Malos ejemplos

Queda feo patearle la puerta al piloto

JUCECA

 

in ir tan lejos, o tan alto, encontramos puertas famosas, y puertas imposibles de patear. Famosa la Puerta de Alcalá, (aquella que la canción, orgullosa e insistente en demasía, señala y machaca como si hubiese dificultades para verla: «Ahí está, ahí está, ahí está, La Puerta de Alcalá, ahí está»), y la otra, imposible de patear, nuestra Puerta de La Ciudadela en Plaza Independencia, «Que no está, que no está que no está, La Puerta que no está», pues como bien se puede apreciar brilla por su ausencia, ya que lo que está es solamente el marco.

Lo mismo que los Portones de Carrasco. A nadie, decíamos, le gusta que le pateen la puerta, o que le peguen el portazo como cierre de una discusión, o que le den con la puerta en las narices, y menos si uno es ñato. ¿Quién no se fastidia, e incluso es capaz de montar en cólera, si está leyendo en plena intimidad y le patean la puerta del baño? Un sacudón de esos, en esas circunstancias, produce una sorpresa que lo puede hacer saltar de donde esté sentado. O pegarse un tajo en la mejilla si se está afeitando, y quedar como Scarface Cara Cortada sin haber participado nunca en una guerra de hampones, aquella actividad tan fatigante e insalubre que hiciera la fama de Chicago. Eso de sacudirle la puerta al otro, es muy feo. Pero si a uno, en esa seguridad que da un cuarto de baño, lo saca de quicio que se la pateen o le golpeen, que no ha de ser para un piloto de un Boeing 777 que va conduciendo en la pulcritud de su cabina, pensando en sus hijitos rubios y su esposa que al regresar lo estarán esperando en el jardín de césped inmaculado, junto a los perros afganos (mejor que sean caniches) que saldrán a recibirlo con ese alborozo tan del cine norteamericano.

Porque no olvidemos que se trata de un piloto americano del Norte, en un avión americano del Norte, cuya puerta de cabina, naturalmente, es una puerta americana del Norte, y quien patee esa puerta, quien la maltrate, quien la ofenda, quien la agreda, está pateando, maltratando, ofendiendo y agrediendo a toda América del Norte.

–¿Y quién la está pateando?

–Un americano del Sur.

–Esto ya es muy grave.

–Si, es peor que el chiste de la birome.

–¿Es negro o de facciones aindiadas?

–No. Blanco y educado.

–Menos mal. Alegrémonos por él.

–Ha sufrido una alteración nerviosa, un rapto.

–¿Rapto de raptar?

–¡No, por favor! Rapto, enajenación, desequilibrio psíquico.

Yo, francamente, le temo a los aviones. No temo que me pisen porque nunca me meto a cruzar la pista, y si lo hiciera, antes de cruzar miraría cuidadosamente para ambos lados como me enseñó mi mamá cuando me mandaba a hacerle un mandado. Temo que se caigan cuando están allá en lo alto. No que se caigan encima mío, aunque nunca lo descarto porque yo no soy de andar mirando para arriba todo el tiempo, sino que se caigan cuando yo estoy dentro de ellos.

Me preocupa la distancia que hay entre el piso del avión y el piso verdadero, aquel piso que yo piso cuando estoy con los pies en la tierra. Pero creo que de sufrir un rapto, una crisis de pánico, lo primero que haría sería abrazarme a la azafata. Están preparadas para eso, no se pueden negar, y además son bellas y perfumadas y eso calma mucho, o excita pero por otros rumbos.

Si el pánico fuera de tipo agresivo, le pegaría codazos a mi compañero de asiento, le gritaría en la oreja a una viejita dormida, escribiría palabrotas en las ventanillas, tiraría con un zapato hacia las filas de adelante, cantaría a voz en cuello «A desalambrar», pero no creo que fuera a golpearle la puerta al piloto como hizo este muchacho. De cualquier manera, me parece que todo castigo que se le aplique, ha de ser exagerado.

–Pero no se olvide que era un avión americano del Norte.

–Eso sí. *

(*) Humorista

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