Perdoná si al retractarme se me pianta un lagrimón

En 1967, el general De Gaulle –a la sazón presidente de Francia– visitaba Canadá en momentos en que el movimiento separatista quebequeño militaba con singular virulencia y reclamaba la secesión. Se suponía que el líder francés apoyaba tal reclamo pero jamás nadie imaginó que haría explícito ese apoyo y que terminaría uno de sus discursos gritando «Vive le Québec libre!». Por poco no se armó un lío diplomático de aquéllos, y recuerdo que un funcionario de la embajada comentó: «Il est fou; il dit ce qu’il pense!» (Está loco; ¡dice lo que piensa!).

Pero al viejo general no se le ocurrió ir a Ottawa a pedir disculpas lagrimeando y fue capaz de conjurar la crisis con su talento, así como al año siguiente salió airoso de la Rebelión de Mayo. Pero a pesar de los éxitos, dos años después (en 1969) supo advertir el desgaste de su prestigio e inventó un plebiscito sobre un tema de relativamente poca trascendencia, anunciando que si su propuesta era derrotada, renunciaría al cargo.

Como todos recuerdan, una amplia mayoría votó por no, y de Gaulle no tuvo otra alternativa que transferir el mando a Pompidou y marchar a cuarteles de invierno.

Claro que Jorge Batlle no es un estadista ni tiene la estatura (stricto y lato sensu) de un personaje como De Gaulle, por lo que resultaría vano esperar un gesto de grandeza de parte de nuestro presidente.

Pero lo que me propongo destacar aquí es la coherencia del doctor Batlle. ¿Qué otra cosa podría esperarse de alguien que se jacta de «cantar la justa»? Y además, ¿alguien podría no suscribir su juicio sobre la mayoría de los políticos argentinos y sobre los apoyos con que cuenta Duhalde? Ahora bien, dicho esto, buena cosa sería que el presi se sincerara del todo y nos dijera de una buena vez que mientras el sistema financiero goce de buena salud, le importan un joraca las fábricas que cierran o los campos despoblados. No estaría mal una aparición televisiva donde dijera «Mire, mi viejo, no me venga con la reactivación del aparato productivo porque los laburantes son todos una manga de atorrantes, del primero al último».

Entonces, lo de la sinceridad está bien, pero no al extremo de destratar al presidente de un país vecino y socio. Después del lunes pasado, si alguien dudaba de que estamos gobernados por ineptos e irresponsables, ya tuvo pruebas suficientes para aventar su duda.

Porque no son solamente los desatinos del equipo económico –que vacían nuestros bolsillos–, sino que ahora tenemos que soportar las gaffes presidenciales que nos pusieron al borde de un incidente diplomático. Si usted cree que su vecino es un chanta, supongo que se cuidará muy bien de emitir tal opinión en el almacén del barrio porque le consta que de esa forma el chisme llegará a oídos de aquél…

Acostumbrado al coro complaciente que aplaude cada uno de sus dichos, seguro de su campechanía e ingenio, ensoberbecido por la agudeza de sus ironías, el doctor Batlle terminó por creer que la imagen que vendía a los ojos de la población que lo eligió en el último balotaje se adecuaba a la realidad. Se creyó su propio cuento; confundió frivolidad con audacia, y viveza con talento.

Resulta difícil entender cómo un individuo criado en un hogar como el suyo, que se supone que mamó desde pequeño el manejo de la cosa pública, pueda exhibir el comportamiento que lo ha caracterizado desde un tiempo a esta parte. ¿Cómo se explica que un presidente deje de lado toda prudencia cuando es entrevistado por periodistas extranjeros y se explaye en consideraciones propias de una conversación de boliche?

Pero lo más alarmante vino después. Las imposibles e inverosímiles explicaciones de una metida de pata histórica.

Vale la pena recordar parte de lo declarado por el doctor Batlle a los periodistas argentinos y la pretendida justificación posterior:

«¿Cómo le voy a plantear a Duahlde nada? No tiene fuerza política, no tiene respaldo, no sabe adónde va. ¿Cómo voy a molestar a un ciudadano que llegó por casualidad y que se va no se sabe si la semana que viene o en el mes de marzo?», había dicho Batlle; y he aquí la enmienda intentada el lunes, después de estallar la bomba:

«Quizás estos periodistas me conocen y como me dicen a mí acá en el Uruguay, que yo soy de combustión espontánea, que conocen mi apasionamiento, mi forma de responder con rapidez, cuando se me procedió a preguntar por qué yo no le planteaba al señor presidente Duhalde sobre las conversaciones que él tenía con el FMI, yo naturalmente contesté que no es momento para todo ese planteo.» Curiosa manera de expresar que no es momento para plantear algo, ¿verdad? Y como broche final, el llanto y la aseveración de que él es más argentino que ninguna otra cosa. Tomá.

Al día siguiente, el penoso espectáculo de las disculpas en Olivos, bien mojadas por nuevas lágrimas. Francamente patético; y como para sentir vergüenza ajena.

Ahora, cuando vaya a gestionar el acuerdo bilateral con Bush, podría mandarse otro llantito. Capaz que lo conmueve y nos compra una parrillada completa. *

(*) Periodista.

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