
Juan Mendieta
Las primeras informaciones hablaban de una vaca que presentaba extirpación de vagina; más tarde se supo de otro bóvido cuyo ano habÃa sido prolijamente amputado; después –en otro paraje– el bovino exhibÃa su ubre seccionada. Asà siguieron apareciendo –como indicios en una pelÃcula de terror– vacas y caballos sin ojos, sin labios, sin lengua. Todos los cortes, según se afirmó, estaban hechos por manos expertas con una precisión de cirujano, y –algo realmente insólito y misterioso– no dejaron huellas ni manchas de sangre…
El chupacabras, un ave mitológica de costumbres extravagantes pues adquiere comportamientos de mamÃfero, serÃa el responsable de los desmanes.
Sus esporádicas apariciones están registradas en leyendas campesinas, y comparte junto al lobizón (versión criolla de la licantropÃa) un cierto prestigio aterrador.
Pero claro, vivimos en el siglo XXI, y los avances cientÃficos y tecnológicos han hecho fuertes a los “refutadores de leyendas” de que habla Dolina, de modo que cualquiera que admitiera la verosimilitud de tales fábulas pasarÃa ipso facto por un ignorante.
No. Desde Descartes, y pasando por Comte, Pasteur, Einstein y Freud, el mundo ha evolucionado hacia la erradicación del pensamiento mágico, con lo cual –además de perder una importante fuente de inspiración para los poetas– nos hemos quedado sin explicaciones para muchas cosas.
En ese contexto, ¿cuál fue la primera reacción ante lo aparentemente inexplicable? Pues atribuir todos esos hechos de mutilaciones zoológicas a individuos provenientes del espacio intergaláctico. Es que los extraterrestres (cuya existencia no ha sido comprobada aún pero la ciencia no se atreve a negarla rotundamente) son los protagonistas de la moderna mitologÃa y se los responsabiliza de cada calamidad o misterio. Hasta la Fuerza Aérea, por medio de una repartición especializada en ovnis creyó del caso tomar cartas en el asunto e investigar los sorprendentes hallazgos. Como era previsible, no llegó a conclusión alguna.
Ahora bien, de prosperar la tesis que atribuye las mutilaciones de animales a viajeros interplanetarios, habrÃa que concluir que estos extraterrestres son de lo más rebuscados y perversos. ¿No tendrán otra forma más amistosa de establecer contacto con los pobres terrÃcolas y presentarse a ellos con naturalidad? ¿Por qué esa saña en sembrar el terror? Bien podrÃan haberse apersonado al dueño de la estancia y decirle, “mire amigo, en aquel potrero se le ha muerto una vaca; como ustedes no la piensan aprovechar, ¿no nos darÃa algunas achuras para hacer una parrilladita en GanÃmedes?” Sin embargo, esta imagen de los extraterrestres perversos se contradice con otros testimonios: cada vez que un ovni surca los cielos o que alguna nave de extraña morfologÃa aterriza, los muy malditos no se hacen ver ni intentan comunicarse con nosotros. Desaparecen como vinieron sumiéndonos en el más profundo desasosiego; todos los testimonios son coincidentes en que no emiten señal alguna, aumentando el misterio que los rodea. Yo debo confesar que asà como nunca fui encuestado por alguna de esas empresas que hacen mediciones de opinión pública, tampoco pude ser testigo de ningún avistamiento de ovnis (de óvnibus, sÃ, pero siempre van llenos y no paran). No por eso dejo de creer en las encuestas ni en la existencia de vida fuera de nuestra doméstica Tierra…
Yo calculo que la culpa de esa mala imagen de los extraterrestres la tiene Orson Welles, cuando inventó una invasión marciana relatada por radio con más emoción que Solé y VÃctor Hugo juntos, y provocó un pánico de aquellos entre los incautos yanquis. Por entonces, Marte era el paradigma de lo extraterrestre; de allà zarpaban las naves cargadas de marcianos, humanoides malignos que querÃan destruirnos y reinar en la Tierra. Después que se exploró Marte y que se comprobó la ausencia de habitantes capaces de invadir la Tierra, el planeta rojo cayó en un desprestigio total y el origen de platillos voladores y de otras evidencias de vida extraterrestre quedó a criterio de cada uno.
Evidentemente, el pensamiento mágico es medio difÃcil de extirpar de los intrincados vericuetos del alma humana. Porque para explicar un cuadro relativamente habitual en el campo, como sin duda lo es un animal muerto por alguna causa y al que le faltan partes de su anatomÃa, nadie pensó en los cuervos o en los caranchos, esas aves carroñeras tan comunes, que no matan para comer sino que se morfan los bichos muertos; y empiezan precisamente por las partes más blandas para acceder a las entrañas…
Pero usted vio cómo es. La gente prefiere las cosas raras. Ahora, lo que es yo, para cosas raras, no me vengan con platos voladores; me quedo con el lobizón y las luces malas. Son más telúricas, ¿vio? *
(*) Periodista
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