Crear tras las rejas
Es una exposición atípica. Dos policías se encuentran apostados sobre la entrada del hall del teatro. Unos metros atrás, un grupo de familiares conversa animadamente con Miguel, flanqueado por una de sus esculturas. La mirada del hombre alterna los rostros de sus familiares y el amplio ventanal por donde se cuela un tímido sol invernal. El paisaje cerrense le arranca una sonrisa. No es para menos. Su primera salida transitoria, después de tres años y medio de estar recluido en el Comcar por rapiña, coincide con su primera exposición de esculturas, realizadas en hierro y madera. «Esto para mí es conmovedor. Primero, porque si bien habíamos realizados algunas exposiciones dentro del Comcar, esta es la primera vez que podemos exponer en público. Es difícil lograr hacer algo fuera de la cárcel cuando estás adentro», reflexiona Pérez y explica cómo se concretó la idea: «Fue gracias a un compañero que en sus salidas transitorias se contactó con la gente del teatro y logramos conseguir la autorización de la Intendencia».
Dice que si bien siempre tuvo inquietudes artísticas, fue en la cárcel donde la idea de crear y exponer adquirió más fuerza. «Siempre tuve la idea de trabajar en hierro y madera, pero esta necesidad nació porque no quería terminar anquilosado. Necesitaba mover mis dedos y, sobre todo, mi cabeza. Si se quiere, una forma de canalizar mi situación».
A la hora de crear, la búsqueda de elementos dentro del penal representa todo un obstáculo. Exige mucha paciencia y, sobre todo, un trabajo casi de orfebre de unir pieza por pieza a través de alambres o cemento. «Como no puedo soldar, tengo que unir todo con alambres, cemento o bulones. Utilizo elementos en desuso, que generalmente encuentro entre la basura. Hay veces que primero se me ocurre la imagen y trabajo sobre ella y, en otras ocasiones, es el propio hierro, o la imagen que creo ver, la que me lleva a la escultura».
La creación como profilaxis
Desde hace dos años, Pérez Píriz lleva adelante un proyecto de reciclaje de basura y lombricultura dentro del penal.
«Recojo los tachos de basura de los módulos y la clasifico. Con los desechos orgánicos hago abono que me sirve para desarrollar la lombricultura.
Esto me lleva cuatro o cinco horas de la mañana. Después, por la tarde, me dedico a la escultura. El tiempo que me insume una escultura nunca lo puedo saber. Pueden ser cinco días o veinte. Depende de la suerte que tenga para conseguir los materiales», explica el recluso.
Su primera obra, «El hombre globalizado», le gustó tanto a la reverenda anglicana Audrex Taylor que la religiosa terminó adquiriéndola.
«Nunca fue mi intención venderlas», se disculpa Pérez Píriz. «Fue Audrex quien se interesó en la escultura durante mi primera exposición, realizada en el penal. Pero fue algo muy fuerte hacer crear algo desde la cárcel y que se venda.
Mi intención, desde el comienzo, fue tratar de dar un mensaje.
Y lo sigue siendo, lo que pasa es que me han obligado a ponerle precio», agrega.
En esa búsqueda «del mensaje» se encuentra la clave de su trabajo. Son quince esculturas con una temática variada, pero unidas por un nexo común. En esa conjunción de hierro y madera, Pérez Píriz logra plasmar hechos que van desde la caída del Muro de Berlín, donde el alambre retorcido va garabateando la palabra U$S, hasta la contradicción de los tiempos que corren: un mundo cada vez más sofisticado en materia de comunicaciones donde, paradojalmente, la incomunicación a nivel humano se ha transformado en un mal endémico.
«En 1989 se cayó un muro pero existen; se han levantado otros. Entre ellos, el del dinero y la incomunicación «, resume Pérez Píriz.
La muestra, abierta al público hasta el 2 de agosto, incluye trabajos de otros tres reclusos: Edgardo Aresche (marionetas), Arturo Chilindrón (hierro forjado) y Andrés Moskovics (pinturas). *
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