El jueves quiero amanecer francés

Miedos, hormigas y humedades

JUCECA (*)

 

Yo, cierta vez que acerté a la quiniela, tres cifras a la cabeza, salí a comprarme un castillo en Inglaterra. Mi padre siempre decía que los gustos hay que hacérselos en vida, frase que nunca me pareció muy inteligente por la obviedad que la corroe.

El asunto fue que me hice el gusto y me compré un castillo. Estaba en precio. Completito, con su torre de ángulo, torre flanqueante, incluso con su atalaya por si cansado de mirar cerca se me antojaba mirar lejos.

Tenía además, y lo recuerdo muy bien porque me impresionó, puente levadizo de izar con cadenas, y foso con cocodrilos y pirañas como defensa por si quería saltar el enemigo y tomarme por sorpresa.

También tenía troneras, que, según me informó el de la inmobiliaria, las usaban los reyes para guardar los tronos. Grandes salones, arañas con caireles talladas en cristal de Murano, laberintos, escaleras de piedra, de todo tenía. Pero era húmedo. Y ponete a sacarle la humedad a semejante castillo.

Yo ya había padecido el problema de la humedad en la pieza de acá, que nunca se supo bien de dónde le venía, porque la humedad, como es público y notorio, se filtra. La mancha, por ejemplo, aparece en aquel rincón, pero eso no quiere decir que nazca ahí. La humedad es un sentimiento. Don Jacinto, que es medio oficial albañil pero de humedades sabe una barbaridad porque se especializa en aljibes, me decía que la humedad puede originarse por una rajadura en la azotea, o por algún caño picado, y va caminando, caminando no, pero se va desplazando, serpenteando entre los distintos materiales que conforman la construcción, y va y te aparece ahí, en el techo, en forma de lamparón. Es fácil imaginar entonces, lo que significa ponerse a buscar y reparar las humedades de un castillo.

Para peor, según me dijo el viejo jardinero irlandés que mata las hormigas desde hace setenta años (que no debe saber mucho de matar hormigas porque aquello sigue lleno), el castillo, me dijo, carecía de fantasmas.

Ahí me mató. Yo soñaba con toparme con un fantasma de aquellos, para llevarme un buen susto, un susto padre, un susto como la gente, un susto para después poderlo contar, no como los de acá, que son más miedos que sustos.

Porque el susto es una cosa y el miedo es otra. Al miedo se lo ve venir y uno lo va sintiendo gradualmente hasta llegar al pánico. Acá se consigue fácilmente, porque el propio gobierno dos por tres te lo proporciona.

Te lo va graduando y te lo mantiene.

Pero el susto es una cosa fulminante. No lo ves venir.

Te da de golpe porque te agarra de sorpresa. Te hace saltar. Yo suponía que un buen fantasma, responsable, asustador con experiencia de siglos, en cualquier momento se me podía aparecer junto a la cama en el momento de un relámpago, ponele, o al entrar al baño y correr la cortina de la ducha, cosas así. Pero resulta que este castillo jamás había tenido.

No sé si era por la humedad, que no se aguantaba, o por las hormigas, el asunto es que no tuvo. Lo único que tenía, y eso no era garantido, era ruido de cadenas que se arrastran y algún murciélago que otro.

A mí el murciélago me repugna pero no me asusta, y las cadenas me dan bronca y ganas de romperlas, pero susto, lo que se dice susto, no.

Me dijo el viejo que los castillos con fantasmas asustadores repentinos son mucho más caros. Entonces desistí. Pude poner un aviso: «Fantasma para castillo necesito, inútil sin experiencia», pero hoy en día hay mucho fantasma trucho.

Entonces le dejé el castillo al jardinero y me vine. Hoy, francamente, me gustaría ser francés.

Si yo lograra ser francés, capaz que el jueves, en Corea, los uruguayos me pegaban un susto. ¿Por qué esta búsqueda del susto? Porque lo consulté con mi médico, y me dijo que lo malo, lo que realmente mata, es el miedo. Y hay epidemia. *

(*) Humorista.

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