobierno, «la competitividad no la da sólo el tipo de cambio. Acá hay muchos insumos importados, necesitamos créditos con intereses lógicos y el esfuerzo de todos. Bajar el costo del Estado, no debe ser sólo un eslogan. Si sólo es eso, estamos todos perdidos». *
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