En busca de la idea nueva
Cuando uno escucha tantas ideas para salvar al país, se siente obligado a pensar hasta que se le ocurra una, al menos una, y aportarla. Tiene que ser una idea nueva, original de origen, diferente a todas, porque si uno aporta lo que ya está aportado, no está aportando nada.
Y ahí viene lo bravo, porque hay tantas ideas que uno se puede desanimar y desistir, cosas éstas que suelen andar juntas arruinando las posibilidades de mucha gente sana.
El ser humano actual, así como el anterior, ha pensado ideas a rolete, cantidades inusitadas de ideas que fue aportando unas veces con esmero y meticulosidad, con todo calculado, y otras a la marchanta, al voleo, como quien arroja la simiente en los anchos surcos de la vida con la bella esperanza de que una mañana se asome a la ventana de su vivienda, humilde quizá, o no, y la vea germinar con esa fuerza que tiene la idea cuando prende y ya uno se la imagina floreciendo y nunca marchitando.
La gente en general no sabe, y no tiene por qué saber, que uno suele exprimirse el talento en el vano intento de hacer saltar una idea, qué digo una idea, una chispa de la cual aferrarse, (no debe haber cosa más difícil que aferrarse a una chispa, pero bueno), en su afán de tener algo valioso en la mente, algo que, una vez convertido en una idea se la pueda cotejar, no digo con todas las que ya hay porque uno tampoco se exprime para luego cotejar con cualquier guarangada, pero que se la pueda incluir entre las nuevas potables. Pero no hay caso.
Le doy y le doy, pero no hay caso. Venir, me vienen, porque me exprimo, pero así como para dar a conocer y decir: «Señoras y señores, atención que me vino la buena nueva», no.
No obstante, y para que no cunda el desánimo, sino que por el contrario se renueve la esperanza, debo informar a familiares y amigos, y a la opinión pública en general, que sigo insistiendo y en cuanto la tenga, aviso. *
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