La patología, que tiene cura, puede provocar el fracaso escolar

Entre el 3% y el 5% de los niños padece trastornos atencionales

Se reconoce fácilmente a un niño que padece el trastorno de déficit atencional, una enfermedad que existe desde hace mucho tiempo pero de la cual nadie habló hasta 1975. La inquietud del pequeño es lo que denuncia la presencia de esta patología.

Si bien la enfermedad puede determinar el fracaso escolar cuando no es adecuadamente atendida, la neuropediatra Antonieta Rebollo precisó a LA REPUBLICA que los docentes no son formados en el tratamiento de patologías que puedan afectar el aprendizaje. Estimó que hacerlo sería necesario.

Durante una conferencia brindada en la sede del Ministerio de Educación y Cultura, la profesional señaló que debido a esa falta de información, en general los maestros penalizan la conducta hiperactiva del niño enfermo, dañándolo involuntariamente.

Recordó el caso «de una maestra que puso el niño contra una pared». Estimó que «a un niño hiperactivo no puede imponérsele el estar quieto, hay que dejarlo que se mueva». La clave es «adaptar la conducta del niño a cosas con las que se sienta bien».

Entre el 3 y el 5% de los niños padece esta patología y por cada 9 varones enfermos, hay una niña. Los tres síntomas fundamentales de la enfermedad son la inquietud, la hiperactividad y la impulsividad.

A nivel escolar, la patología se manifiesta cuando los pequeños «se olvidan de los útiles, de hacer los deberes, molestan a los compañeros, hacen ruido, gritan y pelean y asumen actitudes irresponsables, lo cual también puede generar dificultades de relación».

A pesar de la carencia en la formación docente, los maestros que sospechen tener alumnos con esta enfermedad pueden ayudarlos, ya que Primaria cuenta con un centro de diagnóstico de dicho trastorno.

Como no pueden sostener la atención, los niños con déficit atencional tienen dificultades de aprendizaje y esos problemas, «con mucha frecuencia provocan problemas emocionales como depresión o ansiedad».

Causas y tratamiento

Según la especialista, «la mayor parte de los autores están de acuerdo en que la causa es genética. Es mucho más frecuente que un niño con déficit atencional tenga al papá con la misma patología. Los estudios hechos en gemelos también lo confirman».

Rebollo señaló que «ahora también se sabe qué genes pueden intervenir». La enfermedad tiene su origen en alteraciones genéticas en las sustancias químicas que permiten la comunicación neuronal (sinapsis), entre ellas, el neurotransmisor llamado dopamina.

Según la especialista, hace unos años se pensaba que la enfermedad retrocedía progresivamente hasta desaparecer totalmente en la adolescencia, pero «los niños que tienen trastorno por déficit atencional siguen padeciéndolo también en la adolescencia».

Sin embargo, brindó un dato alentador: entre el 85% y el 90% de los enfermos «pueden mejorar con o sin tratamiento».

Si bien la Ritalina es «una de las posibilidades del tratamiento medicamentoso», es el de indicación más frecuente.

Advirtió que «debe darse en el menor tiempo y dosis posible porque no es inocuo» sino que puede «alterar el sueño y la alimentación».

Las profesional agregó que «cuando al déficit atencional se suman problemas emocionales, es muy probable que la Ritalina no tenga efecto».

Rebollo indicó, asimismo, que en la evolución de la enfermedad incide mucho «la forma cómo el niño sea tratado: debe ser comprendido y tolerado». Puede ser necesario que «los padres realicen una consulta sicológica para entender lo que pasa con su hijo». «El tratamiento ideal debe estar a cargo de un equipo multidisciplinario en el que participen médicos, sicólogos, maestros, siquiatras, neurosiquiatras». Existe uno en el Hospital de Clínicas.

Los adultos también se pueden enfermar

Según los estudios del Dr. Russell Barkley, profesor de siquiatría y neurología de la Escuela de Medicina de la Universidad de Massachussets, entre el 65 y el 75% de los niños que padecen el trastorno mantienen los síntomas de la patología en la edad adulta.

Barkley sostiene que «en general los síntomas no aparecen por primera vez en la edad adulta, excepto en casos de traumas craneales. Los síntomas que los adultos afectados presentan, incluyen impulsividad y falta de atención, de autocontrol y de inhibición».

Como consecuencia de la patología en la vida adulta, pueden producirse conductas tales como «abuso de sustancias, inestabilidad laboral y emocional, dificultades en los estudios y criminalidad». El diagnóstico, sin embargo, es difícil de concretar. Según explica el sicólogo Miles Cooley, es necesario detectar que estas conductas se remontan a la niñez para asegurar que se trata de esta patología».

Barkley considera que lo determinante en el trastorno no es la imposibilidad de sostener la atención sino la dificultad en el autocontrol. *

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