EEUU: el marketing de la política
Pero la verdad es que el presidente Bush, callada y muy eficazmente utiliza las encuestas para averiguar cuándo y cómo debe hablar públicamente sobre lo que quiere hacer con el fin de obtener el máximo apoyo para sus políticas y acciones. Y lo hace a menudo.
En el año 2001 el gobierno de Bush dispuso la realización de encuestas para su beneficio en una escala que duplica a las efectuadas por Clinton en su primer año.
Ello no significa que Bush haga lo que el público desea. Si ese fuese su propósito, hubiera usado los sondeos de opinión pública para enterarse de qué es lo mejor para el país entero. Pero no hace tal cosa. En materia de protección ambiental, de política energética, de recortes impositivos a favor de los sectores de mayores ingresos y de muchos otros asuntos él quiere lo que es mejor para sus principales apoyos electorales. O sea para los ricos, para las grandes corporaciones y para otros sectores que financiaron las campañas electorales republicanas. Desafortunadamente los demócratas son apenas un poco mejores. Sus campañas son también financiadas por los acaudalados, pero por grupos algo diferentes, más vinculados a las industrias del entretenimiento y de la tecnología, así como a los abogados de tribunales y al sector del cuidado de la salud.
Pero el encuestador de Bush, Fred Steeper, conoce una cantidad de resultados de sondeos de opinión pública que le dan a su cliente una ventaja. En efecto, de una sucesión de sondeos de opinión pública que Steeper ayudó a idear para mí y mis colegas en las décadas de los 80 y 90, surgió que las propuestas de control armamentista son aprobadas por entre el 75 y el 90 por ciento del público estadounidense si respetan cuatro criterios.
Esos criterios son: 1) que las medidas sean comprensibles (mucha gente no aprobará una propuesta que no entienda); 2) que sean equilibradas o favorables (o sea que Estados Unidos resulte ganando más o perdiendo menos que la otra parte; 3) que sea posible verificarlas o que hayan sido aprobadas por dirigentes creíbles y, 4) que sean incorporadas a un acuerdo. Si alguna de estas cuatro condiciones no se cumple, el apoyo cae en forma sustancial.
Bush sabía que con el acuerdo para una reducción de 2/3 partes de los arsenales nucleares de Estados Unidos y Rusia firmado el 28 de mayo dejaría más que satisfecha a la población estadounidense.
Los términos de este acuerdo caben en tres páginas y fueron descriptos en modo simple por Bush. De esta manera, se observó la primera condición.
Este acuerdo parece equilibrado. Permite a ambas partes almacenar las cabezas nucleares retiradas. Sin embargo, es un equilibrio singularmente asimétrico.
Bush ha puesto en claro que las cabezas nucleares estadounidenses en su mayoría serían almacenadas intactas y prontas para ser reinstaladas rápidamente. Rusia, que tiene actualmente limitaciones económicas, probablemente no podrá hacer lo mismo que Estados Unidos y se verá empujada a desmantelarlas por la promesa de Bush de otorgarles fondos de ayuda para el desmantelamiento. Esta situación satisface la segunda condición: que el acuerdo sea más favorable para Estados Unidos.
El apoyo dado al acuerdo por el propio Bush asegura el logro de la tercera condición y la ratificación del acuerdo por escrito responde a la cuarta. Consideradas todas estas cosas, a menos que nuevos acontecimientos lo cambien todo, se obtiene un enorme 90 por ciento de los estadounidenses en favor del tratado.
Steeper, que ha sido mi colega en alrededor de 30 encuestas a lo largo de 15 años, fue el encuestador de Bush padre durante su campaña electoral y en sus cuatro años de presidencia, así como hizo los sondeos de opinión para Bush hijo en la campaña electoral y hasta ahora durante su presidencia.
El propio Steeper confirmó con creces que lo que recientemente ha salido a la luz sobre como Bush está usando las encuestas. En mi libro, «Locating Consensus for Democracy» (1998), Steeper declaró: «Ningún gobernante realmente quiere saber si el público está detrás de él o no en determinado asunto; lo que ellos quieren más bien es medir la opinión usando sus métodos habituales que, para ser honestos, son similares a tratar al público como Pavlov a sus perros».
Y para terminar, el punto más importante. Más del 90 por ciento de las encuestas se hacen para investigaciones de mercado de las empresas y la mayor parte de los encuestadores se ocupa mucho más de ellas que de sondeos políticos. Las encuestas empresariales nunca salen a la luz pública, son poco conocidas y producen sus frutos en la publicidad que empuja al mundo desarrollado hacia el consumismo extremo y aplasta a las culturas del mundo en desarrollo.
Las investigaciones de mercado establecen los parámetros para las encuestas políticas y dejan a los encuestadores ampliamente inconscientes del daño que causan al ayudar a vender candidatos a los votantes del mismo modo que se ayuda a las empresas a vender jabón. Las encuestas políticas se convierten en «marketing». *
(*) Alan F. Kay es matemático, científico social y pionero en encuestas de interés público. Es autor de libros y de numerosos artículos. (Exclusivo en Uruguay para LA REPUBLICA).
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