PROHIBIDO PARA NOSTALGICOS

"Aquellos corsos"

LUIS GRENE

 

Así andan los montevideanos. Bancando «la depre», esquivando impuestos y, por si fuera poco, si quieren Carnaval ¡a ponerse las patas de rana! Castiga la lluvia pero nadie afloja y al dios Momo le dan de punta. Es que las fiestas de febrero se llevan en la sangre. La polenta viene de antes, del Viejo Montevideo. Cuando los vecinos laburaban como hormigas para tener un lindo tablado. Y, ni que hablar, del corso del barrio. Allí estaban, sentados en sillas de madera y mimbre. Otros, vichando y relojeando, desde su balcón muy adornado con flores. Conversaban entre todos como lo que eran, una gran familia. Los pibes con disfraces de marineros o piratas, hechos por la tía modista, corrían mientras esperaban el paso del Marqués de las Cabriolas. Esa noche la fiesta llegaba al barrio. Por la calle Capurro, de Uruguayana hasta Cabildantes, flor de corso en Bella Vista. En toda la Vieja Capital ocurría lo mismo. Con el invicto carro de «El Chaná» a la cabeza, todas las barriadas explotaban de alegría. Por el Paso Molino los conjuntos desfilaban por Agraciada y los cabezudos no paraban hasta Carlos María Ramírez. La Villa de la Unión se sacudía por 8 de Octubre hasta Enrique Clay. Maroñas y su Pueblo Ituzaingó, a sacar el pomo por la calle Besares. En el Cerrito, las pibas de la cuadra, convertidas en «reinas», subidas a un adornado cachilo saludaban desde Industria y no aflojaban hasta Guerra. Por todos lados las «murgas de pibes» con tapas de ollas y alguna cacerola garroneada a la vieja. En esos corsos, hasta los más «serios» se desataban y mostraban la hilacha. Eran las «máscaras sueltas», caretas o antifaz, un colorido traje y a cargar a todos haciendo mil piruetas.

Entreverado con la gente, vendiendo sus satíricos versos, nunca faltaba Menecucho. Por los años 30, en el Prado tuvieron su auge los llamados «corsos de agua». Los vecinos a baldazo limpio. Por El Rosedal, impermeables y paraguas desde los autos, camiones o a pie participando de las guerrillas de agua en honor a Momo.

El agite del corso barrial no paraba con el fin del desfile. Es que todos agarraban para el «asalto de máscaras». Un bailongo que se armaba en una casa de la cuadra. Unico requisito, entrar disfrazado. Luego, a sacudir el esqueleto con la vitrola al mango. En la madrugada, de golpe, llegaban grupos de «mascaritas» tocando platillos, tambores y panderetas haciendo un descomunal alboroto. Tan grande que aún hoy retumba en la memoria del viejo escribidor y no queda otra que compartir melancólicos recuerdos. Los esperamos sábados y domingos, a las 19, en 1410 AM LIBRE.

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