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Renace en Uruguay la arquitectura en tierra
SE CONSTRUYEN CASAS DE BARRO, A MENOR COSTO Y CON BUENA AISLACION

Renace en Uruguay la arquitectura en tierra

* Pese a que no representan un fenómeno nuevo a nivel mundial las casas de barro, o arquitectura en tierra como se le denomina, viene ganando terreno en Uruguay. Un costo sustancialmente menor a las construcciones "tradicionales" y sus bondades térmicas son algunas de las razones esgrimidas por sus defensores.

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En 1993, un grupo de docentes de la regional norte de la Facultad de Arquitectura presentó un proyecto con el objetivo de investigar las posibilidades de construcción y diseño de la arquitectura en tierra. La iniciativa de los docentes finalmente fue plasmada cuando, en el marco del Proyecto de Rehabilitación Urbana del barrio La Tablada, en el departamento de Salto, se construyeron siete viviendas en este material.

“En nuestro país, la arquitectura en tierra era tradicional”, explica la arquitecta Rosario Echevarne, una de las responsables del proyecto. “De hecho, en el campo se construía mucho en barro, sobre todo, en base a dos sistemas: el del terrón –una especie de bloque pero de tierra–, y la fajina que es el sistema más tradicional. Es este caso, primero se construye una estructura de madera y después se le van agregando capas de barro”.

Sin embargo, con el paso de los años, la arquitectura en tierra se transformó en algo obsoleto y en sinónimo de pobreza, lo que posibilitó la jerarquización de sistemas constructivos en base al hormigón y al hormigón celular.

“La potenciación de estos sistemas, aparentemente modernos, trajo aparejado que aquellas paredes de cincuenta centímetros realizadas con terrones, se redujeran a paredes de diez centímetros de hormigón. La reducción de los ambientes generó una serie de patologías constructivas, fundamentalmente problemas térmicos”, sostuvo la profesional.

Echevarne reconoce que las viejas construcciones de adobe adolecían de varias carencias como techos con poco alero y cimientos mal hechos lo que llevaba, con el paso de los años, a su paulatina destrucción

“Había todo un saber hacer del hombre rural, un saber acumulado de cómo se hacían esos ranchos de tierra. Esto se fue dejando. De alguna manera, desde la Universidad tratamos de retomar esa forma de construir pero desde la modernidad. Nosotros, con el total apoyo de la Facultad de Arquitectura y de la regional norte, presentamos un proyecto de rehabilitación urbana para el barrio La Tablada”, afirmó Echevarne.

El proyecto, de carácter interinstitucional, contó con el aval del Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente (Mvotma) que financió siete casas de 55 metros cuadrados cada una. El costo fue de 650 unidades reajustables por casa, cifra sensiblemente menor en comparación a un núcleo básico evolutivo de 32 metros cuadrados que cuesta unas 1.100 unidades reajustables.

“El bajo costo es una de las características, pero no la única y se debe a que este sistema de construcción permite la autogestión y la capacitación de los interesados”, precisa Echevarne. “Las casas de La Tablada costaron ese dinero no sólo por la tecnología de tierra, sino porque también hubo una propuesta de racionalización constructiva. Es decir, pensamos el diseño en base al trabajo de equipo: un equipo hacía los adobes, otro trabajaba la madera y otro se encargaba de montar los techos”.

La gestión del proyecto, que insumió cuatro años de trabajo y un año en la construcción de las viviendas, fue una experiencia interactiva entre los profesionales y los propios interesados. Hoy, este proyecto piloto es uno de los programas del Ministerio de Vivienda y, a principio de 2001, el Banco Hipotecario del Uruguay aprobó el financiamiento para construcciones basadas en la arquitectura en tierra. Obviamente, también hay iniciativas privadas como es el trabajo realizado por la arquitecta Cecilia Alderton o la experiencia de la Comunidad del Sur.

Autogestión y diseño

El trabajo de autogestión y el sentimiento de sentirse protagonista en la construcción de su propia vivienda, es uno de los puntos que resalta Echevarne.

“Lo interesante es que la propia gente hizo las gestiones ante el Banco de Previsión Social y la Intendencia, lo que les dio confianza en sus propias fuerzas y se sintieron protagonistas de la experiencia. Por ejemplo, tenían que vender pasteles para tener dinero para el ómnibus y poder realizar los trámites. Este sistema es lo opuesto al SIAV, donde el beneficiario recibe la llave en la mano. También hay que reconocer el apoyo de la Intendencia de Salto y la Junta Departamental”, sostuvo. A las familias se les entregó un manual de construcción, elaborado por los profesionales.

La confección de los adobes es muy similar a la del ladrillo, salvo por su tamaño: los adobes miden 40 centímetros de largo por 17 de ancho y 10 de altura. Los estabilizantes utilizados para su elaboración son la cáscara de arroz y el estiércol de caballo.

Las paredes deben llevar por fuera un revoque tradicional de cemento por lo que, luego de todo el proceso, quedan de un espesor de veinte centímetros. En el caso de las viviendas del barrio La Tablada la tierra fue donada por la comuna salteña y el Ministerio de Vivienda fue el encargado de solventar el costo de las construcciones.

Las paredes de barro, según afirmó la profesional, son absolutamente térmicas y marca una de las características que las diferencia de las construcciones de hormigón. La sumatoria del hormigón y el espesor de las paredes construidas en este material, generalmente de 10 centímetros, conspiran contra la aislación térmica.

Otro de los secretos de la arquitectura en tierra es la estructura donde se va asentar la construcción: primero se debe construir una losa de hormigón a una distancia prudencial del suelo, luego se montan los pilares de madera a través de un sistema de enganches con la losa, se construye el techo de cuatro aguas y después las paredes de barro.

“Debido a la forma de vida que tenemos, las casas permanecen vacías durante el día. En la noche, cuando se encienden los electrodomésticos –una estufa, una cocina, por ejemplo– se comienza a generar vapor que se condensa en las paredes frías.

La tierra tiene una característica física, llamada capacidad térmica, que permite a través de un retraso térmico, que la pared nunca esté fría. Por lo tanto, aunque haya vapor nunca se va a condensar ni a producir manchas de humedad.

Nosotros trabajamos con veinte centímetros de espesor que es lo mínimo. Para las construcciones donde se cuenta con más recursos económicos el espesor es de cuarenta centímetros, donde el confort térmico es total”, resumió Echevarne. *

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