Una falta de respeto
JUCECA (*)
Se ve que la conversación venía de antes, y yo la agarré en el momento en que el más flaco de los dos (los dos eran flacos, aunque uno más flaco que el otro), decía con un tono nostálgico.
–Ella tenía el cuello largo.
Hubo un silencio. En mí no despertó ninguna curiosidad, ni el cuello largo, ni el silencio que hubo. Lo aproveché para seguir leyendo sobre la sensación térmica y su posible reglamentación, cuando escucho que el otro flaco, tímidamente, opina:
–Muy largo puede ser feo.
–Depende del largo.
–¿Y cuán largo era su cuello?
–Es difícil de establecer.
–Calculando grosso modo.
El más flaco abrió una mano con los dedos bien separados, la puso sobre la mesa y dijo:
–Más o menos una cuarta, unos veinte centímetros.
–Tamaño baldosa.
–Póngale quince.
–Es mucho. Para un cogote pelado es mucho.
Al más flaco no le gustó la observación y, con razón, medio se atufó.
–Estamos hablando del cuello de ella. Ni cogote, ni baldosa.
–Perdone, no quise molestar, pero quince centímetros es un cuello respetable.
–Todo en ella era respetable.
Luego de esa precisión, el más flaco se quedó otra vez con aquel aire nostálgico del comienzo. El otro flaco le respetó el aire y luego quiso poner las cosas en su lugar.
–Vamos por partes. Porque depende de dónde comienza usted a medir el cuello.
–Yo diría que a partir de la clavícula tirando hacia arriba.
–Es un buen cuello.
–Y fino.
–Muy fino puede ser feo.
–Razonablemente fino.
–Digamos que delgada de cuello.
–¿Usted vio el cuello del cisne?
–Para mujer es feo, muy largo. Al cisne le queda bien, porque le va al cuerpo, que si le pone ese cuello a un pato le queda como la mona. Y a una mujer ni hablar.
Ahí pensé que el más flaco se iba a encocorar, pero seguro que estaba embelesado con el recuerdo porque siguió.
–Me refiero a la elegancia, a lo esbelto que tiene el cuello de las bailarinas de ballet, no sé si se fijó.
–Esas quedan de cuello fino de tanto andar en puntas de pie.
–Manos pequeñas.
–Manos muy pequeñas puede ser feo.
–Sus manos eran como dos palomas.
–Peor. La paloma es plaga. Se salva por Picasso, que se le antojó que simbolizaba la paz. Es buena para el jubilado con las miguitas en el banco, pero después no le veo aplicación.
–Sus manos eran breves.
–Si breves dos veces buenas.
–Manos creadas para la caricia.
–De laburo, nada.
–Al hablar, cada gesto era acompañado por un movimiento de manos que postergaba el interés que pudieran despertar sus palabras.
–Poco interés, de prosa superflua digamos.
–Subyugaba, distraía con sus manos, y con sus ojos verdes.
–¿Qué tono de verde? Porque hay gran variedad.
–Verde claro.
–Muy claro puede ser feo.
Ahí no soporté más y me levanté y me fui. Si hay algo que no tolero, son los tipos que hablan de mujeres en los boliches. *
* Humorista
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