Claraboya y rosedal
Yo no acostumbro a referirme a hechos de mi niñez, porque entiendo que la proximidad es enemiga de la objetividad. A la sazón hay que dejarla sazonar. No obstante, en vista de que el tiempo apremia y por las dudas, dejo que me venga el recuerdo de aquella azotea. Ahí viene. Aquí está. Adelante Recuerdo de la Azotea. Póngase a gusto, faltaba más, está en su casa. «Su casa», es mi cabeza, el bocho donde ahora otros recuerdos se despiertan, se ponen de pie y saludan al Recuerdo de la Azotea. «¿Cómo le va Recuerdo de la Azotea?». «Bien, ¿y ustedes qué recuerdos son?». Ahí, algunos recuerdos se retiran lentamente y otros se esconden. ¿Por timidez, por vergüenza, por culpas nunca resueltas? No voy a forzar a ninguno porque el que me interesa hoy, es el Recuerdo de la Azotea. Cada cual a su debido tiempo y hagan cola señores. «Yo soy el recuerdo de la novia del Rosedal del Prado», dice uno de los recuerdos que siempre asoman cuando invito a uno de los anteriores. Porque el Recuerdo de la Azotea es anterior al del Rosedal del Prado, y al del Cruce del Arroyo Pando en Bote, e incluso al recuerdo de La Cuchilla que me Cortó en el Codo. Pero hable usted, Recuerdo de la Azotea. Se queda en silencio. Me mira. Se sonríe como diciendo: «Â¡Como has crecido, muchacho!». Se anima y me lo dice textualmente: ¡»Como has crecido, muchacho!». Los otros recuerdos me miran también. Sí, para algunos he crecido, para otros de más acá, estoy igual. Ellos, para mí, nunca están iguales. Salvo alguno que otro que se mantiene, la mayoría cambia, empalidecen, de pronto recobran el brillo por unos instantes, luego otra vez la mula al trigo, se deterioran, se debilitan. Algunos mueren. Pero vamos a ver, Recuerdo de la Azotea, cuente cómo es usted. «Estamos en la azotea», dice, y miro así, y efectivamente, estamos en la azotea. «Es una azotea ancha, grande, con pretil bajo y claraboya con un vidrio rajado. La rajadura está masillada para que no gotee el agua de la lluvia en el patio. El patio es de baldosas rojas y está bordeado de macetas con malvones contra las paredes. También hay algún helecho. Hay un grupo de niños jugando. Sus padres les dijeron que no subieran pero ellos nunca hacen caso y suben y corren y juegan y alguno camina por el pretil». Ese soy yo. Yo caminando con los ojos cerrados por el pretil. Ese soy yo. Muy bien Recuerdo de Azotea, ahora vamos a la azotea del vecino donde se encuentra esa niña de los ojos verdes y el cabello largo. «No, falta que llegue el Miguel con los bizcochos». No, Recuerdo de Azotea, ahora vamos a ver a la niña de los ojos verdes que está allí, en la azotea vecina. «Es tarde, ya llegó Miguelito con los bizcochos». Deténgase ahí, recuerdo de Azotea, vamos a la otra. «El Miguel come bizcochos, no te invita y tu lo empujas y cae sobre el vidrio rajado». Yo no lo empujo, él cae, él tropieza, yo le quiero sacar un pan con grasa y él retrocede y cae, pero no lo veo, vamos a la otra. «Cae, está cayendo por el vidrio de la claraboya». Por favor, que venga Recuerdo del Rosedal. «Hola, qué tal, aquí estoy con las rosas del rosal. Aquí la fuente central, los bancos, y ella. Ahí está ella con su sonrisa, sus ojos, esa mirada». Gracias Recuerdo de Rosedal, gracias. Continúe, no se vaya lejos, continúe. «Los pájaros se posan en el borde de la fuente y beben». Gracias, recuerdo de Rosedal, gracias. Por favor, no se vaya lejos. «No, aquí estoy. Mire esos pimpollos, y aquellas rosas abriendo, y usted que va y se sienta junto a ella…». *
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