No cometerás adulterio o una vuelta a la barbarie

Yo también, hombre sensible al fin y al cabo, decidí sumarme a la campaña y envié copia de la carta en cuestión con la esperanza de que mi granito de arena se incorpore al médano de condena a la barbarie.

Como ciudadano obediente y respetuoso de las consignas, tecleé exactamente el texto de la misiva, pero debo reconocer que, a medida que lo hacía, fui encontrando que el mismo pecaba de excesivamente light, es decir que era un texto demasiado cuidadoso de las formas y demasiado respetuoso.

En primer lugar debo decir que me vinieron náuseas cuando tuve que encabezar la nota con «Excelentísimo señor». ¿Cómo se puede llamar excelentísimo señor a un individuo abominable, representante diplomático de una sociedad que no sólo tolera sino que promueve la abyección? ¿No sería mejor hablar de reverenda basura en vez de ese superlativo elogioso?

En segundo lugar, no es precisamente «mi preocupación» lo que quisiera expresar, sino mi más absoluta indignación y rechazo por una decisión ‘judicial’ monstruosa, que castiga con métodos arcaicos y brutales un comportamiento humano que jamás puede ser considerado como «presunto delito de adulterio», porque decorarle la frente al marido no debería recibir otra condena que la de éste, pero jamás ingresar en la categoría de delito. Ahora bien, lo más interesante de este caso es que los supremos jueces, intérpretes del avanzado derecho nigeriano, han resuelto tipificarle el «delito» de adulterio aunque en realidad no se trata de una esposa adúltera sino de una mujer que concibió y dio a luz una criatura sin tener marido. No soltera, no. Ocurre que esta señora está separada de su esposo y en trámite de divorcio, y en tales circunstancias, quedó encinta y parió una niña. Como hay que descartar una nueva intervención del Espíritu Santo, la conclusión es que mantuvo trato carnal con un individuo del sexo masculino, y eso es intolerable para Alá; y en general para todos los dioses misóginos que proscriben el placer y demonizan a las mujeres.

Todas las almas bien pensantes de Occidente nos horrorizamos ante el fundamentalismo y las teocracias que nos retrotraen a épocas oscurantistas. Pero solemos olvidarnos de algunos «valores» heredados por el mundo occidental, como la castidad premarital. Y bueno es señalar que concretamente en este aspecto, la prohibición siempre rigió fundamentalmente para las mujeres y no para los hombres: los varones transgresores eran tratados con indulgencia y vistos con simpatía, mientras las mujeres eran lapidadas sin piedad. Hasta no hace mucho tiempo era común que los jóvenes tuvieran una novia –a quien pensaban conducir al altar y por lo mismo debía mantenerse casta y pura– y «la otra» con la que desfogaban su libido.

No soy doctor en leyes (ni en ninguna otra disciplina, vale aclararlo), pero recuerdo ciertas normas –felizmente hoy derogadas– de nuestro ordenamiento jurídico que reflejaban de manera palmaria cómo las leyes recogen resabios de pautas culturales parecidas a las que rigen en el fundamentalismo islámico. Me apresuro a aclarar que nunca al extremo nigeriano de lapidar (matar a pedradas) a una adúltera; y eso tal vez por la famosa intervención de Jesucristo a favor de María de Magdalena, cuando invitó a arrojar la primera piedra a quien estuviera libre de pecado. Pero vale la pena señalar que hasta no hace mucho tiempo, nuestra legislación civil consideraba que el adulterio de la mujer era –en cualquier caso– causal de divorcio, mientras que el adulterio cometido por el hombre lo era sólo si se producía en el domicilio conyugal, o si estaba rodeado de escándalo público, o si el varón vivía en concubinato; si no se daba alguna de estas condiciones, el marido podía guampear a su cónyuge sin temer que ésta pidiera el divorcio. Pero además, si un marido podía probar (por medio de testigos, por ejemplo) que su esposa lo había engañado –aunque el trato carnal se hubiera consumado en un apacible y discreto hotel– se quedaba con todo el patrimonio conyugal pues la mujer perdía automáticamente su cincuenta por ciento de los bienes gananciales. ¿Qué me contursi?

Así que está bien conmoverse, indignarse y rebelarse contra la «justicia» nigeriana. Pero no está mal recordar las aberraciones en Occidente y ciertos resabios que aún marginan a las mujeres.

–No es por nada, Mendieta, pero veo que se me está convirtiendo en un militante feminista…

–¡Qué lo parió!

 

*Periodista de LA REPUBLICA

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