HISTORIAS DEL MONTEVIDEO AMARGO

Los rostros de la miseria

ETTORE PIERRI

 

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«Aquí le damos a los gatos cuando no tenemos otra cosa. Mi hija Laura dice que es un pecado, pero yo le digo que pecado es morirse de hambre. Lo que pasa es que la Laura anda metida en eso de la religión y piensa muy distinto. Y le aseguro que ella gato no come. Le da parejo a los alfajores que les tiran a los chanchos».

Laura, de 17 años, y su hermano Antonio, de 15, van todos los días a un enorme basural ubicado a corta distancia de una zona en la que hay varios criaderos de cerdos y allí recogen «comida a patadas»:

«Lo que más sacamos son alfajores que trae un supermercado. Como tienen la fecha vencida no los pueden vender y los tiran en el basural. Los dueños de los criaderos llevan para los chanchos y nosotros también sacamos. También encontramos frutas, papas, tomates y un montón de cosas. Llevamos las que no están podridas del todo y aprovechamos las partes que todavía se pueden comer. El mes pasado aparecieron bandejitas con patas de pollos y cualquier cantidad de pan dulce. Pero lo que siempre hay son alfajores, casi todos de chocolate».

El terror

Samantha tiene 9 años y vive en un rancho de costanero con Matilde, de 56, quien la encontró en la calle hace siete meses. Matilde cuenta: «Cuando la encontré estaba sentada en la vereda. Eran como las 12 de la noche y le pregunté qué le pasaba y dónde vivía pero no me contestó. Me la llevé, le di de comer, le pregunté de nuevo su dirección y me dijo que no sabía. Sólo me dijo que se llamaba Samantha y que quería quedarse. Pensé que se había escapado de la casa y como ya era muy tarde le hice una cama en el suelo y la acosté. Al otro día empecé a preguntar a los vecinos si la conocían y al final di con su madre, que vive en un rancho peor que éste y tiene seis hijos más, todos varones. Estaba desesperada cuando llegué con la niña. Pero Samantha no quiso entrar al rancho. Me pidió llorando que no la dejara porque tenía miedo de que le pegaran. Entonces la madre me contó que su marido siempre llegaba borracho y le daba tremendas palizas a la niña. El tipo no les pegaba a los varones pero sí a ella. Por eso la pobre se había escapado aquella noche. De acuerdo con la madre, me la llevé. El tipo sabe que está en mi casa, pero como vive borracho no le importa. Yo la llevo a la escuela y la traigo y hago todo lo posible para que se sienta bien y querida. Pero sigue con miedo. Se pasa mirando por la ventana para ver si viene su padre. Le tiene terror. Dice que la quiere matar. No hay quien pueda sacarle eso de la cabeza. Vive escondida, como un perrito apaleado».

La calle

«Hago la calle, ¿entendés bien?, pero le digo a mis padres que la plata que traigo a casa me la gano con limpiezas», dice Sandra, de 14 años.

Según cuenta, empezó a prostituirse un año atrás, porque en su casa «no había ni para comprar un litro de leche, te juro, y no me quedó otra que salir a buscar plata».

Tiene dos hermanas, una de 11 y otra de 12, y un hermano que acaba de cumplir 10, y ella es la única que aporta ingresos regulares al hogar:

«Mi padre es peón de construcción pero ni changas consigue y mi madre trabaja salteado en una empresa de limpiezas que le paga una miseria. Si yo no traigo plata todos los días, no comemos», dice.

Tiene dos amigas de su edad que también venden servicios sexuales:

«Las conocí en la calle y siempre andamos juntas. Les pasa lo mismo que a mí. No tienen más remedio que hacer esto para ayudar a sus familias. ¿En qué vamos a trabajar? Yo quería ir al liceo, pero no pude. Tenés que comprar un montón de cosas si querés estudiar, pero ¿qué vas a comprar si no tenés ni para los boletos? A ellas les pasó lo mismo y agarramos para la calle. Y no sólo a nosotras sino a muchas más».

Todos los días sale de su casa a las cuatro de la tarde y regresa de noche, «siempre con algo de plata» que le entrega a su madre para que en la mañana siguiente haga los mandados:

«Ella sabe administrar bien la plata. Si hay poca, se arregla, y si hay más la estira. Así vamos pasando, porque no queda otra», dice.

–¿Y tus padres no sospechan que el dinero que traés no lo ganás haciendo limpiezas ?

–Ni la más pálida. Nunca me dijeron nada. *

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