Prohibido para nostálgicos

"Una gran pelota de fútbol"

LUIS GRENE

 

Los que andan allá arriba, dando vueltas, no lo pueden creer. Esos astronautas al vichar para abajo vieron que el planeta se había transformado en una gran pelota de fútbol. Desde Japón y Corea la fiebre picó al mundo entero. La memoria se copa de moñas y gambetas. Y nos rajamos para un Mundial. Por el 30, Montevideo se puso querendona. Un 30 de julio, por Uruguayana y Capurro, la barra del café Ferrocarril estaba nerviosa. Dentro de un rato, en el inaugurado Centenario, la final entre Uruguay y Argentina. Los porteños compraron miles de entradas y se venían en fija. Un pibe flaquito se trepó a un camión y llegó al Estadio. Familias que habían acampado para tener una mejor ubicación en las flamantes tribunas. Llegan cachilas y bañaderas. Los «varitas» luchan con el loco tráfico. Coches argentinos con banderas donde se leía «campeón» estaban llenos de berretines. Vecinos sin entradas igual se arrimaban. Para darle polenta a los once bohemios de largos pantalones, camisetas con piola y tremendos tamangos de durísimo cuero. Cada barrio tenía sus craks. Y del nuestro estaba a quien llamábamos «el terrible», Nasazzi, mariscal inconfundible. También Pablito Dorado que en la Playa Capurro nos reventaba a pelotazos. Y un habitué del Club El Moscón, «la maravilla negra» Leandro Andrade. También un pibe que aunque paraba por El Reducto se arrimaba a los potreros de Bella Vista. Un muchachote que jugaba descalzo y era un triunfo ponerle zapatos de fóbal. Era «el canario» Iriarte que hacía arabescos con la guinda de cuero. Locomotoras de maniceros echando humo «Â¡A los ricos pastelitos de membrillo»! Los vendedores de frutas a grito pelado. Diarios viejos a voluntad. Más gente bajando de los ómnibus «piratas». Botijas trepados a los árboles. Un purrete casi se cae cuando ve que su amigo «el canario» se manda flor de corrida por la Amsterdam. Iriarte hizo detener la pelota que quedó muerta. Siguió corriendo y el argentino Stabile creyó estar loco al no ver la guinda. El mago dio un giro de vértigo, volvió sobre su amiga y levantó el centro que fue el inicio de los cuatro goles uruguayos. Un truco más de los que hacía cuando se entreveraba en los picados.

Ni que hablar del golazo de Pablito Dorado. Muchachos de barrio, bohemios y geniales le dieron a Uruguay un Campeonato del Mundo.

Por eso, en este junio del nuevo milenio el mundo es una gran pelota de fútbol. Los esperamos sábados y domingos, a las 19,00, en 1410 AM LIBRE. *

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