De cómo los pobres están financiando a los ricos
Los hechos muestran, sin embargo, que la verdadera fuerza impulsora de la liberalización financiera está constituida por los gobiernos democráticos occidentales.
Durante los años 60 y 70 (como lo ha mostrado Eric Helleiner) los gobiernos de Estados Unidos y de Gran Bretaña se embarcaron en un proceso deliberado de liberalización financiera. La fuerza motriz para suprimir todos los controles sobre el capital –que sucesivamente condujo al fenómeno ahora llamado «globalización»– fue el creciente déficit de Estados Unidos.
El déficit estadounidense había aumentado rápidamente en los años 60 y 70, exacerbado por la guerra de Vietnam. En lugar de hacer los ajustes estructurales necesarios, Estados Unidos tomó dinero prestado en los mercados de capitales. Los banqueros de Londres proveyeron fondos para cubrir el déficit estadounidense a través del «apátrida» mercado de eurodólares con base en la «City», un mercado cuidadosamente creado por los gobiernos de dos de los más poderosos estados del mundo.
De este modo, desde los años 60, el creciente déficit de Estados Unidos ha sido la fuerza dominante que condujo la globalización financiera. Los estadounidenses han hecho crecer rápidamente el más abultado déficit de cuenta corriente de la historia: 445 mil millones de dólares, o sea el 4 por ciento del PBI de Estados Unidos. Este déficit se ha incrementado en un 50 por ciento anual en recientes años y los economistas predicen que se elevará a 730 mil millones en 2006.
La deuda externa acumulada de Estados Unidos es igual a 2,2 billones de dólares, casi el mismo monto adeudado por todo el mundo en desarrollo, que asciende a 2,5 billones de dólares. En otras palabras, 300 millones de estadounidenses deben tanto como los 5.000 millones de personas de todos los países subdesarrollados.
Pero mientras las economías subdesarrolladas están siendo desangradas a través del pago del servicio de la deuda, que totaliza más de 300 mil millones de dólares anuales, Estados Unidos debe pagar 20 mil millones de dólares por año por el servicio de una deuda casi equivalente.
Para compensar su déficit diario de más de 2 mil millones, más salida de capitales por una misma cantidad, Estados Unidos en realidad debe tomar prestados 4 mil millones de dólares diarios del mercado mundial de capitales.
El déficit estadounidense está siendo financiado por los frugales ahorristas de Asia Oriental, así como por los superávit acumulados por países como Francia y Suiza.
Y, lo que es más preocupante, el déficit de Estados Unidos está siendo financiado también por los pobres a través de la fuga de capitales de sus países y por medio de la forzada tenencia de altos niveles de reservas de dólares en los bancos centrales. El total de la deuda externa de Argentina (150 mil millones de dólares) es casi exactamente igual al de la fuga de capitales de ese país (130 mil millones de dólares). Las elites ricas en países como Argentina han persuadido a los respectivos bancos centrales de proporcionarles monedas duras (que han llegado a tales bancos centrales como préstamos a pagar en divisas fuertes) e inmediatamente exportan esos dólares a bancos en Wall Street, Suiza y Londres. Si no fuera por la fuga de capitales, al menos 25 países africanos serían acreedores netos y no deudores.
Para acumular reservas, los países pobres están pidiendo préstamos en dólares a Estados Unidos a tasas de interés que alcanzan al 18 por ciento y luego los prestan a Estados Unidos a través de la compra de Bonos del Tesoro estadounidenses, que pagan 3 por ciento de interés.
La afluencia de capitales a Estados Unidos y el Reino Unido ayuda a bajar en esos países las tasas de interés y por lo tanto los costos de los préstamos para sus habitantes, así como a aumentar el valor de sus monedas en cerca del 20 por ciento.
Pero los déficit de cuenta corriente no pueden continuar para siempre y el de Estados Unidos está comenzando a tener amplias repercusiones sobre la estabilidad de la economía mundial. La reciente decisión de Washington de imponer un arancel a las importaciones de acero es sólo un síntoma de esas tensiones.
Nadie está seguro de cuánto tiempo más podrá continuar el déficit estadounidense en su actual trayectoria, pero resulta claro que, a cierto punto, deberá ser cancelado.
Ya sea que el déficit de Estados Unidos sea anulado por medio de un repentino crac o por un descenso continuado, el mundo en desarrollo sufrirá. Cuando, como es inevitable, el dólar se deprecie, el crecimiento de la producción se hará más lento y subirán las tasas de interés. Entonces, los países en desarrollo, ahora crecientemente integrados a la economía global, saldrán perdiendo.
La determinación de Estados Unidos de consumir más de lo que puede pagar, su insistencia en agotar los ahorros de otros y su insensible apropiación de los ahorros de los países más pobres está haciendo que la «globalización» sea altamente inestable. A su vez, ello está generando tensiones en el mundo. Será necesario hacer ajustes económicos. La cuestión que todos enfrentamos es que, cualquier camino que se tome, el ajuste será costoso y no sólo para los ricos estadounidenses sino para todos los países en desarrollo que se han atado a los mercados y al dólar estadounidenses. *
(*) Ann Pettifor, directora de Jubilee Research, fue líder de la campaña internacional Jubilee 2000 para la cancelación de 100.000 millones de dólares de la deuda del Tercer Mundo. Servicio especial de IPS, exclusivo para LA REPUBLICA.
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