Hoy Juceca

Permítame que le explique

Escribe: Julio Cesar Castro

 

La cosa fue así: vino un amigo y me preguntó por qué no escribía una serie de notas sobre las cosas que pasan en las calles de Montevideo. Me tomó de sorpresa, y al no saber responderle de inmediato, lo desvié con la pregunta de por qué él no salía a la pesca del pejerrey. Me miró serio, y frunció el seño. Todo su rostro se transformó.

Sin distender el entrecejo me preguntó a santo de qué le salía yo con la pesca del pejerrey, cuando según él yo debía saber perfectamente que jamás se había interesado por la pesca. Cuando le dije que era un deporte saludable se despachó abiertamente en contra, aduciendo que estar sentado aguantando una caña con la mirada fija en una boyita mal puede ser un deporte.

De mala cara me dijo que para practicar un deporte hay que correr, jugar con una pelota, transpirar, saltar, pedalear, remar, embocar, cabalgar, es decir, poner todo el esqueleto en funcionamiento.

A medida que hablaba, su rostro empeoraba, y pese a que se le comenzó a trabar la lengua, le entendí que una sola vez en su vida había comido pescado, y que esa vez primera, fue también la última debido a una espina que se le atragantó en la garganta, y que se salvó de la asfixia, me dijo, gracias a su extracción por medio de una pinza de depilar que la mujer llevaba en la cartera porque es de las que se depilan a cada rato. Es común, sí señor, que las mujeres lleven en su cartera, entre otras muchas cosas, una pinza de depilar, pero me llamó la atención que a cada rato se depilara.

No quise dejarle entrever que me parecía extraño el comportamiento de su señora, ya que a nadie le agrada que le digan que su esposa se comporta de una manera extraña.

Me pareció, además, que entrar en esos detalles era restarle importancia al dramatismo de un atragantamiento a causa de una espina de pescado, especialmente si le ocurre a alguien que no le gusta pescar.

Por antojadiza asociación de ideas, reflexioné sobre la diferencia de reacción entre un hombre que no gusta de los perros y es mordido por un perro, y uno que es mordido pero le gustan.

El primero le larga una patada y dice «perro de mierda por qué no vas a morder a tu madre», y por varios días le cuenta a todo el mundo que lo mordió un perro grande así, en tanto que el otro le larga una patada, le dice «perro podrido y mal enseñado ojalá revientes», pero cuando llega a la casa saca a pasear al suyo a que enchastre las veredas de la otra cuadra, y a que asuste con su amenazante ladrido a una viejita de reflejos lentos.

Ajeno a todo esto, mi amigo se señalaba la garganta y, empeñado en demostrar lo desagradable que es atragantarse con una espina, estuvo a punto de hacer una arcada, cosa que me pareció un tanto exagerada, teniendo en cuenta que se había atorado en 1985, en ocasión de un chupín que organizó el cuñado para festejar que le habían dado la libreta de conductor después de ser rechazado dos veces en el examen oral, y tres en el práctico.

Lo cierto fue que la mención del pejerrey, que se acerca a nuestras costas en el invierno así como la golondrina se acerca en el verano, hizo que mi amigo rememorara aquella peripecia superada con una pinza de depilar.

Lo malo fue que en su afán desmedido de hacerme entender el porqué de su aversión hacia el pescado, se posesionó, y por sugestión repitió aquel traumático episodio.

De pronto se puso morado, sus ojos desorbitados me pedían socorro, su respiración se entrecortaba y de su garganta brotaban sonidos desagradables. Evidentemente se estaba asfixiando. No había tiempo que perder, y al ver que por allá cruzaba una mujer, corrí, le arrebaté la cartera y al regresar revolví en su interior hasta encontrar una pinza de depilar.

Con sólo verla, mi amigo se descongestionó, dejó de transpirar, normalizó su respiración, secó las lágrimas que le corrían por la cara y se fue, enojado y avergonzado. Es verdad lo que dice la señora de la cartera, pero no soy un vulgar arrebatador. Se lo juro señor comisario. *

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