Un misterioso tatuaje
Escribe: Julio Cesar Castro
«Mi mujer es un tesoro», le escuché decir a un señor mientras hacía girar le vaso de whisky para que sonaran las piedritas de hielo y la gente lo mirara. A mí me hizo acordar a un sonajero de los que usaban antes los bebitos, que no sé si se siguen usando porque ahora los ponen delante del televisor para que se pongan bobos y no lloren. Creo que el sonajero tiene sus temporadas, como el chupete, que dos por tres aparece el Rey de los Pediatras demostrando que es mejor que chupen un corcho de sidra, o el dedo gordo del abuelito lavado, y al poco tiempo aparece una señora que sabe la Ãltima de las Novedades en crianza de niños en la edad de las primeras chupandinas, y afirma que se ha comprobado que no hay como el chupete, eso sí, untado en miel y atado con un alambre de púa para que el niño vaya sabiendo que entre col y col lechuga, es decir, que detrás de cada dulzura nos aguarda un pinchazo. La verdad que me llamó la atención escuchar: «Mi mujer es un tesoro», porque hoy por hoy son pocos los tipos que elogian así a sus mujeres (digamos, a su mujer, aunque a algunos les quepa el plural), y menos públicamente. Es verdad que el tipo estaba tomando whisky, pero seguramente era el primero o el segundo, porque luego, más adelantado en el beberaje, el curda empieza a mirar y a dar vuelta los cubitos con uno de los dedos con que agarra el vaso, logrando con ello tres cosas: primero, llamar menos la atención por falta de sonajero; segundo, congelarse la punta del dedo que juguetea con el hielo, y tercero mamarse más pronto porque todo lo que gira marea. No pude menos que ponerme a pensar, o sea lo que hago siempre que alguien dice una frase semejante, y pedir yo también un whisky, o sea lo que hago siempre que me pongo a pensar en lo que dijo alguien que pidió un whisky. Pienso, pensé, que aquel hombre podría ser feliz. Pero no había ninguna seguridad de ello. Tener por mujer un tesoro, no es lo mismo que tener por tesoro una mujer, pero en ninguno de los dos casos es garantía de felicidad. ¿Cómo es, una «mujer tesoro?». Observé al hombre. Lo tenía de perfil, pero pude apreciar que su aspecto era saludable. Ancho de hombros, con una camisa de cuello abierto que me permitió descubrir en su pescuezo, debajo de la oreja, un tatuaje. No logré descifrar si eras un seno de mujer, el banderín de un club de bochas, una imagen del Che, o un bajo eléctrico. El tatuaje era a dos tintas, y al hablar y reírse el dibujo cambiaba y daba lugar a confusión. Pensé en la posibilidad de organizar un juego por televisión con grandes premios a quién adivine el tatuaje, pero lo deseché interesado en la mujer tesoro. Creo firmemente que yo nunca le dije a una mujer «Tesorito» o «Sos un tesoro». Si alguna vez lo hice, a través de la distancia y el tiempo pido perdón a quien haya sido destinataria de esa chafalonía. Una mujer, ninguna, ni aún recargada de joyas, puede merecer ese torpe intento de piropo. Este hombre, no obstante, aplicaba ese calificativo a su mujer. ¿Qué quería decir con que era un tesoro? Yo no fumo, pero compré cigarrillos, y con uno entre mis dedos llamé su atención para pedirle fuego y entrar en conversación. Al girar su rostro hacia mí, vi que en lugar del ojo derecho tenía un parche negro. No quise preguntarle nada sobre tesoros, y estuvimos hablando de fútbol como dos horas. Al principio me costó por el trapito negro, pero después, ni cuenta que me daba. Y lo del tatuaje, resultó ser de nacimiento, un antojo de la madre. Lo peor fue que el tipo, no sabía nada de fútbol. *
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