Yo nunca fui de guardar
Escribe: Julio Cesar Castro
–En realidad, el delito no es robar un banco, sino fundarlo –dijo el viejo Joaquín, y los demás siguieron.
–Sí, pero fundarlo, y después robarlo, ¿qué es? ¿Agravante o atenuante?
–Si lo roba el mismo que lo fundó, tiene que ser un atenuante del delito de haberlo fundado, porque al vaciarlo y cerrarlo, da muestras de arrepentimiento y se puede considerar un intento de enmienda, una prueba de que no va a estafar a nadie más porque cerró la casa de la estafa.
–Mirá viejo, el que deposita guita en un banco automáticamente entró en el negocio bancario, así que después, si el negocio sale mal, andá a llorar atrás del cajero automático.
–Según vos, el depositario es cómplice.
–Es un socio. Y si el socio te deja en la vía, perdiste, elegiste mal, mala suerte papá. Yo la veo así, qué querés que te diga.
–En eso tiene razón éste, porque la plata que es de uno, la tiene que tener uno, en su casa, como tiene a la mujer.
–No compares, no compares, porque si te afanan la mujer es diferente que si te afanan dos mil dólares, ponele, o tres mil, porque mujer, mal que bien se consigue. Días más días menos, ponele que te lleva diez días acostumbrarte a la falta de la que te afanaron y otros diez a encontrar otra, ponele, pero tres mil dólares no los conseguís en veinte días ni loco. ¿O sí? Yo, al menos, sabés qué?
–Decime un poco, ¿vos tenés algún mango en el banco?
–No, la verdad que nunca fui de guardar.
–¿Y mujer en la pieza?
–Tampoco. ¿No te digo que nunca fui de guardar?
–¡Hacé el favor! Pepe, serví acá. *
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