En busca de la identidad nacional 172 años después

La gestión de Lord Ponsonby –hábil ejecutor de la diplomacia británica– había dado sus frutos: acababa de inventar un país que sirviera como tapón entre los dos colosos sudamericanos que hasta entonces se habían disputado estos territorios.

Como parte integrante del Virreinato del Río de la Plata, la Banda Oriental estaba históricamente destinada a ser una provincia de la Confederación Argentina, y Artigas nunca soñó con hacer de ella un Estado independiente. De modo que el invento ponsonbyano es, en su esencia, profundamente antiartiguista.

Pero dejemos de lado este aspecto ya que no pocos de los prohombres que integraron la Constituyente no habían tenido empacho en traicionar al caudillo, pactar con los portugos y aceptar la mediación (y la solución) británica. Son esos nombres que ofenden la memoria y que el nomenclátor ha homenajeado como héroes. La historia la escriben los vencedores.

El hecho es que de buenas a primeras aquellos novísimos orientales –que se creían ciudadanos argentinos o súbditos del Imperio del Brasil– tuvieron que ingeniárselas para inventar de apuro una nación, nada menos. Andaban perdidos como turco en la neblina o como piojo en peluca. La prueba está en que cuando Oribe –presidente constitucional– tuvo que renunciar por la sublevación de Rivera, cruzó el charco, se puso a las órdenes de Rosas y al poco tiempo empezó la Guerra Grande. Así fue transcurriendo el siglo diecinueve, entre conflictos, golpes de estado y revoluciones en las que los vecinos se inmiscuían sin el menor recato.

Con toda premura fue menester crear un pabellón, un escudo y un himno, emblemas imprescindibles con los que debe contar un país que se precie de serlo. El signo monetario nacional tardó un poco más pero por fin llegó, hacia el tercer tercio del siglo. Pero faltaba algo fundamental: un héroe nacional, es decir el paradigma o prototipo que pronto se convierte en estereotipo. Alguien a quien homenajear con encendidos discursos en determinadas efemérides y a quien inmortalizar en broncíneos monumentos ecuestres.

Desde el año 20, fecha de la derrota de Artigas y del comienzo de su exilio paraguayo, el caudillo había sido rápidamente olvidado al tiempo que la leyenda negra creada por Bartolomé Mitre se abría paso a tambor batiente entre los pelucones montevideanos. Sólo don Manuel Ceferino Oribe y Viana tuvo un gesto digno durante el sitio y llamó «del General Artigas» la calle principal de la Villa de la Restauración, la que se continuaba en el Camino Real y conducía a Montevideo. Pero salvo esta honrosa excepción, los noveles uruguayos habían asumido la doctrina mitriana que proclamaba la perversidad del ex contrabandista, amigo de gauchos e indios, un revoltoso anarquista enemigo de la gente bien. Sin embargo, ¿qué otro militar oriental podía asumir el papel de héroe nacional, teniendo en cuenta que Rivera, Flores, Lavalleja y Oribe despertaban pasiones, rencores y odios demasiado recientes? Y así fue que cinco años después de muerto el caudillo en pleno ostracismo, se resolvió gestionar la repatriación de sus restos para inhumarlos con toda solemnidad en 1856 en el Cementerio Central. A partir de entonces, y gracias a la tarea de Carlos María Ramírez, Francisco Bauzá y Eduardo Acevedo, fue entrando en la gente la idea de hacer de Artigas el héroe nacional, hasta que un señor bajito y de barbilla –inventor de un indio de ojos azules– terminó por consagrar al caudillo en forma de poesía épica, lo que le permitió a su vez ser consagrado como el Poeta de la Patria…

A partir de entonces, los uruguayos (ya no se hablaba de orientales) pudimos dormir tranquilos con todo lo necesario para tener una buena conciencia nacional.

Sin embargo, para tener una nacionalidad, es decir un sentido de pertenencia a una colectividad a través de lazos históricos, lingüísticos, raciales, religiosos, artísticos, gastronómicos, etcétera, parecería que nos faltan algunas cosas, ¿no?

Durante el siglo pasado (el veinte para evitar confusiones) fuimos tejiendo trabajosamente una serie de rasgos distintivos para lograr un determinado patrón que nos permitiera definir lo uruguayo. Así fueron apareciendo de a poco el Pepe Batlle con su socialdemocracia, las memorables gestas futbolísticas, la generación del cuarenta y cinco, la rebeldía estudiantil, el canto popular, la guerrilla tupamara, etcétera. Porque seamos honestos: no podemos hablar del mate ni del dulce de leche, dos hábitos que compartimos con argentinos y brasileños, ni del asado, los ravioles, o las milanesas, comunes a otros pueblos y culturas.

Nos han ido salvando –gracias a Rada y a Roos– el candombe y las murgas (antes execradas por los intelectuales snob y ahora elevadas a categorías culturales de primer orden) porque en eso del carnaval, es posible que el de Rio o Bahia superen al nuestro, pero los porteños, ni ahí.

Para seguir, mencionemos nuestra cultura lúdica y hagamos referencia al truco, pero al truco como se juega acá y no allende el Plata: con muestra y piezas. En eso nos diferenciamos de los argentinos, para quienes el envido mayor es de treinta y tres (blancas) y no de treinta y siete…

Bueno, después de esta recorrida por nuestros rasgos distintivos, creo que nuestro yo nacional está fuera de discusión y que podemos seguir festejando unos cuantos dieciocho de julio más; con grappa con limón, para no romper la tradición. *

 

(*) Periodista.

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