El viejo tema de los tamaños
Siempre me molesta la gente que, con total ligereza, está dispuesta a valorar más y mejor lo que hay por ahí, que aquello que por aquí tenemos.
Es indudable que en algunos parques de diversiones de algunos países del mundo rico hay ruedas gigantes mucho más grandes que nuestra Rueda Gigante del Parque Rodó.
¿Y eso qué? ¿Acaso yo me voy a ir del país, o voy a mirar de reojo Nuestra Rueda Gigante del Parque Rodó porque haya otras el doble de grandes?
Sería injusto de mi parte, tanto irme como mirarla de reojo.
Además, una rueda gigante mirada de reojo no puede ser apreciada como es debido, por lo tanto, aquel que mal la mire, mal la habrá de juzgar.
Pero hay casos de mayor gravedad aun, protagonizados por aquellos que, además de la fea costumbre de comparar y criticar Nuestra Rueda Gigante del Parque Rodó, reconocen, luego de hecho el daño irreparable, que jamás subieron a la Rueda Gigante del Parque Rodó, porque les da miedo.
¿Se ha visto semejante tupé? Gente grande, personas mayores, que desprecian Nuestra Rueda Gigante del Parque Rodó, pero le temen, no se atreven a subir porque se marean y les vienen náuseas.
¿De dónde les nace, entonces, su admiración, o envidia, por ruedas gigantes de mayor tamaño que Nuestra Rueda Gigante del Parque Rodó? No lo sé.
El ser humano es un misterio. Otro tanto, aunque en menor medida, ocurre con el Lago del Parque Rodó. ¡Sin duda que los hay más grandes en el gran mundo de los lagos!
El ensañamiento llega, incluso, a comentar que han visto, por ahí, («por ahí», esa vaguedad propia de los mal intencionados) castillos mucho más grandes que el Castillo del Parque Rodó.
Pero, a poco de continuar la conversación el criticón admite, sin ruborizarse, que nunca entró al Castillo del Parque Rodó.
¿Se ha visto mayor impudicia?
Estas son las cosas que indignan y sacan de quicio. Hay otras, claro. *
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