Un juez suspendió el lanzamiento de una familia por razones humanitarias
Otra familia trabajadora, como tantas, puede terminar en la calle. La prórroga presentada el jueves, para aplazar el lanzamiento que debió efectuarse en horas de la mañana del pasado viernes, fue acogida favorablemente por «razones humanitarias», según lo estableció el juez de paz de 12º Turno, Santiago Rodríguez Acuña.
Sin embargo, la situación de incertidumbre persiste para la familia Machado, que en algún momento deberá abandonar la casa de Misiones 1557, apartamento 4 .
La angustiante situación que afrontan estos montevideanos tiene un denominador que es común a casi 200.000 uruguayos: la desocupación.
Mario Machado, que es el cabeza de familia, hace más de un año que está sin ocupación y con escasas posibilidades de conseguirla. Otro tanto sucede con su esposa Alba Milesi.
Con la ayuda de uno de sus tres hijos, que trabaja en un restaurante en el que percibe un magro ingreso, deben hacer frente a la supervivencia cotidiana.
Alba perdió su empleo en mayo, cuando la casa de venta de ropa en la que trabajaba cerró sus puertas, en el marco de la aguda crisis que afecta al sector comercial. Mario fue despedido hace más de un año.
Para poder seguir alimentándose, la familia se fue desprendiendo de todas sus pertenencias, aún de las más indispensables. Ropa, muebles, electrodomésticos y todo aquello que fuera comercializable, fue vendido para solventar las necesidades más primarias y elementales.
Lo que no falta, felizmente, son los deseos de seguir luchando y trabajar, para revertir la difícil coyuntura. El amor a los hijos es más fuerte que todo.
Santiago, un hiperactivo chico de cinco años que corre de un lado para el otro y pregunta por todo, es uno de los motivos para no ceder en el intento de emerger del abismo.
Este año, el niño comienza a ir a la escuela y contento dice que quiere ir al aula. Promete «hacer los deberes de la escuela, también llevar colores para dibujar y pintar cualquier cosa».
El más chico, por ahora, es Matías, de dos años y medio. Mira a su alrededor. Aunque es más tímido que Santi, tiene los mismos ojos exploradores y manos inquietas que su hermano.
Su madre, Alba, lleva en su vientre otro vástago, el deseado Simón. «Simón por el que falta, Simón por el que estuvo, que fue Bolívar», dice orgulloso el padre.
Sus ancestros pelearon codo a codo contra portugueses y españoles, en la campaña artiguista y marcharon con el prócer en el Exodo oriental.
Pero Alba no se queda atrás en parientes populares, ya que su segundo apellido es Escayola, el temido caudillo de Tacuarembó que según parece le dio vida a otro prócer en este caso de la cultura rioplatense: Carlos Gardel.
«Llegamos a esta situación por muchos motivos. Había un cuento de Landriscina que decía: Estamos tan mal que ni la intemperie nos queda», afirmaron irónicamente.
Ambos trabajaron toda la vida, pero las leyes del mercado les jugaron una mala pasada.
El único trabajo que pudo conseguir Mario fue en una panadería, limpiando los viernes de noche. «Lo hago con mentalidad de 3 mil dólares, pero me llevo 100 pesos».
La actual alimentación de la familia depende –en gran medida– de tres bandejas de comida que obtienen de INDA (Instituto Nacional de Alimentación), de las que comen todos los integrante de la familia.
«Y los fines de semana cuando no hay, se comen torta fritas. A cinco pesos el paquete de harina, papá amasa», comenta orgulloso Machado.
«No vemos la hora de poder trabajar. Mientras tanto, nos mantenemos activos de la misma manera, para que no nos sorprenda una buena noticia durmiendo. Tratamos de mantener las cabezas activas, despiertas, nos asociamos con vecinos que tampoco tienen para comer, todos juntos. Es nuestra manera de resistir», manifestó el padre de familia.
Mario Machado narró que su esposa tiene una sucesión. «Cuando la madre murió, el hermano de ella hizo una simulación de venta con ayuda profesional, aunque nunca pagó un peso por nada. Mi suegra consumía 18 medicamentos por día que se los conseguíamos nosotros. Había una cadena de gente solidaria que llegaba hasta Brasil, que nos conseguía los remedios».
La situación de estos uruguayos es límite. Ellos no piden pescado, sino tener la posibilidad de pescar. Quieren trabajar y seguir luchando. Alba sentenció: «Ya no le temo a nada ¿Qué más podemos perder?». *
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