Tiempo loco
Me encontraba tratando de escribir sobre fenómenos que me apasionan, como ser el tacto, la mirada del gato, aquella piel, las nueve celdas interiores de la granada, la permanencia del elefante, la sensación de haber estado antes, la muerte inesperada, el olvido, cosas así de simples, cuando se desencadenó, dentro de mi habitación, una terrible tormenta. Uno ha visto muchas tormentas.
En nuestro país, sin ser de los que sufren terribles huracanes, solemos tener nuestros modestos pero violentos temporales. Incluso contamos con el clásico llamado «Santa Rosa», de fecha tan insegura como «El veranillo de San Juan». Yo he visto volar techos, carteles de publicidad, piezas de ajedrez, árboles arrancados de cuajo, camisetas colgadas a secar, maizales completos, minuteros, promesas vanas, carritos de maniceros, es decir todo aquello que comúnmente vuela en tales casos. Pero nunca me había encontrado en medio de lo que llaman «El ojo de la tormenta». Que no quiero ni pensar cómo ha de padecer ese ojo, porque a mí me entra una basurita y el ojo me llora, se me cierra, me arde, se me pone sanguinolento, se me inflama, me lo frego y es peor, y allá voy, de párpado caído, pensando en el «Ensayo sobre la ceguera», de Saramago, a buscar el frasquito de colirios que nunca sé dónde lo dejé, y cuyas gotitas tanto me cuesta embocar en el ojo parpadeante.
He visto, digo, muchas tormentas, y he tenido que refugiarme en algún bar, a esperar que pasara, y he logrado entablar conversaciones interesantes con otros refugiados. Incluso me enamoré de una azafata que según me contó, voló en un Jumbo en medio de tormentas con rayos que rebotaban en las alas, hasta que en un aterrizaje forzoso fue a parar a las Islas Vírgenes donde, por esas ironías del destino, o pasiones también tormentosas, perdió la condición que aquellas islas ostentaban a manos de un cantante jamaiquino que nunca llegó a finalista en los festivales de la canción tropical. Pero esta tormenta, casera, íntima, sin síntomas previos, francamente me sorprendió. Fue así. Dentro de la habitación se formó una nube que rápidamente se atormentó al nivel del cielo raso. Se revolvió como enojada de sí misma, y en medio de un estampido que hizo parpadear la luz de la lámpara, un rayo fulminó el pocillo del café que aún no había terminado de gustar.
Un viento huracanado, de intensidad incalculable, convirtió el lugar en un escándalo de hojas, libros arrancados de sus estantes, cuadros flotando aferrados aún a sus enganches, fotos, pelusas y viejos discos LP que hay que ver el viento que embolsan. A continuación, señoras y señores, una lluvia torrentosa se descolgó del enfurecido cuajaron. Rápidamente el lugar fue cubierto por el agua que comenzó a subir de nivel. A ello se sumó un fuerte granizo que llegó a quebrar un cristal de mis lentes, y me acribilló con tal violencia que me hizo salir a la calle. Afuera la tarde estaba tibiamente iluminada por un sol radiante. Al verme empapado, con los lentes quebrados y chapoteando agua dentro de mis zapatos, algunos transeúntes me observaron con breve curiosidad. Con paso seguro para quitarle dramatismo al asunto, entré a un bar resuelto a tomar el café que aquel rayo me había desbaratado.
El barman, discreto, (su único comentario fue «tiempo loco»), junto con el café me trajo una toalla que al irme agradecí con una propina de cinco pesos, ensopados pero sanos. Cuando regresé a mi habitación, en el aire flotaban inocentes harapos de aquel nubarrón. No hubo víctimas, pero los daños fueron cuantiosos. No tenía seguro. *
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